lunes, 20 de octubre de 2014

DOS QUE DICEN PODEMOS

DOS QUE DICEN PODEMOS














     Es bastante probable que a algunos les escandalice mi respetuosa admiración por dos personas representantes de ámbitos tan dispares (desgraciadamente no tanto...¡otro gallo nos hubiera cantado!), cuya relación parece un tanto rebuscada, quizás hasta EXTRAVAGANTE.
Me refiero a Francisco y a Pablo.
No pertenezco a ningún partido, no pertenezco a ninguna iglesia, no soy papista ni franciscana, quizás por ello, desde una perspectiva lejana al activismo político o religioso, crítica y muy escéptica ante ambos poderes, me atreva a alabar el esfuerzo, la lucha, de dos personas que promueven un cambio radical de esta sociedad involucionista, cuya más cruel y desalentadora tendencia es el fortalecimiento de la riqueza de los ricos, de la pobreza de los pobres.


Son los valientes los vituperados, los calumniados, los perseguidos, los desaparecidos, y, en ocasiones asesinados. El que quiera tocar la verdad, la transparencia, es incómodo. ¡Que no haya pobres, pero a mí no me carguen con impuestos, bitte!. Vestidos de blanco y sin corazas tienen todas las de perder, al tiempo que su vida habrá marcado en positivo un momento caótico de la historia del mundo.



Si ahora muriese Francisco, la iglesia está muerta. Lo afirmo con la conciencia de ser una superviviente que creyó y dejó de creer, quizás por vislumbrar, tras una apariencia de bondad y fraternidad, un poder humillante, que ha doblegado, relegado, maltratado y asesinado a gran cantidad de hombres justos.
Mi única religiosidad consiste en saber que existe un minúsculo dios por descubrir en cada uno de nosotros, que estamos obligados a detectar en todos y cada uno de los que nos rodean (independientemente de razas, religiones y otras absurdas divisiones), garante de una convivencia pacífica , ¡que ya toca!.
Es esta mi definición de tolerancia desde el laicismo, la cual me permite lanzar un grito de admiración por un hombre, Francisco, que pese a los condicionantes de la curia eclesiástica (seres instalados en ideologías estancas, dogmáticas y pernoctadas, reacios a perder el cáliz de oro del que beben en devota actitud, cerrando los ojos a la tierra, quizás para no tener que mirar y despreciar a algún infame pordiosero o excomulgado, que suplica una gota de elixir de un bienestar merecido), se ha convertido en voz, en conciencia impertinente, desde dentro, desde el interior de una iglesia que contradice su propia definición: “iglesia somos todos”, anuncia el catecismo. ¿Y quienes sois todos?. ¡A mí que me borren, por favor!.


El caprichoso azar ha hecho que Pablo, nuestro idealista de la justicia (el término idealismo, tan denostado, es mi único bastión de esperanza), tenga por apellido Iglesias, lo que, por la imposible convivencia histórica entre estas, lo incluye de algún modo entre aquellos que son y serán torturados lentamente, sin escándalos, extirpando una a una sus cuerdas vocales, hasta la inexplicable e  inexplicada desaparición.

¡Ha muerto!, dirán de Pablo, dirán de Francisco, c´est la vie, les ha llegado el momento, justificarán sus probables y cobardes asesinos. Sí, asesinos de la transparencia y de la tolerancia. Habréis matado al hombre, pero no a sus ideas.
Ciertamente no es es apellido de Pablo lo que me hace establecer una relación con su antípoda (¿no se tocan por fin los extremos?), sino su osadía, su capacidad de aunar a una caótica masa de indignados de muy diversa procedencia, soportando ignorantes chaparrones como su pertenencia a ETA y otras absurdas degradaciones personales.
No es tarea fácil la que ha asumido. Su decisión de liderazgo unipersonal es peligrosa, incluso llegaría a decir que contraproducente.
Sabemos que el poder corrompe irremediablemente, debido a la propia naturaleza humana. Y no puede ser de otra forma, nuestros lazos de amistad, sentimientos y emociones hacia seres queridos condicionan sin remedio nuestras decisiones más racionales. Nuestra pretendidamente “objetiva” razón siempre buscará razones para favorecer al más cercano, ante iguales o parecidas condiciones. Y esta es la madre del cordero, mejor dicho, de la corrupta serpiente.
Quizás, si llegáramos a encontrar un implacable parapeto legal, un gobierno colegiado, de líderes políticamente divergentes, aunque convergentes en el único fin posible de la política, el bien común, de todos, las inevitables tentaciones de privilegio se verían impedidas por el peso del resto de líderes, con voz y voto equiparables. No es esta precisamente  la opción de Pablo, y ¡ojalá le salga bien!.
¿Utopía?. Lo sé. Pero ¿qué sentido tiene vivir sin ellas?.


Desconozco si estos dos personajes se han mirado alguna vez frente a frente, si lanzarían improperios contra mi osadía de relacionarlos...
En todo caso, mi más sincera admiración y ánimo para los dos.

Checha, 20 de octubre de 2014