viernes, 24 de octubre de 2014

QUINA SANTA CATALINA Y LAS SOPAS DE MI ABUELA


QUINA SANTA CATALINA Y LAS SOPAS DE MI ABUELA



¡Qué ricas abuela, qué sopas tan ricas me dabas!. Unos trocitos de pan casero mojados en vino tinto y azúcar.

Era una niña y me sentaban como un elixir celestial. Esas sopas alimentaban mi sobriedad, me fortalecían, me hacían quererte y respetarte, soñar con dormir a tu lado en ese colchón de lana mullida para mí, con esa bolsa de agua caliente preparada para mí, que no calentaba lo suficiente hasta que tú estabas a mi lado. Mi mejor somnífero, mi abuela. La llamaba mil veces mientras preparaba los garbanzos, ¡malditos garbanzos!. Media hora interminable que distraía mirando por las rendijas de la persiana entreabierta las luces de los coches que pasaban o el chapotear del agua acumulada por la riada. Pasaban con lentitud, con la misma lentitud con la que preparabas tus garbanzos.

Ya voy, nena. Mi impaciencia no te comunicaba que necesitaba tu calor para conciliar el sueño. Tan solo te llamaba.
Sigue viviendo en mí el olor de tu pelo al acostarte. Quizás fueras toda tu de pelo suave, cálido, que me transportaba a un sueño, que quizás nunca he vuelto ni volveré a soñar. La mejor de las borracheras.

A las seis ya se había levantado, lo sentía, sentía su ausencia. A las siete venía a despertarme con un gran vaso de manzanilla con limón, que bebía acurrucada entre lanas. Simulaba que no había percibido su silencio, que su ruido, sin ruido, no había desvelado mi sueño.

Y en los resfriados, ¡Quina Santa Catalina!, el mejor remedio, ¿quién sabe si eran sus manos o la buena quina?.

Jamás me he emborrachado (bueno, una pequeña chisperilla que no hace mal a nadie de muy cuando en cuando), tal vez sea porque esa dulce embriaguez de la infancia marcara su impronta para siempre.

¿Es que los pediatras no han tenido abuelas?

Gracias abuela, por tu silencio, por tu caminar callado, por esos remedios que aún te mantienen viva en mí.


Checha, 24 de octubre de 2014