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sábado, 3 de enero de 2015

NEWTON Y SU MANZANA (CUENTO BREVE)

NEWTON Y SU MANZANA

 (CUENTO BREVE)


El cuento que os voy a contar, no por ser cuento, carece de gravedad.
Oí decir a mi abuelo, hombre sabio por viejo, y no por demonio,” ¡ay el azar!, “pero si la ciencia no resulta más que de la simple repetición de azares!”. No comprendí muy bien, y el hombrecillo me intentó explicar, con toda paciencia, el significado de sus palabras:
Mira, hijo- me dijo- ten en cuenta que solo cuando el azar, eso que llamamos casualidad, se reitera en determinadas circunstancias, nos lleva a pensar, a preguntarnos, a buscar la causa de que esto sea así. Y eso, el asombro ante la reincidencia, es el punto de partida de nuestro pensamiento, la base de la ciencia”.
Pero....la ciencia habla de cosas serias, abuelo, no de esas cosas que tú dices que se repiten incesantemente-espeté. Me parece que no tienes ninguna razón, añadí.
Sonrió dulcemente y dijo con voz pausada: la razón, hijo, de eso precisamente estamos hablando.”Sabemos que las probabilidades de ganar a la lotería son mínimas. Tener la suerte de que entre millones de boletos, caiga precisamente tu número. Esto es un juego. Un juego de azar, lo sabemos y arriesgamos. Nada ni nadie hará que seas tú el afortunado, a no ser que el bombo esté amañado, que también podría ser. Pero si así fuera, esa sería la causa, nunca tu suerte, bastante improbable.
Eso que llamamos “leyes de la naturaleza” no son más que el producto de improbables casualidades repetidas sin cesar, que nos hacen sospechar, asombrarnos, buscar causas, principios reguladores. ¿Entiendes ahora?”.
Sin duda vio mi cara de bobo ante tanta teoría abstracta, que no lograba imaginar.

domingo, 20 de octubre de 2013

EL NIÑO Y LA ZORRITA PINTORA


MUNDO FANTASMAL

 

Dos, tres horas, infinitas para mí. Era lo que tardaba, cuanto menos, en dar de comer a mi pequeño, el “hacebolas”.

Además de ejercicio de paciencia inenarrable, de crispación nerviosa, había un no sé qué de magia en todo aquello.

Yo no salía de mi asombro cuando, al introducir un trocito de carne del tamaño de una lenteja en aquella boquita, el chico la masticaba y masticaba (estoy convencida de que estos tremendos esfuerzos fueron determinantes para decidir no esforzarse demasiado para el resto de su vida), hasta que, al rato, se percibía un bulto en una de sus mejillas, del tamaño de una nuez, ¡de las californianas!, y mis ojos, eran incapaces de dar crédito a la transformación ocurrida.

El minúsculo contenido alimenticio, había octuplicado su tamaño.

¡Abre la boca!, lo instaba con impaciencia. Entonces procedía a introducir mis dedos en ella, para sacar una bola, de formación misteriosa. ¿Sería su saliva una especie de amalgama, una suerte de creciente o levadura?. La única parte ventajosa, si es que hay que encontrar alguna, es que las fibras de la carne en cuestión, ya estaban desintegradas, trituradas. Se trataba ahora de volver a despedazar aquella  pequeña albóndiga y dividirla en cinco o seis pedacitos.

Y vuelta a empezar.

Las buenas intenciones del chico eran evidentes, o quizás fuera mi desesperada mirada lo que lo impulsara a abrir de nuevo la boca, sin rechistar, y…¡dientes a la obra!.

Por mi parte, era incapaz de apartar los ojos de aquella boquita trabajadora, que seguía masticando y ensalivando y finalmente, embolando aquella quinta parte de albóndiga. Entonces, exhausto, paraba y deslizaba su obra maestra a la mejilla contraria.

Los eternos diez minutos transcurridos habían logrado un nuevo milagro. Otra nuez californiana, de igual tamaño que la anterior, que engrosaba sus mejillas alternativamente (¡quizás jugaba al futbol con aquella pelota!), al tiempo que yo, fuera de mis casillas (no era tan buena portera como éste), gritaba por no haber parado a tiempo el gol. Lejos de sentir ternura por aquella, mi criatura, que en aquellos momentos me parecía monstruosa, sentía toda la rabia del mundo concentrada en mis sienes: prisa por terminar la comida del resto de la familia, por tender la colada, por preparar unas fotocopias para los alumnos, por comer, por adecentarme un poco , salir a clase, y a ser posible, haber dejado a la increíble criatura relajada en un dulce sueño.

