lunes, 26 de noviembre de 2012

¡DESPIERTA!



¡DESPIERTA!


Notó que algo quería llevársela. ¡Déjame!, gimió. Una dulce atracción ineludible, un suave beso, tirando de su conciencia como un imán, la arrastraba e imposibilitaba toda oposición, burlaba su voluntad de permanecer. ¡No me lleves!, ¡quiero estar aquí!, gritaba su mortal silencio.
   Inés abrió por fin los ojos. Una bolita de cariño ansiaba su presencia. Pero sus párpados volvieron a entornarse, amagando una tierna sonrisa que los entumecidos labios no conseguían esbozar.
   Otro beso, esta vez contundente, implacable, agarró con fuerza su alma, para no dejarla escapar. ¡Son las once!, oyó en la lejanía. Amaba esa tierna voz. Era inútil resistirse a su demanda. Y sin embargo, no deseaba más que seguir sumida en aquel placentero sueño. ¿No podría existir el movimiento contrario?, ¿convertirse ella en la fuerza arrasadora que la cogiera de la mano para conducirla de nuevo dentro de sí, para trasladarla al mismo lugar que ocupaba antes de nacer?. Sí, allí compartirían esa inmensa paz que la inundaba, esa otra vida caprichosa y múltiple, que ella ahora se negaba a abandonar. ¡Cuantas vivencias en unas pocas horas!. 
 

La niña tendría la oportunidad de besar y acariciar también al enorme gato que  Inés acababa de parir. ¿Acaso no eran hijos de la misma madre?, ¿no eran hermanos?. Su bolita de cariño, convertida en personaje, dejaría atrás el mundo de las horas, los minutos, los segundos, para adentrarse en el de los instantes eternos. La vió abrazando y jugando con el tremendo gato canela salido de su vientre, del que los demás huían horrorizados.  Contemplaba con fruición a sus dos criaturas retozando fuera de marcos, sin medidas, sin pautas espacio-temporales.
   Esta vez  actuó sin contemplaciones. Dándole un gran tirón de la mano, protestó: ¡venga ya, mamá!.

   El gato ronroneaba con las caricias de Inés, ¡también suplicaba su compañía!. La miró con tristeza, desolación, abandono. Inés sabía que quizás no volvieran a verse en meses, años, en toda la vida.  Cada paso que la alejaba de su realidad de personaje constituiría un siglo, una eternidad al otro lado de la puerta.  Temerosa y desganada la franqueó, su mirada fija en aquellos grandes ojos que rezumaban un adios.
-¡Vale!, ¡ya voy!, murmuró en voz baja, mientras se percataba de que su mano no asía un pomo, sino la mano de una niña. Era su hija, en persona. Inútil plantearse una elección. Ambos mundos eran suyos, le pertenecían y reclamaban su existencia.

   Arrullaría el recuerdo del gran gato, cuyo ser había quedado irremisiblemente sumido en la aleatoriedad de la ficción. A pesar del desgarro que sentía, sabía que no podía transportarlo.
Ella era la única capaz de cabalgar entre sus dos mundos, pero nunca hacia atrás. A su espalda surgía la huella del  feliz recuerdo, ese pequeño consuelo.

Checha, 26 de noviembre de 2012