jueves, 5 de abril de 2012

LOS CINCO ASESINATOS DE LA INO


LOS CINCO ASESINATOS DE LA INO
Que la Ino es una buenaza lo sabemos todos, yo diría que es radicalmente buena. Respondona, sí. Espontánea, sí, ¡no se calla una!, pero su corazón es oro puro. El daño de que es capaz la Ino, equivale al de un niño de dos años, que dando rienda suelta a sus instintos creativos, pinta las paredes de su casa con las blandas heces de su orinal. Esta hazaña podría provocar cabreo, asco, .....pero no daño. Sólo podría “dañar” a esas mentes inflexibles, retorcidas, adulteradas e intransigentes, que , con aires catastrofistas, se aquejan de profundo dolor que les producen las cuatro chorradas que diariamente nos brinda a todos la vida, para poder elegir entre reir y llorar. Cerebros tristes, amenazados por sus propios pensamientos negativos. Porque realmente, en un alma como la de la Ino, sólo caben inocentes travesuras, esas que añaden salsilla, sazonan la insulsa cotidianeidad.
   Si dicen que “la cara es el espejo del alma”, todo dependerá de qué alma y de qué cara. Hay gente que no vé más que caras feas, fealdad que sin duda emana de su propio interior, al que basta con el primer impacto que comúnmente nos lanzan las disarmonías físicas. En este caso, la cara del otro es reflejo de su propia alma.
   Jamás olvidaré el día en que, al abrir la puerta de mi casa, choqué con una gran sonrisa de ralos, oxidados y taladrados dientes, en perfecta continuidad con la oscuridad del bigote con que estaban coronados. Sus brillantes ojos manifestaban extraña alegría, extraña a la habitual impronta refunfuñona de su dueña. ¡Me las he cargado a todas!, fueron sus primeras palabras. Pero, ¿qué dices, Ino?, ¿a quién te has cargado tú, que vienes tan contenta y con tus pistolas puestas?.
Comenzó a reir, tan descosida, que sus enormes michelines bailaban la danza de tremendas carcajadas. ¡Déjame que me siente!, ¡no puedo más!, decía al tiempo que lanzaba sus enormes posaderas sobre mi pobre sofá.  Un poco calmada ya, comenzó: ¡con la aspiradora, ha sido con la aspiradora!, repetía,  con voz entusiasmada, ¡y no veas como chillaban, kriii!, kriiii!, kriiii!, así sonaba  cada vez que se chupaba una!. ¡Reconozco que era un poco asqueroso, pero no podía parar, corría como un gamo detrás de las que intentaban escapar!. Aún no sabía exactamente de qué se trataba, pero la imagen de la Ino corriendo implacable “como un gamo”, es decir, a trompicones, tubo de la aspiradora en mano y cara de atroz asesina, me hízo reir.
-¿Me vas a decir de una vez lo que has matado?, pregunté con sorna. ¡Cucarachas!, exclamó, ¡tremendas y asquerosas cucarachas que suben del almacén de sal que acaban de instalar en el bajo de mi casa!- ¡Ni aerosoles ni “ná”!, ¡les enchufas la aspiradora y caen todas!. ¡La bolsa del aparato se ha llenado de cadáveres, y ahí están todas las malditas, en el cubo de la basura!.
-Oye, pues no es mala idea, respondí sonriendo, pero,¡no te creía tan malvada!, pensaba que eras incapaz de matar una mosca.
-¿Incapaz?, ¡no sabes lo que dices!, ya llevo más de un asesinato a mis espaldas, y hay dos que me dan muchísima pena, ¡no quiero ni recordarlos!.
-Dos mosquitos, ¡seguro!, ironicé.
-  No tiene ninguna gracia, ¡me encantan los pájaros, pero maté a dos, sin querer!
 - ¡Vaya, y luego te los comiste en uno de tus buenos caldicos!, ¿no?.
-Y dale con la gracia, ¡que sepas que estúve llorando por ellos y los enterré, aún están enterrados en mis dos macetas de gardenias!.
-Buen abono, sin duda, ¡cárgate a otros cuantos, a ver si revive mi paraíso!.
-Como no me mates tú a mí, me temo que te quedas sin abono, ¡no vuelvo  a matar a un pajarico en mi vida!.
-Vale, está bien, pero díme lo que pasó.
Mis comentarios guasones le habían afectado. Transcurrió un rato hasta que comenzó a hablar. “Lo acababa de rescatar mi hijo del jardín, era un gorrión pardo, muy chiquitico; seguramente se habría caído del nido. Lo dejé sobre un trozo de tela enguatada para que entrara en calor y lo metí en una jaulilla que tenía en el patio. No tenía nada para darle de comer, así que mojé unas miguitas de pan en agua y fuí metiéndoselas en el pico. Comió y lo devolví a la jaula, que coloqué en el salón para que no  tuviera frío.