Comenzaban unos irremediables aullidos de ¡traga!, ¡trágatelo, por Dios!, que probablemente asustarían a la totalidad del vecindario y parte de los edificios colindantes.

Hubiera introducido uno de mis dedos para empujar aquella pelota, a ser posible hasta el mismo estómago, pero temía el remordimiento , consecuencia de haber ahogado, a dedo extendido, a mi querido y adorable hijo.

¿Qué demonios podía hacer?. Agua. Un vaso de agua que disolviera aquellas partículas, y a tragar, a dejar arrastrar los sedimentos con la corriente del fluido.

Pero seguía tardando. La solución era parcial. Necesitaba ampliar mis recursos.

Así pues, le tocó el turno a la segunda estrategia, aquella que se convirtió en hábito tranquilizante y repetitivo, la que consiguió que me aprendiera todas y cada una de las palabras de una curiosa película de dibujos animados.

martes, 13 de agosto de 2013

El pescador y su mujer
Hermanos Grimm

Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza, a la orilla del mar. El pescador iba todos los días a echar su anzuelo, y le echaba y le echaba sin cesar.

Estaba un día sentado junto a su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia su límpida agua, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo y al sacarle tenía en la punta un barbo muy grande, el cual le dijo: -Te suplico que no me quites la vida; no soy un barbo verdadero, soy un príncipe encantado; ¿de qué te serviría matarme si no puedo serte de mucho regalo? Échame al agua y déjame nadar.

-Ciertamente, le dijo el pescador, no tenías necesidad de hablar tanto, pues no haré tampoco otra cosa que dejar nadar a sus anchas a un barbo que sabe hablar.

Le echó al agua y el barbo se sumergió en el fondo, dejando tras sí una larga huella de sangre.

El pescador se fue a la choza con su mujer: -Marido mío, le dijo, ¿no has cogido hoy nada?

-No, contestó el marido; he cogido un barbo que me ha dicho ser un príncipe encantado y le he dejado nadar lo mismo que antes.

-¿No le has pedido nada para ti? -replicó la mujer.

-No, repuso el marido; ¿y qué había de pedirle?

-¡Ah! -respondió la mujer; es tan triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia e infecta como esta; hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama al barbo, dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará de seguro.

-¡Ah! -dijo el marido, ¿y por qué he de volver?

-¿No le has cogido, continuó la mujer, y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo.

El marido no hacía mucho caso; sin embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, la vio toda amarilla y toda verde, se acercó al agua y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


El barbo avanzó hacia él y le dijo: -¿Qué quieres?

-¡Ah! -repuso el hombre, hace poco que te he cogido; mi mujer sostiene que hubiera debido pedirte algo. No está contenta con vivir en una choza de juncos, quisiera mejor una casa de madera.

-Puedes volver, le dijo el barbo, pues ya la tiene.

Volvió el marido y su mujer no estaba ya en la choza, pero en su lugar había una casa pequeña, y su mujer estaba a la puerta sentada en un banco. Le cogió de la mano y le dijo: -Entra y mira: esto es mucho mejor.

Entraron los dos y hallaron dentro de la casa una bonita sala y una alcoba donde estaba su lecho, un comedor y una cocina con su espetera de cobre y estaño muy reluciente, y todos los demás utensilios completos. Detrás había un patio pequeño con gallinas y patos, y un canastillo con legumbres y frutas. -¿Ves, le dijo la mujer, qué bonito es esto?

-Sí, la dijo el marido; si vivimos siempre aquí, seremos muy felices.

-Veremos lo que nos conviene, replicó la mujer.

Después comieron y se acostaron.

Continuaron así durante ocho o quince días, pero al fin dijo la mujer: -¡Escucha, marido mío: esta casa es demasiado estrecha, y el patio y el huerto son tan pequeños!... El barbo hubiera debido en realidad darnos una casa mucho más grande. Yo quisiera vivir en un palacio de piedra; ve a buscar al barbo; es preciso que nos dé un palacio.

