Joder
con la envidia
Con
ingenuidad pensaba
que
el deporte nacional
era
invención de arrogantes,
petulantes,
seres
pagados de sí
que
trataban de envidioso
al
que sus pies no besaba,
ungía,
masajeaba,
y
ante ellos se reclinaba,
reverenciando
al vanidoso.
Lavé
mi rostro y la vi.
Esa
sustancia viscosa,
verde,
pegajosa, pringosa,
del
color de la esperanza,
pero
ésta sutil y alada,
fluida
y elevada.
Parca
o nula en alabanzas
al
esfuerzo ajeno,
sano,
sin duelo….
Nunca
elevar la autoestima,
eso
lo primero!.
Comprendí
así
la
enorme tara,
el
hueco inmenso que llena
tales
ánimas ególatras,
sintiendo
que han aprendido
lo
que ni la muerte enseña,
la
estrechez,
el
camino,
el
rugido del destino
atronador
y desconocido.
Arriba
tú, niño esponja,
abiertas
pupilas,
mente,
manos, boca,
al
nuevo asombro del día
que
esconde su moraleja
al
albo corazón abierto,
que
gatea y luego
camina
lento,
muy
lento,
un
libro de páginas
escritas
por el tiempo.
Busqué
en mis adentros,
aprendiendo,
siempre,
siempre,
siempre
aprendiendo.
Checha,
1 de marzo de 2020

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