lunes, 30 de enero de 2012

LA INO VA DE DUELO

LA INO VA DE DUELO
   Esta historia que me contó la Ino me hízo recordar el curioso entierro de la madre de un amigo, hace ya muchos años.
Llegados todos los asistentes a la puerta del cementerio, a la espera del féretro, encontramos al cura que lo oficiaba, cuarenta años misionero en Camerún, que, tras la misa oficial, se había revestido con unos curiosos ropajes: había cambiado la tradicional sotana por una amplia túnica de color grana , decorada con grandes mariposas de vivos colores. Aún no habíamos salido de nuestro asombro, acompañado por risitas contenidas casi generalizadas cuando,al llegar el coche fúnebre,. el misionero saca de  una especie de mochila unos pequeños timbales de madera decorada que, sin más dilación, comienza a tocar,entonando asimismo alegres cantos festivos. Nos dejó tan aturdidos que cada uno, evitando las miradas del resto para no tener que reir, hízo lo que súpo para controlar la inesperada situación, unos agacharon la cabeza, otros se dispersaron de la comitiva y otros comenzaron a rezar todas las oraciones que sabían y creo que hasta las que no sabían. Lo que desde luego nadie osó, fue acompañar al cura en sus cánticos, que , lejos de avergonzarse de su embarazosa soledad, cantaba cada vez más alto, con más alegría, como si entendiera que el problema residía en que no alcanzábamos a escucharlo. No obstante no eludió la ansiada explicación. Al tiempo que los sepultureros preparaban el foso, dió, a modo de sermón, la más hermosa explicación acerca de la fé en la vida eterna, y la muerte como tránsito hacia ella, que jamás hubiera oido en mi vida.  Su actitud, su explicación, era la más coherente reacción que cualquier cristiano debería tener ante la muerte; ahora bien, excedía los límites de lo humano, del humano dolor por la ausencia, la separación, el arrebato de la presencia física de un ser que amamos, por más que permanezca siempre vivo en nosotros, en nuestros recuerdos. Por ello lloramos, lloramos de tristeza. El llanto desahoga nuestra alma, y lo habitual es que lo produzca un hecho negativo, aunque todos hemos experimentado a veces el llanto de alegría, de inmensa alegría. Me pregunto si también existirá la risa de tristeza. El nerviosismo, el terror, la ironía, provocan hilaridad en muchas ocasiones, son explosiones de nuestro ánimo descontrolado. Pero, ¿de qué tipo es la risa que se desencadena en casi todos los duelos?. Parece como una necesidad de explotar ante lo “inadecuado”, una especie de puñal que quisiera desintegrar la amargura imperante.
   Vayamos ya con la buena de nuestra Ino, fiel seguidora de todas las tradiciones, y aunque, en general, como todos los del pueblo, deseosa de asistir a cualquier evento que la saque de su rutinaria cotidianeidad, en esta ocasión la Ino no pertenecía al grupo de los falsos plañideros, de los hipócritas de cara adusta, de circunstancias- La Ino no tenía ganas de reir, sentía un profundo dolor por la muerte de  ese jovencito, dieciocho años, que había cuidado y abrazado en tantas ocasiones como bebé,  e invitado tantas otras a sus deliciosas tortas fritas.  Desde los catorce reclamaba el muchacho una moto, por Reyes. Sus Majestades tuvieron la bondad de regalársela con la mayoría de edad. No cabía en su cuerpo de alegría. Sin pensarlo dos veces, llamó a su novia para llevarla al pueblecito más cercano, a quince kilómetros, a visitar a unos amigos. Aún no habían alcanzado la carretera general cuando, al llegar a un cruce, un conductor que no hízo parada en el STOP y lo arrrolló, acabando con sus vidas en el acto.
   La Ino  llegó de noche, dispuesta a velar al muchacho hasta la mañana siguiente.  Hacía un frío penetrante, así que buscó un rinconcito en una de las tres estancias destinadas al velatorio, y se sentó al abrigo de una gran estufa. Los escalofríos no cesaban en su cuerpo, quizás fuera también el helor de la muerte, de esa muerte tan cruel e inesperada. Instintivamente acercaba el rostro de tal manera a la estufa, que al sentir el ardor en sus mejillas, se veía obligada a retirarse. Y lo cierto es que la Ino no era de naturaleza friolera, la gruesa capa de grasa que cubría todo su cuerpo, la protegía como a las focas del Ártico, le ayudaba a soportar muy bajas temperaturas. Pero este era otro frío, era un viento helado interno que la atería.
