domingo, 20 de octubre de 2013

EL NIÑO Y LA ZORRITA PINTORA


MUNDO FANTASMAL

 

Dos, tres horas, infinitas para mí. Era lo que tardaba, cuanto menos, en dar de comer a mi pequeño, el “hacebolas”.

Además de ejercicio de paciencia inenarrable, de crispación nerviosa, había un no sé qué de magia en todo aquello.

Yo no salía de mi asombro cuando, al introducir un trocito de carne del tamaño de una lenteja en aquella boquita, el chico la masticaba y masticaba (estoy convencida de que estos tremendos esfuerzos fueron determinantes para decidir no esforzarse demasiado para el resto de su vida), hasta que, al rato, se percibía un bulto en una de sus mejillas, del tamaño de una nuez, ¡de las californianas!, y mis ojos, eran incapaces de dar crédito a la transformación ocurrida.

El minúsculo contenido alimenticio, había octuplicado su tamaño.

¡Abre la boca!, lo instaba con impaciencia. Entonces procedía a introducir mis dedos en ella, para sacar una bola, de formación misteriosa. ¿Sería su saliva una especie de amalgama, una suerte de creciente o levadura?. La única parte ventajosa, si es que hay que encontrar alguna, es que las fibras de la carne en cuestión, ya estaban desintegradas, trituradas. Se trataba ahora de volver a despedazar aquella  pequeña albóndiga y dividirla en cinco o seis pedacitos.

Y vuelta a empezar.

Las buenas intenciones del chico eran evidentes, o quizás fuera mi desesperada mirada lo que lo impulsara a abrir de nuevo la boca, sin rechistar, y…¡dientes a la obra!.

Por mi parte, era incapaz de apartar los ojos de aquella boquita trabajadora, que seguía masticando y ensalivando y finalmente, embolando aquella quinta parte de albóndiga. Entonces, exhausto, paraba y deslizaba su obra maestra a la mejilla contraria.

Los eternos diez minutos transcurridos habían logrado un nuevo milagro. Otra nuez californiana, de igual tamaño que la anterior, que engrosaba sus mejillas alternativamente (¡quizás jugaba al futbol con aquella pelota!), al tiempo que yo, fuera de mis casillas (no era tan buena portera como éste), gritaba por no haber parado a tiempo el gol. Lejos de sentir ternura por aquella, mi criatura, que en aquellos momentos me parecía monstruosa, sentía toda la rabia del mundo concentrada en mis sienes: prisa por terminar la comida del resto de la familia, por tender la colada, por preparar unas fotocopias para los alumnos, por comer, por adecentarme un poco , salir a clase, y a ser posible, haber dejado a la increíble criatura relajada en un dulce sueño.

Comenzaban unos irremediables aullidos de ¡traga!, ¡trágatelo, por Dios!, que probablemente asustarían a la totalidad del vecindario y parte de los edificios colindantes.

Hubiera introducido uno de mis dedos para empujar aquella pelota, a ser posible hasta el mismo estómago, pero temía el remordimiento , consecuencia de haber ahogado, a dedo extendido, a mi querido y adorable hijo.

¿Qué demonios podía hacer?. Agua. Un vaso de agua que disolviera aquellas partículas, y a tragar, a dejar arrastrar los sedimentos con la corriente del fluido.

Pero seguía tardando. La solución era parcial. Necesitaba ampliar mis recursos.

Así pues, le tocó el turno a la segunda estrategia, aquella que se convirtió en hábito tranquilizante y repetitivo, la que consiguió que me aprendiera todas y cada una de las palabras de una curiosa película de dibujos animados.


No me cabe la menor duda de que fue esta película la que me salvó de un probable infanticidio no deseado.

El argumento era simple. Una graciosa zorrita, pincel en mano, tenía el mágico don de convertir en realidad cualquier  deseo dibujado con su estupendo pincel. Así creaba objetos, lugares, personas,….a placer. Un par de trazos y ¡ahí estaban!. Triple truco de magia concentrado en un solo dibujo. Los agrandados ojos de mi hijo, fijos en aquel simpático animalito, estrechaban sus carrillos, y así tragaba de forma inconsciente, como en un suspiro, el contenido de su boca. El progreso conseguido apaciguaba mis ansias de gritar, distraída también con el pensamiento de lo fácil y maravilloso que sería el mundo, si contásemos con semejante animalillo. No necesitaría más que pintar un estómago colmado de bolas trituradas para acallar mis nervios y dar cumplimiento a aquella temida misión diaria.

 
Transcurridos ya muchos años, el chico sigue tragando, ¡pero ya no mastica!. Es posible que se acabaran sus fuerzas. Quizás, de aquel mundo mágico de la zorrita cayó al real. Seguro que lo intentó. Pintó y pintó cosas bonitas, objetos de su deseo, y, frustrado en la tarea, comprendió que aquellos objetos, personas, lugares,…, por más que volaran en su imaginación, no eran más que pedruscos inamovibles.

¡Y ahora había que tragarlos!. Tragar piedras, ¡para colmo sin agua!.

Cayó en la vida y cayó en las muertes, en las múltiples que tendría que tragar para sobrevivir.

Se anticipó a Saramago en sus “Intermitencias de la muerte”, al llegar a vivir en sus propias entrañas la necesidad de los opuestos entre sí, el destino inexorable de tragar piedras para poder disfrutar de un buen trago de agua fresca.

Checha, 20 de octubre de 2013