-¡Ah!, mujer, replicó el marido, esta casa es en realidad muy buena; ¿de qué nos serviría vivir en un palacio?

-Ve, dijo la mujer, el barbo puede muy bien hacerlo.

-No, mujer, replicó el marido, el barbo acaba de darnos esta casa, no quiero volver, temería importunarle.

-Ve, insistió la mujer, puede hacerlo y lo hará con mucho gusto; ve, te digo.

El marido sentía en el alma dar este paso, y no tenía mucha prisa, pues se decía: -No me parece bien, -pero obedeció sin embargo.

Cuando llegó cerca del mar, el agua tenía un color de violeta y azul oscuro, pareciendo próxima a hincharse; no estaba verde y amarilla como la vez primera; sin embargo, reinaba la más completa calma. El pescador se acercó y dijo:


Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.


-¿Qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido medio turbado, quiere habitar un palacio grande de piedra.

-Vete, replicó el barbo, la encontrarás a la puerta.

Marchó el marido, creyendo volver a su morada; pero cuando se acercaba a ella, vio en su lugar un gran palacio de piedra. Su mujer, que se hallaba en lo alto de las gradas, iba a entrar dentro; le cogió de la mano y le dijo: -Entra conmigo. -La siguió. Tenía el palacio un inmenso vestíbulo, cuyas paredes eran de mármol; numerosos criados abrían las puertas con grande estrépito delante de sí; las paredes resplandecían con los dorados y estaban cubiertas de hermosas colgaduras; las sillas y las mesas de las habitaciones eran de oro; veíanse suspendidas de los techos millares de arañas de cristal, y había alfombras en todas las salas y piezas; las mesas estaban cargadas de los vinos y manjares más exquisitos, hasta el punto que parecía iban a romperse bajo su peso. Detrás del palacio había un patio muy grande, con establos para las vacas y caballerizas para los caballos y magníficos coches; había además un grande y hermoso jardín, adornado de las flores más hermosas y de árboles frutales, y por último, un parque de lo menos una legua de largo, donde se veían ciervos, gamos, liebres y todo cuanto se pudiera apetecer.

-¿No es muy hermoso todo esto? -dijo la mujer.

-¡Oh!, ¡sí! -repuso el marido; quedémonos aquí y viviremos muy contentos.

-Ya reflexionaremos, dijo la mujer, durmamos primero; y nuestras gentes se acostaron.

A la mañana siguiente despertó la mujer siendo ya muy de día y vio desde su cama la hermosa campiña que se ofrecía a su vista; el marido se estiró al despertarse; diole ella con el codo y le dijo:

-Marido mío, levántate y mira por la ventana; ¿ves?, ¿no podíamos llegar a ser reyes de todo este país? Corre a buscar al barbo y seremos reyes. 


miércoles, 3 de julio de 2013

PEQUEÑA SELECCIÓN DE FÁBULLAS

PEQUEÑA SELECCIÓN DE FÁBULAS



Fue mi padre el que me introdujo desde temprana edad en este gran género, el de la fábula. Me las recitaba de memoria, ese gran memorión perdido en las múltiples heridas que hoy afectan a su cerebro. Llegué a aprenderme más de una docena, de las que, por desgracia, no sabría recitar ni media. No obstante, todas dejaron su huella en mí, todas  señalaban con el dedo los defectos humanos, y, entre todos ellos, destacaba el de la vanidad. ¡Se trataba de animales! , esos seres inferiores y en muchos casos maltratados, los que con todo acierto, nos sacaban burla a nosotros, ¡los grandes y poderosos humanos! .
Samaniego, fue y sigue siendo mi favorito, y a él pertenece esta pequeña selección:




La zorra y el busto
Dijo la Zorra al Busto,
Después de olerlo:
«Tu cabeza es hermosa,
Pero sin seso»

Como éste hay muchos,
Que aunque parecen hombres,
Sólo son bustos.


