lunes, 29 de septiembre de 2014

ÚLTIMA PÁGINA

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Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente no se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con la muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo en tal cojuntura,
que acreditó su ventura,
morir cuerdo y vivir loco”
(DE “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, edición centenario, cuarta edición especial, Ed Sopena)


No esperaba tanta demora. La habían citado para las once. Eran las doce y media y permanecía en la sala de espera, presionando fuerte con su mano izquierda esa mandíbula que amenazaba con estallar , de agudo dolor desesperante, exasperante, nacido de un colmillo cariado, que irradiaba su maléfica acción por cuello, cabeza, ojos, e incluso cerebro, de cuya existencia ya comenzaba a dudar, reducido a dos únicos procesos alternos o simultáneos: sentir y pensar en lo sentido, pensar sentimientos y sentirlos. Círculo polar cerrado en la que la había sumido ese frío y espantoso dolor, de centro a epicentro y de epicentro a centro, ya indistinguibles. Dolencia que parecía proceder de todas partes y de ninguna, de intransferible comunicación, de inconsolable consuelo verbal.
¡Qué imperfectamente perfecto es el humano!. Capaz de transmitir mediante signos lingüísticos o mímicos casi todo, pero incapaz de hacerlo con lo más íntimo, aquello que de ser expresado en toda su fuerza e intensidad y ser captado de la misma manera, sería capaz de sembrar la más cruel amargura en el empático oyente, trasladando a su ser las insoportables punzadas ajenas, que, sumadas a las propias, le harían imposible la propia existencia... Perfecto que así no sea, perfecto el oyente que se aproxima, más nunca llega.
Abrió el bolso, extrayendo el librito que se había negado a comprar, y, precisamente aquel día le habían regalado. Magníficas reseñas: “traslada este autor con ejemplar maestría a una oscura y desconocida época de caballeros templarios, de luchas enconadas entre sectas... De intriga asegurada de principio a fin, engancha, sorprende con su desconcertante final...”
¡Dios!, dijo sin decir, uno más de esos folletines que proliferan como hongos, de realidades misteriosas, mágicas y ocultas, como si la vivida no lo fuera en la misma o mayor medida, de búsqueda de símbolos perdidos que conferirán poder absoluto a su poseedor, en este mundo y en todos los posibles..¡como si no nos bastaran y sobraran los poderes que nos subyugan y convierten en marionetas de frágil cristal...!. Libros al peso, mamotretos extraños a realidades humanas, a absurdos vividos y por vivir, a crueldades de carne y hueso, imaginables, intuíbles, capaces de apelar a TUeS identificados en cierto sentido.
¿Y si su cerebro fuera capaz de abstraerse, de encontrar algo, aunque fuera una bazofia, salvadora de ese círculo infernal?.
Decidió abrir el libro. ¡Maldito sistema sanitario público y privado!. A los desenchufados siempre les toca esperar. ¡Y son justamente los que se avergüenzan de presentarse en una puerta de urgencias, donde serían atendidos casi de inmediato y sin cita, por una enfermedad común!.
Comenzó a leer. Buen signo. Media hora enfrascada en una historia cuyo final ya atisbaba desde la primera línea. Personajes sin atributos, aparecían y obraban, en una realidad fantasmal, tan solo dotados de un nombre. Nombres y nombres que podrían ser cualquiera, ni pensamientos ni sentimientos ni comentarios que pudieran identificar un carácter, un yo distinto, individual. Mr Jean, Mr John, Mr Candwel,...., entraban en escena en escuetas e intrascendentes conversaciones referentes a acciones futuras, cuyo sentido quizás se desvelara en algún momento. Proyectaban aniquilar a X, destrozar a Y o dominar a A. Inútil intentar buscarles la pista o instalar en la memoria esa cantidad de nombres extraños sin referentes ni referencias.



















Al cierto alivio conseguido, se había unido ahora un sentimiento de crispación, de intento vano por seguir un hilo, quizás inexistente. Comenzó a pasar páginas del libro entre imprecaciones de dolor, aburrimiento, desesperanza...
La enfermera pronunció su nombre. Un oasis de realidad identificable, entre ese mundo de nombres vacíos. Sí, era ella, la llamaban.
Se levantó a toda prisa, pero algo la impulsó a echar una ojeada al final del libro, segura como estaba de que no volvería a abrirlo nunca más.
Buscó el final. ¿Dónde está?, pero, ¿me habré vuelto loca?, ¿donde carajos está?. Permanecía en pie, sin percatarse de la mirada impaciente de la enfermera que la esperaba. Daba vueltas al libro como una posesa, hacia adelante, hacia atrás, buscaba...
La volvieron a llamar. Quizás fue lo que la hizo despertar.
-Sí, ya voy, perdone.
El dolor cedió repentinamente. Un extremado asombro vino a sustituirlo.
Decididamente el libro no tenía final.
¡No existía la última página!


Checha, 1 de septiembre de 2014