A las once de la noche, como estaba cansada, me acosté. No pasaron diez minutos cuando oí piar al gorrioncillo. Pensé que tendría más hambre y volví a darle sus miguitas. No conseguí dormir en toda la noche, cada media hora piaba y yo lo alimentaba. Ya de madrugada púde conciliar el sueño, unas tres horas. Serían las nueve cuando llegó mi hijo sacudiéndome en la cama y gritando, ¡mamá, mamá, el gorrión ha explotado!. Tardé en abrir los ojos, y cuando lo híce tropecé con los ojos asustados de mi pequeño que me traía en la guata a un gorrión gordo, gordísimo y muerto, muertísimo. No túve valor de contarle mis buenas inyecciones de pan durante toda la noche”.
Sin dejarme siquiera reaccionar (¡menos mal, pues en el fondo estaba muerta de risa!), siguió con su historia del segundo pajarito. “Este era un periquito blanco de alas azules, precioso. Regalo del día de la madre. Estábamos pintando la cocina y la galería y trasladé su jaula a la entrada de la casa para que no se intoxicara. Como a veces soy muy impulsiva, estaba peleándome con mi marido y gritaba como una loca. A cada grito que yo daba, respondía el periquito con un gran espasmo. Terminé tan cabreada, que me largué dando un gran portazo. Cuando volví a mi casa lo encontré tendido en el suelo de la jaula, estaba “pajarito”.
  Noté que la Ino se había entristecido tanto con estas dos historias, que la insté a no seguir hablando, para no ahogar su alegría mañanera.
No te preocupes, díjo recuperando su sonrisa, los dos que quedan son de unos malditos aparatos, y los volvería a despedazar si estuvieran vivos.
Se rió, yo me relajé y seguí escuchando.
“Cuando mi segundo hijo era pequeño, tendría más o menos un año, un vecino muy amable le regaló un gusano de colores”. Según me explicaba la Ino, era un gusano vertebrado, al que se daba cuerda y movía su largo cuerpo multicolor en todas direcciones. “A mi hijo le apasionaba el bicho de colorines que se movía por toda la casa con una estruendosa música de la lambada”. Parece ser que  el bichito se convirtió en el juguete favorito del muchacho, no paraba de darle cuerda, de hacer sonar aquella lambada estridente que penetraba y rompía  tímpanos, excepto los del niño. “Un día me levanté muy nerviosa, no había dormido bien.El niño ya estaba despierto, ya sonaba aquella horripilante música. Me dió como un ataque, me acerqué al crio y grité: ¡que mato al gusano, que mato al gusano!. Dicho y hecho. Le dí tal pisotón que se deshizo en todas sus partes, quedando esparcidas por el salón. Mi hijo lloraba desconsolado. En aquél momento me arrepentí, pero no más que un momento”.
“Y no sólo eso, también maté un móvil, hará un par de años.  Se había quedado mi hijo durmiendo en mi cama, y me dió tanta pena despertarlo, que me fuí a dormir a su habitación. A las siete de la mañana, aún estaba yo profundamente dormida, cuando oí una suave vocecita que susurraba: ¡oye, que tienes un mensaje!. Aquel susurro me asustó, pero la pereza me hízo incorporar la voz a mi sueño y seguir durmiendo. Pero aquella vocecita comenzó a elevar la voz:¡oye, que tienes un mensaje!. Entonces sí que me desperté pasmada. ¿Quién habría entrado en la habitación?. Giré la cabeza por todas partes, ¡nadie!, ¡no había nadie!. Y la vocecita, que ya era vozarrón seguía y seguía, cada vez más y más alto, hasta gritar a pleno pulmón: ¡Oyeeeee, que tienes un mensajeeeeeeeee!. Entonces lo descubrí. Imagino que con cara de terror y manos temblorosas agarré  el aparato , me dirigí a la bañera, y con todas mis fuerzas lo arrojé allí. La vocecita calló. Yo seguí durmiendo. Desperté con la sensación de haber tenido una horrible pesadilla”.
Ahora sí que me reí con todas mis ganas. ¡Los dos últimos muertos se ganaron a pulso la guillotina!- díje- ¡yo también lo hubiera hecho!, ¡tanto aparato nos está volviendo locos a todos!.
   Terminamos nuestro café a las diez. Una hora de limpieza por una hora de risa. ¡Había merecido la pena!.

  Checha, 5 de abril de 2012