lunes, 1 de julio de 2013

EL CABALLO DE ATILA

EL CABALLO DE ATILA






Cuenta la leyenda que por allí por donde pasaba este caballo, propiedad de Atila, rey de los hunos, NO CRECÍA LA HIERBA.
Actualmente se relaciona el problema de desertificación de la tierra con este caballo, con esta leyenda. ¿Pero, existió, existe tal raza de caballos?.
   No hay duda de que los humanos estamos sembrando muerte con nuestras tóxicas emisiones de CO2 a la atmósfera, con la manipulación de todo lo vivo, que, en definitiva, es lo que nos alimenta , con el uso de pesticidas, conservantes, energías no renovables, y un sinfín de agentes venenosos.
  Sembramos muerte esperando vida, mientras visitamos piadosamente los templos de nuestros dioses rogándoles piedad y bondad para con nosotros.
    Sin embargo, hay muchos tipos de Atilas.
Cierto es que, como seres dotados de razón, no nos exime la ignorancia o despreocupación de culpa alguna, aunque, en muchos casos, sí la atenúa, a saber, aquellos en que conscientes de nuestro error, procuramos enmendarnos, reconducirnos  hacia una relación armoniosa y respetuosa con la naturaleza, de la que somos parte.
   Pero, ¡ay del Atila consciente, malvado y asesino de lo que le rodea!.  Ningún Dios tendrá piedad de sus sibilinas  y perversas actuaciones. Capaz de ir matando y torturando lentamente a lo más cercano, llegará a otro punto de cercanía donde también aniquilará, y todos huirán a su paso. De nada servirán sus plegarias, ni sus ruegos a S. Francisco de Asís, porque no habrá quien lo escuche, ni quien lo crea.
 Deseará estar sólo, pero no lo conseguirá jamás. Su conciencia lo acompañará para siempre y quizás no tarde mucho en arruinarlo, porque el mal que produce, no es otro que el que lleva dentro. Su crimen será su propio castigo.

“¿Mi crimen? ¿Qué crimen?- rugió con repentina cólera Raskolnikov-. El hecho de haber matado a una vieja inmunda y maligna, a una usurera miserable y vil, cuya muerte merecería indulgencia para cuarenta pecados, un vampiro que chupaba la sangre de los pobres, ¿constituye acaso un crimen? No lo creo, y no pienso expiar esa culpa”.
                                         Dostoievsky, “Crimen y Castigo”

domingo, 26 de mayo de 2013

EL ASNO DE ORO Y OTRAS METAMORFOSIS

EL ASNO DE ORO (APULEYO) Y OTRAS METAMORFOSIS
BICHOS Y HUMANOS, HUMANOS Y BICHOS




ADIVINANZA: “ORO PARECE, PLATA NO ES, EL QUE NO ME LO ACIERTE, TONTO ES”


“….-¿Y es que acaso no parece que retirando los muebles le mostramos que perdemos toda esperanza de mejoría y lo abandonamos a su suerte sin consideración alguna? Yo creo que lo mejor sería que intentásemos conservar la habitación en el mismo estado en que se encontraba antes, para que Gregorio, cuando regrese de nuevo con nosotros, encuentre todo tal como estaba y pueda olvidar más fácilmente este paréntesis de tiempo.
Al escuchar estas palabras de la madre, Gregorio reconoció que la falta de toda conversación inmediata con un ser humano, junto a la vida monótona en el seno de la familia, tenía que haber confundido sus facultades mentales a lo largo de estos dos meses, porque de otro modo no podía explicarse que hubiese podido desear seriamente que se vaciase su habitación. ¿Deseaba realmente permitir que transformasen la cálida habitación amueblada confortablemente, con muebles heredados de su familia, en una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en todas direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como contrapartida, que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por completo, de su pasado humano? Ya se encontraba a punto de olvidar y solamente le había animado la voz de su madre, que no había oído desde hacía tiempo. Nada debía retirarse, todo debía quedar como estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia de los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado para otro, no se trataba de un perjuicio, sino de una gran ventaja.”
                                                        La Metamorfosis (Kafka)


La inmortalidad a través del amor y el conocimiento en El asno de oro de Apuleyo

 Lucio Apuleyo nace en Madura en el año 125 d.C. Pertenecía a una familia acomodada, lo que le permitió realizar estudios de griego y filosofía. Conoció bien la doctrina platónica, que en cierta medida influirá en su obra El asno de oro, sobre todo en el cuento tradicional de Cupido y Psique. La mayor parte de su obra literaria se ha perdido, pero los fragmentos que se conservan son suficientes para delimitar a un autor de amplios conocimientos y de gran habilidad retórica para expresarlos.

