martes, 29 de mayo de 2012

DE FILAS Y SITIOS


DE FILAS Y SITIOS
  Tenía apenas dos años cuando Inés fué enviada a la escuela, aún hablaba con la “t”. Aquel maldito colegio a la antigua usanza, donde se delinquía contra los pobres niños, asestándoles fuertes golpes de regla, arrodillados, palmas de las manos hacia arriba, brazos en cruz.
   No es de extrañar que el cole fuera el lugar más inhóspito de la tierra para la pobre niña. ¡Inés, al rincon!. Allí era sitiada casi todos los días, y luego obligada a permanecer horas extra, en aquel horrible lugar, debido a su rebeldía infantil, pues, mientras los demás niños de aquella escuela unitaria, unos añitos mayores, asumían sin rechistar aquellos injustos castigos, Inés siempre protestaba: “no tero”.
     Trasladaron a su padre. ¡Otro maldito cole!. Ya tenía seis años, había aprendido las consecuencias de la insumisión. Pero todos los días “se meaba en las bragas”. Otro modo de protesta, otras consecuencias. Para eludir las regañinas de su madre tiraba las bragas al retrete, ¡para que nadie las viera!.
     Su odio por el cole la hacía vivir en otro mundo, no atender prácticamente a nada, a lo que contribuía decisivamente, el lugar que siempre le era asignado en el aula: la última fila. Porque en este nuevo cole, tenían una curiosa política de motivación infantil:  los niños eran “sitiados” en filas, a mejor respuesta, mejor fila. Así que los mejores estaban siempre en la primera, y los malos, como Inés, en la última.  No obstante, este sistema jerárquico no era tan rígido, admitía pequeños cambios.
Si un niño se portaba bien, hacía los deberes, contestaba a las preguntas de los maestros, podía avanzar una fila. En clases de cuarenta o más alumnos, esto era una gran ventaja:  en la penúltima, el susurro adormecedor de los profesores cobraba cierta nitidez; en la antepenúltima, casi se llegaba a escuchar lo que decían, la anterior a ésta  era casi una invitación a prestar atención, y así sucesivamente.
  Durante los dos primeros años de colegio, Inés permanecía casi invariablemente en su sitio, la última fila.
Allí montaba su pequeño paraíso que consistía en dos actividades:  leer los cuentos que escondía en los entresijos de su preciada cartera (dormía con ella, jamás le interesaron los peluches dormilones), cuentos que la trasladaban a otros sitios, sin filas, sin maestros; y dormir plácidamente cuando se cansaba de la primera tarea.
    Un día, ya en el tercer año de permanencia en aquella escuela, algo llamó la atención de Inés tanto, que abandonando su cuento , siguió sin parpadear los dibujos que la profesora realizaba en la pizarra. A esa distancia no era fácil verlo todo, así que, de vez en cuando se levantaba tímidamente para poder seguir los trazos de la parte inferior. Se trataba de la descripción del funcionamiento de una bomba de agua (no sabemos si su preocupación se debía a la cantidad de veces que había atrancado el retrete con sus dichosas bragas). Lo cierto es que aquello cautivó de tal modo a la niña , que quedó grabado al detalle  en su mente .
   Para gran sorpresa de la profesora, al día siguiente, cuando pidió voluntarios para explicar la lección del día anterior, vió al fondo del aula una manita elevada. ¿Tú, Inés?, preguntó sin dar crédito a lo que sus ojos veían, ¿estás segura?. Inés no contestó, pero salió de su asiento acercándose lentamente a la pizarra. ¡Sé cómo funciona una bomba de agua!, díjo orgullosa. Y comenzó a dibujar. Todos miraban asombrados aquellas manitas ágiles, realizando trazos casi perfectos, casi iguales a los de la maestra. Está bien, Inés, pero, ¿serías capaz de explicarnos lo que has dibujado?. Inés, nada acostumbrada a exposiciones públicas, a lo que se sumaba su natural timidez, tartamudeó un poco al comenzar, pero poco a poco fue centrándose en su dibujo, olvidando a los espectadores, cobrando poco a poco confianza en el discurso....
Todos aplaudieron, Inés enrojeció de pronto y quíso volver de inmediato a su asiento, pero la profesora la hízo retroceder. Le señaló una silla en primera fila y le díjo: a partir de ahora, éste es tu sitio.
    Y no andaba muy desencaminada aquella mujer, porque Inés jamás volvió a sentarse en la última fila.  Cambió de colegio, donde  los alumnos eran ordenados por apellidos, por turnos, por necesidades de visión, por altura....., ¡no por aquel absurdo criterio de jerarquía cognoscitiva!. Su interés por conocer fue creciendo, leía, estudiaba con placer. En el instituto, en la universidad, era ella la que escogía su sitio, ¡primera fila!, ¡para no perderse nada!, o quizás para olvidar para siempre que húbo un tiempo en que pretendieron elegirle una posición que no le pertenecía, en la que fue sitiada, pero no era “su sitio”.
    Han pasado treinta y trece años (prefiere llamarlo así), aún sigue sin estar segura de haber encontrado su sitio, pero sí se sabe caminante, caminante por caminos escogidos, con mayor o menor fortuna, pero fruto de su propia elección.
   Cuando Inés busca cuidadosamente un lugar para sus plantas, las que no caminan, las observa, se identifica con su tristeza cuando advierte hojas  quemadas  o flores marchitas, les destina otro lugar, y otro, y otro, ¡Ojalá pudiéseis caminar, le susurra, pero jamás permitiré que permanezcais en un lugar que no sea el vuestro!, ¡yo encontraré vuestro sitio!.
Checha, 29 de mayo de 2012