domingo, 24 de febrero de 2013

CUANDO MUERA, AVÍSAME


CUANDO ESTÉ TERMINAL AVÍSEME, AVÍSAME CUANDO MUERA

“Cuando muera, no me envíes rosas, ya no las necesitaré”
                                                Checha

Un atento lector, en carta publicada aquí hace dos semanas, confesaba haberse llevado “una sorpresa desagradable” por mi utilización en un artículo del término “discapacitados”, y me sugería que lo “retire” de mi vocabulario. Le agradezco el consejo, y que me proponga en su lugar “personas con discapacidad” o “funcionalmente diversas”. Pues no, lo lamento. Ni este amable lector ni otros parecidos, con espíritu de policías del lenguaje, parecen caer en la cuenta de dos cosas: a) a un escritor (no a un funcionario ni a un notario) no se le puede pedir que renuncie a la riqueza y a la precisión de su lengua, y menos aún que adopte vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos; b) lo que molesta en general no son las palabras, sino lo denominado por ellas. Hay significados que antes o después acaban por “contaminar” o “manchar” el significante. Se juzgaron humillantes “lisiado” o “tullido”, cuando lo cierto es que existen y siempre han existido lisiados y tullidos, como también mutilados (en el metro de mi infancia no eran raros los carteles que rezaban “Asiento reservado a los caballeros mutilados”). Se forjó entonces “minusválidos”, pero al cabo del tiempo eso pareció asimismo ofensivo, y se pasó a “discapacitados”, que ahora, compruebo, es condenable. Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien, no les quepa duda. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído.
LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2013.
    No carece de razón Javier Marías al afirmar que es la realidad, no las palabras, la que es o no denigrante. Cierto es también que “hay significados que antes o después acaban por contaminar o manchar el significante”.
Pero el significante, también es capaz de contaminar el significado, encerrarlo, darle un cariz desagradable, propio de una interpretación sesgada de la realidad.
   El lenguaje, también crea realidades, que en muchos casos, tan sólo existen por imposición lingüística.

  Hay en nuestra lengua, odiosos “términos” que, desgraciadamente,” terminan” por  ”terminar” con lo vivo, despreciándolo, hasta la muerte.
   ¿Qué significado real tienen las expresiones  “enfermo terminal”, “desahuciado” o “servicios paliativos”?.
Sólo cuando uno se acerca a la tristeza de una grave enfermedad, adquiere conciencia de lo terribles que resultan estos términos para los que aman y ven al enfermo como un ser vivo, con muchas probabilidades de seguir existiendo, o en cualquier caso, con potencialidades que, atrapadas en estas palabras, se ven reducidas a la nada, aniquiladas por un lenguaje destructor, parapetado por  una realidad no menos desoladora.
   Es quizás por esta razón, por la que, aquellos enfermos no encasillables en estas categorías, quedan desamparados, desprovistos de una adecuada atención médica,  y  a merced de los cuidados que los  bienintencionados familiares puedan ofrecerles desde su sentido común, y, en la mayoría de los casos, absoluto desconocimiento de la medicina.
   Sólo en el caso de que estos enfermos entren en grave crisis, en la que dispondrán de un servicio de urgencias, o traspasen la sutil barrera que los adentra en la categoría de lo “terminal”, tendrán a su disposición un aparato hospitalario para sedarlos, embutirlos de opiáceos , obviando el deterioro cognitivo que acarrean, ….hasta que mueran (tienen hasta un plazo fijado, unos seis meses), momento en que multitud de agencias funerarias se prestarán gustosas a ofrecer sarcófagos y tumbas de la mejor calidad.

  Se creen parcas todopoderosas que, con tijera en mano, determinan el último plazo, ese que no se puede pagar.


   Con cara de asombro, pregunto la gran obviedad: ¿no sería más adecuado, prestar una adecuada atención domiciliaria, tendente a evitar que un enfermo grave acabe siendo “terminal”?. ¿es menos rentable hacer que se viva que dejar morir?.
   Supongo que, como todo, estará minuciosamente estudiado en términos de rentabilidad económica. ¿Para qué ha de seguir viviendo un anciano  demente, si no hace más que aumentar la lista de dependientes, piojos de nuestra sociedad?. Los japoneses no se avergüenzan de afirmar a las claras que sobran los viejos. En España nos escandalizamos, e inventamos palabrotas malsonantes, que no son sino eufemismos salvadores de nuestra mala conciencia.
   Esta mentalidad, desgraciadamente, no es exclusiva de entidades  anónimas. También los familiares, esos que afirman “sentirlo mucho” en el pésame, esperan que los avises cuando no haya nada que hacer, que les comuniques que el enfermo yace inconsciente en cama, en esa catarsis de desconocimiento, en la que no les importará lo más mínimo la cercanía o lejanía de esos “amantes familiares o amigos”, pues sus ojos serán incapaces de enfocarlos. Eso sí, sus conciencias quedarán a salvo, pues habrán hecho lo políticamente correcto, entrarán en la foto de los dolientes.
     Cierto es que en muchas ocasiones nos acercamos a los muertos para aliviar a los vivos, lo malo es cuando hacemos como si amásemos a esos muertos, habiéndolos olvidado en su existencia.

   Checha, 24 de febrero de 2013