  
   El asno de oro, compuesta por once libros, narra las aventuras de Lucio, que se convierte erróneamente en asno por arte de magia mediante un ungüento que en principio debía transformarle en ave. Ya convertido en asno Lucio conoce las penalidades propias de un animal, pasando por distintos tipos de amos, hasta que finalmente consigue redimirse a través de la diosa Isis, que vuelve a transformarlo en hombre mediante la ingestión de una rosa. Este argumento sirve a Apuleyo para hacer una crítica de la sociedad de su momento que bien podría traspasarse sin demasiados cambios a la sociedad de hoy en día, mostrando el doble juego moral de la sociedad, ya que los personajes delante del burro se comportan tal y como son, de manera inmoral, ysocialmentemuestranunamáscara.
   Esto establece ya un primer juego de correspondencias consistente en que hay momentos en los que el burro es más hombre que los propios hombres, ya que Lucio nunca pierde la conciencia de ser hombre, aunque no pueda hablar; y al mismo tiempo, el comportamiento de algunos hombres está por debajo del burro, ya sea a través de engaños, asesinatos, robos, etc.
…. Y a propósito de burros, un breve cuento infantil:

EL BURRO INTELIGENTE
Había una vez un burro que se llamaba Bruno. Vivía con su dueño, un hombre mayor llamado Deogracias.
Bruno y su amo iban todos los días al campo a trabajar las tierras, las cuidaban para que no salieran malas hierbas, araban y sembraban para luego recoger la siembra.
La labor de Bruno era muy importante, pues gracias a él, Deogracias no se cansaba tanto, pues era Bruno el encargado de las tareas más duras.
Hoy, como todos los días, Bruno y Deogracias estaban en el campo, y mientras su amo descansaba, echándose la siesta bajo un árbol, Bruno aprovechó para comer algo. Inesperadamente, algo apareció de debajo de la tierra donde comía Bruno… parecía un topo!!
“¿Pero tú que haces comiendo de mi tierra? burro tonto… ¿no ves que es propiedad privada!?! Vamos! Fuera de aquí!!”, dijo el topo.
Entonces, el burro Bruno contestó: “perdone señor topo, pero esta tierra es de mi amo, y yo puedo comer todo lo quiera. Desde luego, que no me voy a quitar, y es más, veo que ha intentado engañarme…”

