jueves, 14 de febrero de 2013

UNA ALMOHADA, ¡POR PIEDAD!


UNA ALMOHADA, ¡POR PIEDAD!


Crónica de un recorte no anunciado

Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, 12 de febrero de 2013, 2h de la madrugada.

El enfermo J.G yace por fin en su cama. Sin almohada. Han alzado la parte superior de su cama para que intente conciliar un sueño que sus familiares saben que no vendrá, y los ATS también.
   Cualquier persona que padece problemas respiratorios necesita mantener la cabeza bien elevada, para evitar el ahogo, para facilitar la entrada de oxígeno al cerebro.
   El pobrecillo se ha portado mal, y claro, lo han castigado.
Su demencia, causada, no sólo por su avanzada edad (85), sino también por unos cuantos infartos cardíacos y cerebrales, que han dejado cicatrices en los lóbulos frontal y occipital, con sus sendas graves secuelas cognitivas, sólo le permiten obedecer de día, cuando sus resbaladizas neuronas han disfrutado de cierto tiempo de reposo. Pero ¡ay de la noche!.  Su cerebro se oscurece hasta llegar al negro, una pista de hielo sin luz, donde bailan sus neuronas a placer ,relajándose del fatigoso día de orden impuesto ,se sumen en embriagadora danza nocturna.  Si por el día prometen, de noche olvidan lo prometido, porque ya lo habían olvidado a los dos minutos de escucharlo, porque las cansinas repeticiones no ponen en alerta más que su cansancio y desdén por esas órdenes sinsentido: ¡no te hagas encima!, ¡pide la botella!, ¡no te levantes, que te puedes marear!, ¡no te quites ese tubito, que no es un lápiz como crees, sino una vía!. Pero J.G. insiste: ¡qué curioso, quieren que escriba también en el hospital!, ¡pero vaya sitio de poner el lápiz!. Apagando una risa incontenible, su acompañante le explica por undécima vez la cuestión del lapicico.


Pero ¡él es un adulto!, ¡le enseñaron a los dos años a no orinar o defecar en la cama!, ¡y ahora le ponen un maldito pañal y pretenden que se comporte como un bebé, que vuelva a sufrir las plastas en el culo!. ¡No!, ¡jamás!. J.G.  se niega, ¿qué se habrán creído estos cabeza de cebolla, estos patanes descabezados?. Iré al servicio, como todos, y tantas veces como quiera. Esto sí que ha quedado grabado a fuego y a sangre en sus juguetonas neuronas: bailan, ríen, juegan a los disparates en su cerebro, pero le darán la orden de levantarse, tantas veces como su incontinencia prostática lo necesite.
   Su acompañante le ha leído y enseñado una interesante revista, de viajes por lugares ya visitados. Pero él los modifica, los transporta a su tierna infancia, recuerda cómo su padre le mostraba las bellezas de Florencia mientras su madre tocaba el órgano en Sta María. Y escuchando esa música, evocando a su mamá, a su  amada Valencia, se va aturdiendo lentamente, su voz se emborrona y silencia. Parece que por fin su respiración es lenta y profunda. La una de la madrugada. La acompañante cierra la revista. Sus ojos se pierden  en el imaginado blanco nuclear del cubículo y también se tiñen de blanco.
No han pasado ni cinco minutos, y observa aterrorizada a J.G, bañado en sangre y en pie. El lapicito no estaba. El escribidor quizás se había sentido impulsado a arrancarlo para hacer alguna de sus anotaciones en la revista.
Las enfermeras han llegado.Amagando buenos modos, maldicen su suerte de tener que cambiar todos los ropajes, lavar al enfermo, limpiar la sangre, ¡vaya una acompañante!, ¿acaso no sois los tácitos cuidadores de enfermos, día y noche?, ¿no estima la cálida sanidad española que el cariño todo lo puede?.
¡Maldición!, ¡hasta los parientes os estáis europeizando!.
¡Habrá un castigo!, ¡como las vírgenes necias que dejaron de velar!.¡ Será el castigo de las castigadas, el recorte de las recortadas!. Han llegado los tiburones.
-Lo siento pero no hay almohadas. Tendrá que dormir así. No voy a ir de planta en planta buscando una almohada.
La acompañante no da crédito. La hundida cabeza del enfermo será incapaz de oxigenar a las bailarinas.
-Pues yo sí, responde.
Baja una planta, ¡sin éxito!. No te molestes, le advierten, no conseguirás nada.  Fijando sus ojos en esta enfermera quemada, como todas, automatizada, como todas, desincentivada, como todas,….sigue bajando la escalera. Nueva planta, nueva negativa.
Sigue bajando. Una enfermera la mira a los ojos, atiende a sus explicaciones,  y tras mucho vacilar, tras mucho debatirse entre la injusticia y el monstruo de la tijera, le proporciona la ansiada almohada.
J.G. puede ahora descansar de su terrible agitación nocturna. Los calmantes comienzan a hacer efecto.
Da comienzo el baile.

Checha, 14 de febrero de 2013