miércoles, 27 de agosto de 2014

EL RETRATO FANTASMA


ningún símbolo lo es en esencia, pues su carácter simbólico le es conferido por aquel individuo que le da existencia, no necesariamente compartida”

Corrió airada hacia su alcoba, casi tan sofocada como el torbellino iracundo que alaba sus movimientos, propulsados por un corazón a casi más de 160 pulsaciones.
Cogiendo con fuerza el retrato que custodiaba su pequeño juguetero sobre la cómoda, clavó en él sus ojos, unos instantes, como si quisiera tragarse para siempre esa fugaz imagen, antes de hacerla invisible. Un primitivo marco de madera imperfectamente tallada, envolvía una imagen protegida con un cristal, que bien pudiera haberse hecho añicos muchos, muchos añicos atrás, por la inconsistencia de la pieza que lo mantenía en pie. Unas púas mal clavadas, cuya inestabilidad pretendía ser paliada por Inés con unas gotitas de superpegamento fijador, que de bien poco servían.
En cada limpieza de la cómoda y sus trastitos, recuerdos que jugaban a entretejer la red de un pasado de nudos marineros de esporádica felicidad o quizás ilusión de la misma, red que sostenía a Inés en la creencia de no ser una desgraciada, sino haber tenido desgracias, como todos, Inés se columpiaba brevemente, arrullándose en un pasado que, a su juicio, estaba bien anudado, pues así quería ella que fuera, así lo deseaba y así lo quería sentir. Era como si cada uno de los nudos fuera un trampolín impulsor de la fortaleza de hoy, quizás diera también para mañana...
No bastaba el maldito pegamento. La ley de la gravedad es inexorable, haciendo que el retrato cayera al más mínimo movimiento de la gamuza.
Y es que para Inés existía esa red, una especie de tablero de ajedrez, todas y cada una de cuyas piezas eran imprescindibles para la partida.
Tal y como hiciera en tantas y tantas ocasiones, dio la vuelta al retrato y lo posó con cierta brusquedad en horizontal, la imagen hacia abajo. Entonces se despeñó en la gran cama, que crujía de peso, de dolor, de la rabia que ella le transmitía.
Aquella cama come-iras que su rostro empapaba sin querer era como un resorte calmante, como una imposible invitación a un olvido empeñado en ser recuerdo.
Inés se preguntaba siempre por esa mágica goma que todos buscan, anhelan y aconsejan, borradora de todo pasado. Nadie la ha visto jamás. Nunca Inés la ha buscado, a sabiendas de la inutilidad de la tarea.
La sola idea de perder esa invisible red en la que se ve sustentada, que le proporciona reconocimiento, identificación personal en las múltiples caídas de la cuerda floja, le daba vértigo. ¿Cómo querrán los demás borrar, perder el pasado, perderse a sí mismos?- no podía comprenderlo. Tres son los tiempos verbales, trinidad interdependiente y una, sistema que se hundiría en la nada ante la ausencia de cualquiera de sus partes.


Él entró en la habitación, quizás por fisgonear. La humedad de los ojos de Inés hacía tiempo que no le afectaba lo más mínimo. Le resultaba tan indiferente como la mirada de soslayo de aquel retrato caído. Conocía un poco de su significado, de la importancia que le confería Inés. Pero jamás se encargo de ser el que lo pusiera en pie, ¡tamaña tontería!. Sería como siempre Inés, transcurrida una, dos semanas, la que, a fuerza del paso del tiempo, sin haber mediado reconciliación alguna, volvía a elevar ese retrato que le infundía esperanza. Pasaron aquellos primeros tiempos en los que su imaginación volaba hacia una verdadera reconciliación, hacia un halago vital, manifestación de la necesidad de cercanía y complicidad con el otro, con su simple presencia, por su solo estar en el mundo, a su lado. Y si aún quería volar más alto, veía estos acercamientos precedidos de un bonito gesto, como recolocar ese retrato, de incalculable valor hacia ella. Pasaron demasiado pronto, demasiado escuetos, demasiado descarnados. Inés puso coto a su imaginación. No permitiría más frustraciones: o aceptaba lo que era y sería, o pasaría su vida golpeando su cabeza contra el cabecero de esa cama de relajante horizontalidad.
La única información obtenida por su fugaz visita a la alcoba parecía ser: Inés está enfadada, pues, ¡ya se desenfadará!.Dos movimientos, dos males tiene. ¿Iba a enzarzarse en una aburrida conversación acerca de inútiles sentimientos, que, como siempre, duraría más de cinco minutos, que era realmente su punto de atención?. Ya llevas dos, tres, cuatro minutos hablando...¡Hasta cinco, ni uno más!. Las agujas de ese odioso reloj atravesaban más allá de la dermis .... Ni esperar, ni hablar. Todo va bien. España va bien. Mi familia va bien.
Si Inés encuentra problemas, ¡problema suyo es!.

El tiempo pasa, el retrato se voltaría, una y mil veces. Todo seguirá igual, ¡como dios manda, como mandan los mandamientos!. Minutos, horas, días, meses pasan, pero no pasa nada, ¡nunca pasa nada!. Ese maldito retrato es una NADA, carece de significado. No es más que una cosa, de pie o tumbada, del derecho o del revés.
Había habido ocasiones en las que Inés, en su desesperación, había trasladado el dichoso retrato hasta lo más recóndito del armario, hasta el fondo del baúl de ropa, en la ingenua creencia de que ello transmitiría algún mensaje, provocaría algún movimiento. Lo más probable, llegó a convencerse en breve, es que ni se apercibiera de su ausencia. ¡Presencias, ausencias!, no conciernen al sin-sentido.
Así pues, uno de aquellos días en que el retrato permanecía tumbado, unas furiosas manos lo agarraron y lanzaron contra el suelo, y, no conformes con ello, rompieron la estúpida foto en mil pedazos. Cada desgarro de papel fue para Inés como un fatídico corte de hilos, de los hilos de su red. Era la aniquilación de esos nudos que la aliaban con su propio ser pasado y presente, que la situaban en espacio y tiempo.

Abundantes y calladas lágrimas convirtieron aquellos pedazos en una bola informe y fangosa, que ella misma se encargaría de arrojar a los residuos.
Sin-sentido, con-sentido no consentido, ¡daño absurdo no dirigido a objeto sino a persona!, ¡estocada a la que depositaba en la imagen un significado intransferible!,....¡llegó a asustarle la vertiginosa caída del trapecio cuando la red estaba rota. Y se golpeó, dio con sus huesos en el rasposo entarimado del escenario.
Inútilmente buscó consuelo en un lógico razonamiento: aquel retrato, en realidad era falso. No era más que el fantasma de un pasado en el que Inés y él eran felices cómplices, abrazados con ternura a la sombra de un enorme castaño. Era la mayor desnudez obtenida, pronto perdida, ahora aniquilada. ¡Cándida Inés, eso no es y quizás nunca fue!, ¡has sido tú la constructora de un fondo transparente en el que creías, en el que quieres creer!. Símbolo de tu imperdonable inocencia, culpable de no querer dejar de serlo.
¡Qué sorpresa cuando un buen día llegó con una copia de aquella foto!. Pero la alegría de Inés era turbia, estaba ensombrecida por nubarrones que se abalanzarían implacables, que convertirían este segundo retrato en papel de lluvia ácida, muy ácida.
Y no se equivocaba Inés. Aquel segundo retrato, como fantasma, fantasma de fantasma, también desapareció.
¡Inés, Inés, Inesita, Inés!.


Checha, 27 de agosto de 2014