  Había venido sola,  y sola se había sentado, aunque pronto llegaron unos vecinos a intentar darle un poco de conversación. Y digo intentar, porque a la Ino le saían poco más que monosílabos del cuerpo. Entró en la sala una vecina regordeta y animosa, que había asumido la tarea de atender a los visitantes, ofreciéndoles algo de beber, lo propio en estos casos, tila o manzanilla. La Ino siempre ha odiado las tisanas, así que declinó la invitación. Pero la vecina insistía en que tenía muy mala cara, y le vendría bien tomar algo. Finalmente, ante tanta insistencia, no tuvo más remedio que confesar su aversión por los tés.  ¡Es eso! , exclamó la diligente señora, que no tardó en abrir la vieja alacena y sacar una botella de aguardiente de hierbas.  Colocó  unos vasitos en la bandeja y, llenándolos generosamente, ofreció uno a nuestra Ino con estas palabras: ¡Esto sí que te va a sentar estupendamente, y además, ya conoces el refrán, ¨el que va a un entierro y no bebe vino, el suyo va de camino¨. No dudó en coger el vaso: el frío que sentía y su carácter supersticioso, fueron razones más que suficientes para agarrar el aguardiente y beberselo en dos tragos. Fue como una pequeña bomba, eso sí, calorífera, para su estómago vacío. Los escalofríos cedieron, dando paso a un embotamiento de cabeza, que consiguió desatar un poco su lengua. El vecino seguía contando insulsas historias  sobre inquilinos incómodos  y los tomates que le robaba el maldito hijo de la Pepa. Ella escuchaba, pero esta vez, comenzó a participar en la conversación. Contó cómo su vaca, la Marcelina, había montado a la cabra del vecino, dejándola tan débil, que jamás volvió a dar una gota de leche. Por más que intentó subsanar los desvaríos de la libertina Marcelina, regalando a diario una gran jarra de leche recién ordeñada al airado vecino, éste la derramaba en sus narices sobre su hermoso rosal, en un gesto de profundo desprecio, hasta que consiguió secarlo por completo. La Ino era espontánea, aunque no graciosa. Cada cinco palabras que utilizó en su historia, dos eran tacos, invectivas contra el vecino, que le hacían subir cada vez más el tono de voz, poniéndola furiosa. Y ésto, más que la historia en sí, fue lo que hízo que todos comenzaran a reir, al principio comedida, pero luego desaforadamente. Entró en la sala el dolido padre de la víctima, bolsas en los enrojecidos ojos, mirada ausente, cuerpo flaco y desvalido. Las risas dieron paso a un silencio sepulcral. Le ofrecieron un asiento, aunque nadie se atrevía a pronunciar palabra, sus gargantas permanecían aún ahogadas por la risa reprimida.
No tardó en llegar de nuevo la encargada de la intendencia, que, esta vez, ofreció aguardiente a todos los presentes, repitiendo,¡cómo no!, el consabido refran. La Ino volvió a coger el vaso y repitió la operación anterior. Dos tragos y vaso vacío.  Lo cierto es que su cuerpo había entrado en calor, pero su cabeza estaba tan aturdida, que necesitaba con urgencia dejarla reposar donde fuera. Puesto que las tres salas grandes ya estaban a rebosar de gente, decidió meterse en una salita vacía, colindante con la sala en la que reposaba el cuerpo del difunto. Allí, dispuso un cojín en el brazo del diminuto sofá y se echó sobre él.  La cabeza le daba vueltas. No sabemos cuántas le dió hasta conseguir dejarla dormida.
    La despertaron unas ganas irresistibles de ir al servicio, y aún dormitando, caminó a tientas hacia el otro extremo de la casa. Todo estaba en silencio. Seguramente la gente habría decidido descansar un rato, fué la única ráfaga de pensamiento que penetró su mente antes de volver a acostarse y sumirse en un profundo sueño. Durmió, durmió plácidamente muchas horas.  La despertó el ruido de una llave abriéndo la puerta de la casa. Abrió los ojos y esta vez sí que estaba despierta, despierta, asustada, avergonzada.......¡Buenos días!, le susurró la vecina. Se incorporó de la cama de un salto. No púdo decir palabra. El entierro había concluído y ella había aprovechado la oportunidad de dormir en la mullida cama del difunto.
¡Cosas de la Ino!

                                                 Checha, 30 de enero de 2012