jueves, 4 de septiembre de 2014

CREDO

CREDO




No creo que crea, pero creo,... creo, lo que no creo, creo saber aquello en lo que no creo y jamás creeré.

He de sentir, tocar, experimentar, para que pueda nacer en mi vida esa especie de “elan vital”, ese impulso a la espera, a la creencia en que otro mundo, otra vida en esta tierra que piso, también es posible.

No creo en dioses de caras pintadas de blanco, esculpidos en claro mármol y engalanados en níveos ropajes, tan puros como su blanca raza, pureza que contrasta con la acritud de su iracunda mirada  y gesto amenazante, con su eterna dedicación al invento de pecados, mortales, veniales, originales, piadosos, impíos, ¡dios!, pecados espejo de su propio ser vengativo, castigador, culpabilizador.

No creo en sus históricas plagas devastadoras, en sus inmortales promesas de otros cielos poco humanos, demasiado divinos, cielos reservados, con plaza fija, a santones cruzacaras, a cumplidores de preceptos divinos a costa del sacrificio de lo vivo, lo pequeño, lo indefenso, lo más tiernamente cercano, el más débil tú. Tampoco creo en sus cruzadas, en su división de cielos y su división de infiernos, de individuos, de seres espejo tuyo y mío. ¿Y qué decir de sus prerrogativas celestiales que alcanzarán destino pese a cualquier medio, bajo cumplimiento de mecánicos rituales?, ¿y de la mayoría de sus representantes, todos infalibles, pese a errores históricos, … a los que basta una breve y última extrema unción, un simbólico acto verbal de constricción en la antepuerta de la muerte, para regalar a cualquier infame un imperdonable “perdón” a una trayectoria vital marcada por crímenes contra la humanidad propia y ajena, que luego se hará realidad en una plácida y hermosa vida eterna. No puedo creer, no creo en esas unciones santas, tranquilizadoras de conciencias más o menos lasas: un “descanse en paz” que dará una puñalada más a sus víctimas, a los blancos de su guerra, sangrienta o fría, más cruel la segunda.

No creo en bautismos que anatemizan a inocentes criaturas nada más nacer, cargándolos con una culpa, un pecado “demasiado original”, increíble en un brote, pura potencia, sin carga de actos conscientes, negación misma de la mácula e impureza.

No creo, no puedo creer en esos farsantes que garantizan la dicotomía de los cielos, que practican la falsedad y la corrupción en ese cielo, que aquí se empeñan en vedar para poder confirmar y establecer la creencia en ese otro, que no se ve.
¡Claro que no hay cielo en la tierra!, sólo hay pequeños cielos, en cualquier lugar. Y si los hay, los pocos que hay, nos procuran paz, ternura, compasión, ayuda, solidaridad.

Promesas de cielo no son cielo, porque los cielos hay que construirlos, aquí, ahora.

Y pese a todo, creo. Creo que hay hombres, seres humanos, de cualquier signo o tendencia, dentro o fuera de la iglesia o de consagradas instituciones, que luchan por la paz en el mundo, que asumen como premisa a toda creencia “la creencia en la humanidad”.

Creo porque veo que también hay pureza en almas que sufren, esperan y luchan entre muros impuestos. Y, es más, podría decir que, a pesar de las numerosas críticas, unas merecidas, otras no, hay en la actualidad cristianos, incluso en el seno de la propia iglesia, cuya lucha y compromiso con la corrupta realidad social que vivimos, es mucho más tenaz y coherente que la de otros muchos, corrompidos por otros poderes. No soy yo parte de ellos.., pero para crear un mundo ecuménico hemos de empezar por hacer tabla rasa a todos los prejuicios, rangos y categorías establecidos...digamos, que todos, todos, no somos más que ínfimos humanos que comparten barco, y tiene ya demasiadas fisuras, con lo que sí soy, sí somos parte de ellos, y ellos de nosotros. En esta tortuosa Torre de Babel, en la que el prejuicio ha conseguido asesinar al juicio, en la que las peculiaridades individuales son óbice para desatar las más descalabradas incompatibilidades entre nosotros, seres de carne y huesos, huesos empuñados para herir en lo más profundo esa carne,...., quizás algún día comprendamos y nos asustemos, al ver que fue nuestro propio fémur granada de mano, arma arrojadiza contra el que intentaba no más que cualquiera : sobrevivir.
(Perdonad los errores del texto anterior. Gracias)
Checha, 4 de septiembre de 2014