Entonces, el topo se quedó sorprendido al ver que no había conseguido engañar al burro, parecía ser más inteligente que otros burros a los que conocía… pensaba el topo.
“No te enfades burro, que no era mi intención engañarte, no sabía que esta tierra era de tu amo…“, respondió el topo.
Y Bruno, el burro, le contestó: “me gustaría decirte solo una cosa topo, no está bien querer aprovecharse de los demás, y tú has pensando que los burros somos muy tontos, y debo decirte que no es así, y que no hay que tener prejuicios“.
Así fue como el topo se volvió a meter en su madriguera, sonrojado y reflexionando sobre lo ocurrido.
Nuestro querido amigo el burro Bruno, le había dado una lección al topo muy valiosa: no hay que ir engañando a nadie, pues conseguirás más cosas si eres buena persona y honesto.
FIN
EL BURRO QUE CAGABA PLATA (Pedro Urdemales)
Una vez se encontró Pedro Urdemales un burro, y montando en él se fue donde un caballero muy rico y generoso que lo tomó a su servicio por un año, pagándole una moneda de oro cada mes.
Pedro Urdemales y su burro lo pasaron muy bien durante ese tiempo y engordaron bastante. Concluido el año, Pedro Urdemales, que no había necesitado gastar nada porque de todo se le daba en abundancia, se encontró con que había economizado doce hermosas monedas de oro, que cambió por muchas de plata, y no sabiendo dónde guardarlas, como lugar más seguro se las encajó al burro debajo de la cola.
Iba pasando Pedro por frente de los jardines del Rey, cuando el Rey lo divisa y le dice:
— Muy bonito tu burro, Pedro, ¿quién te lo ha prestado?
— El burro es mío, Su Majestad, y mi bueno me ha costado; y no es nada lo bonito, como otra gracia que tiene.
— ¿Y qué gracia es ésa?— preguntó el Rey.
— Va a verla Su Sacarrial Majestad, — le respondió Urdemales.
Y clavándole las espuelas al burro con toda su fuerza, del doler que le causara, le hizo largar una ventosidad y con ella salieron unas cuantas monedas de plata de las que había depositado en la parte consabida.
Pedro le dijo al Rey:
— Ya ve, pues, señor, la layita de burro que tengo, que no hay otro como él en todo el mundo. El come su pastito como cualquiera otro, pero el pastito se le vuelve plata.
— Pedro, — le dijo el Rey, — véndeme tu burro.
— ¡Cómo, señor, le voy a vender un burro de esta laya! Fíjese Su Sacarrial Majestad que cada vez que necesito plata, no tengo mas que montarme en él y clavarle un poquito las rodajas y al tirito me regala con varias monedas.
— Véndemelo, Pedro; te daré dos mil monedas de oro por él; es tu Rey quien te lo pide.
— Por ser mi Rey quien me lo pide se lo venderé, aunque no es negocio: dos mil monedas de oro es poco para ser dadas por el Rey.
Le mandó dar el Rey a Pedro, dos mil quinientos ducados y el mejor caballo que se criaba en sus potreros, y en cuanto no más se vio montado, las enveló ño Peiro que no dejó más que la polvareda .
El Rey hizo que pusieran al burro en la mejor pesebrera y le dieran bastante pasto y del mejor, y al día siguiente, antes de almorzar, convidó a la Reina, a los príncipes y a todos los grandes de la Corte para que vieran la maravilla que había comprado.
Cuando ya estaban todos en los balcones, el Rey en persona montó en el burro y le clavó las espuelas muy suavemente; el humo, nada. Le clavó las espuelas más fuertes y entonces el burro plantó un corcovo, levantó la cola y entre ventosidades y otros excesos despidió hasta unas veinte monedas de plata.
Todos se quedaron con la boca abierta, admirados de ver una cosa tan extraordinaria. Algunas damas viejas dijeron que era señal de acabo de mundo .
Al día siguiente se hizo la misma experiencia, siempre con buen resultado, porque el burro largó todas las monedas que le quedaban aún, sin dejar adentro una ni para remedio.
El Rey estaba tan contento que no le cabía un alfiler . El no sabía que la minita se había broceado. Así es que cuando al otro día repitieron la operación, el burro lanzó de todo, menos plata.
Era de ver la rabia del Rey y cómo ordenaba a sus generales que mandaran tropas en persecución de Pedro, que lo había engañado. Las tropas salieron pero ya hacía tres días que Pedro había hecho la venta y dos que habla salido de los estados del Rey.
¿Irían a pillar a esa liebre?

jueves, 25 de abril de 2013

SABIAS TORTUGAS


SABIAS TORTUGAS


“Vísteme despacio, que tengo prisa”
“No por mucho madrugar amanece más temprano”
   Éstos y otros muchos refranes hacen alusión  a la conveniencia de tomarse el tiempo necesario para llevar a cabo cualquier tarea, realizarla con pulcritud, prudencia y sabiduría, porque, “las prisas nunca fueron buenas”, advierte la voz popular.
Asimismo, es la “experiencia la madre de la ciencia”, la acumulación de vivencias asimiladas, que apelan a la memoria individual y ancestral como elemento indispensable para comprender, madurar, actuar y decir sin arrebatos, con la con-ciencia de no haberse dejado llevar por el fatal torbellino de la furia o desenfreno.
  De ahí que sea la longeva tortuga, con su gran caparazón, capaz de envolverla para reflexionar, símbolo de virtudes como la paciencia, el sosiego, la prudencia y, en definitiva, del saber, saber vivir, para vivir más y mejor.
   Enfrentados a ella, aparecen en las diversas leyendas, los presuntuosos listillos, demasiado confiados en sus fuerzas y poder, que, infravalorando la posibilidad de ser vencidos, pierden batallas que, de antemano creían ganadas.

 La tortuga como símbolo
 De la India a la China la tortuga desempeña un papel simbólico importante al ser una imagen del universo, por su caparazón, redondo por encima (Cielo) y plano por debajo (Tierra). Entre las dos conchas, la tortuga es mediadora entre el cielo y la tierra, símbolo del hombre universal y del emperador.

Sabia, porque se la supone vieja y portadora de caracteres sobre su caparazón, la tortuga es la enviada del cielo.

Sus cuatro patas desempeñan el papel de pilares, siendo los estabilizadores de las islas y el Cosmos.

La retracción de la tortuga en su caparazón es el símbolo de una actitud espiritual fundamental: la concentración, el retorno al estado primordial. En el África negra la tortuga es símbolo de la sabiduría, la destreza y el poderío. Para ciertos pueblos de la zona también tiene un poder adivinatorio.

Entre los griegos la tortuga está asociada a Hermes (Mercurio), que utiliza su caparazón ara hacer con él una cítara y encantar al propio Apolo. Ella ha de procurar a Hermes indefinidas riquezas. La transformación de la tortuga en cítara llevaría a Dom Pernety (célebre hermetista del siglo XVIII) a relacionarla con la alquimia.

La interpretación china es que la tortuga es el punto de partida de la evolución, el comienzo de una espiritualización de la materia.

Animal curioso sin duda, la tortuga.

martes, 19 de febrero de 2013

EL SABIO TÍO NICOLÁS


EL SABIO TIO NICOLÁS


Era el tío Nicolás  murciano y huertano de pura cepa. Hombre parco en palabras y derrochador en obras, incansable  cuidador de su “piazico tierra” , de sol a sol (o, las menos de las veces, de nube a nube), enérgico y terco, “genudo” como su padre, hosco pero generoso, fiel conservador de casa, familia, hijos, yegua y mujer. Devoto de la iglesia e implacable guardador de sus preceptos “así cayeran chuzos de punta”.
   Quiso Dios que en su larga vida no contrajera enfermedad importante alguna, de lo que se jactaba orgulloso.  Aunque también su fervor por el trabajo y fuerza vital contribuirían, sin duda, a esta longeva existencia.
   Tenía noventa y nueve cuando enviudó, y le faltaban dos meses para cien, cuando sus trituradas piernas dejaron de obedecerle.  Reuma, artritis, artrosis, varices, ¡y quién sabe si lombrices!, mordisqueaban sus cansados huesos, con los que tuvo que dar en cama, ¡por mucho que le pesara!.
Allí postrado sufría, más por verse mutilado, que por la enfermedad que tenía.

jueves, 17 de enero de 2013

¡QUE VIENE EL LOBO!


¡QUE VIENE EL LOBO!


Pastor caucásico 
 Poderoso y macizo, el Pastor Caucásico puede ser una raza de difícil crianza para un dueño sin experiencia, ya que solamente respeta y obedece a aquellos miembros de la familia que muestren su dominancia sobre el animal. Generalmente son buenos con los niños, pero no los considerará como sus dueños. El perro desarrolla un fuerte enlace con su dueño, pero muy raramente será completamente sumiso y seguirá órdenes a ciegas, ya que un perro de esta raza principalmente confía en sus instintos, al punto de desobedecer las órdenes de su dueño en ciertas situaciones. Una raza con un cortísimo tiempo de reacción y veloces reflejos de protección, ha sido descrita por algunos como "una bala perdida". Con un adecuado cuidado y entrenamiento, el perro es una mascota obediente y educada. 

PEDRO Y EL LOBO
   Erase una vez un pequeño pastor que se pasaba la mayor parte de su tiempo cuidando sus ovejas y, como muchas veces se aburría mientras las veía pastar, pensaba cosas que hacer para divertirse.
Un día, decidió que sería buena idea divertirse a costa de la gente del pueblo que había por allí cerca. Se acercó y empezó a gritar:
- Socorro! El lobo! Que viene el lobo!
La gente del pueblo cogió lo que tenía a mano y corriendo fueron a auxiliar al pobre pastorcito que pedía auxilio, pero cuando llegaron, descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastor. Y se enfadaron.

Cuando se habían ido, al pastor le hizo tanta gracia la broma que pensó en repetirla. Y cuando vio a la gente suficientemente lejos, volvió a gritar:
- Socorro! El lobo! Que viene el lobo!

sábado, 14 de abril de 2012