martes, 10 de enero de 2012

DE SALI A LEO, CUESTIÓN DE IDENTIDAD


DE SALI A LEO, CUESTIÓN DE IDENTIDAD
Terminó convenciéndonos , tendríamos una mascota. Eso sí, pequeña, independiente, silenciosa,...fácilmente adaptable al suelo urbano donde viviría. Buscaríamos un gatito que colmara los deseos de mi hija.
   En la nave de un viejo molino había nacido una camada de gatos hacía un par de semanas. Cegados de ingenuidad llegamos dispuestos a atrapar a uno. En el rincón más oscuro, en el hueco originado por unas maderas caidas, encontramos siete bolitas negras, arrebujadas entre sí, que dormían plácidamente. Nos acercamos con sigilo, pero al oler nuestra presencia a casi un metro de distancia, salieron corriendo en todas direcciones maullando a pleno pulmón. Nuestra prima veterinaria intentó atrapar por el rabo a dos rezagados, que, aún acabados de nacer, mostraron su natural instinto de supervivencia defendiéndose con uñas y dientes, propinándole varios arañazos antes de escapar sin dejar rastro.
   La frustración dejó paso al viejo consuelo de las uvas verdes: ¡son salvajes!, suspiramos en falso tono de alivio.
   Por no sé qué razones del destino, aquella misma noche, perdida ya toda esperanza, apareció mi hija radiante de alegría, acariciando tiernamente a un gatito que llevaba en su regazo. Era una miniatura color canela, deseosa de cariño, pues se dejaba mansamente acariciar por las dulces manos infantiles. Lo había encontrado en la plaza del pueblo, solo; probablemente acababa de ser abandonado, pues parecía deseoso de encontrar manos humanas que lo consolaran, abrazaran y envolvieran.
Miré a mi hija y comprendí que el gato ya era nuestro, sin réplicas.
Tras ofrecerle un cuenco con leche, que bebió con gran avidez, le preparamos una caja con arena para educarlo a hacer sus necesidades allí. No hízo falta. Confirmamos entonces nuestra teoría del abandono, ¡era doméstico!. Ahora urgía ponerle un nombre para poder dirigirnos a él. Desconocíamos su sexo, pero el primer nombre que nos víno a la mente fue el de “pichichi”, ¡cómo nos divertimos viéndolo correr y empujar incansablemente un trocito de tubería de plástico que encontró por el suelo de la cámara!. Fue durante mucho tiempo su juguete preferido. Sin embargo, el nombre de Pichichi, tan sólo duró doce horas, momento en que nos sugirieron que se trataba de una gatita.
Así nació Sali, un apelativo sin alusiones, como la mayoría de nombres propios, cuyo único significado consistía en afirmar la femineidad de su poseedor. El nombre sonó bien a los niños y tenía la ventaja de ser corto.
  Me dí entonces cuenta de que la inminencia de poner un nombre no es más que la necesidad humana de identificar algo como único e irrepetible, de introducirlo dentro de unas coordenadas que nos permiten conocerlo y distinguirlo de un gato cualquiera, atribuyéndole un conjunto de rasgos más o menos complejos.
   El Génesis afirma que lo primero fue el Verbo, y es cierto que todo adquiere su existencia, o digamos, una existencia más real, más humana, en la medida en que es materializado por el lenguaje, que lo convierte en un ser distinto, con nombre propio y artículo determinado. Entrar en el lenguaje sería algo así como adquirir un contorno específico, dejar atrás lo salvaje e introducirse en un hogar.
   Sali, identificaba pues a esa gatita mansa, dulce y cariñosa, que atendía a la llamada de la comida, la bebida o el juego, aunque jamás al nombre que le habíamos impuesto. Quizás no le gustara, ¡quién sabe!.
  Disfrutaba jugando al escondite mientras yo hacía las camas. Se introducía sigilosamente por debajo y, cuando veía aparecer alguna de mis piernas, se abalanzaba sobre ellas, dándome buenos sustos.
   Atendiendo a su carácter femenino fué tratada con delicadeza, no la instábamos a cazar o a dar saltos bruscos, antes bien, le supusimos capacidad de comprensión y pretendíamos explicarle con paciencia lo que debía o no hacer,  a veces incluso obedecía. Siento tener que confesar estas diferencias machistas, que sin embargo he procurado obviar en la educación de mis hijos.
La mimábamos. Elegía las mejores sillas y sofás para descansar, que le cedíamos gustosamente. ¡Parecía toda una reina!.
   Fue a finales de aquel verano cuando mi incultura felina me llevó a sospechar que Sali probablemente padecía de hemorroides. Mi hija me llamó la atención sobre un bultito que crecía en su trasero, y yo, quitándole importancia, sugerí que podría tratarse de la inflamación de alguna venita.
   Aquel bultito se convirtió en bulto, y a mi pobre hija le costaba un gran acto de fé conformarse con mi burda explicación.
¡Es un gato, ¿no le veis los cojoncillos?!- aseveró espontáneamente una amiga experta en gatos.
   Pese a toda evidencia, pese a la gran sospecha que nos había infundido, no acertábamos a creer su dictámen. ¿Cómo cambiar ahora el sexo de la criatura?, ¿quién sería ahora Sali?.
Nuestras mentes se resistían a cambiar su identidad a ese ser querido y conocido que pasaría a ser otro, obligándonos a re-conocerlo, re-descubrirlo.
No pasó mucho tiempo, cuando Sali, atareada en sus labores de aseo personal, chupeteando todo su cuerpo, incluido el abultado bultito, sacó un apéndice rosáceo y puntiagudo de apenas dos centímetros que se erigía en la parte anterior de la supuesta hemorroide.
¡Acababa de despejar todas las dudas!. ¡Qué extraña sensación!, ¡era desconcertante!. Lo aparentemente sencillo de cambiar un nombre por otro resultaba harto complicado. Pasados tres, incluso cuatro meses, aún no nos habíamos habituado a llamar Leo a nuestra Sali. Y es que no era una simple cuestión de nomenclatura, no. Había que llegar a verlo y conceptuarlo como Leo para poder llamarlo así.
   Jamás había entendido con tanta claridad la diferencia entre nombre común y propio, porque un nombre con mayúsculas es mucho más que un nombre.
   No hace mucho Leo sufrió una caida y se fracturó la tibia. Húbo quien pretendió invertir el dinero de su operación en la adquisición de un gato nuevo, bueno, sin posibles cojeras. Un gato con pedigrí.
Creo que no lo entendía. No se daba cuenta de que no queríamos un gato, queríamos a nuestro Gato, a Leo, que aún siendo común era Propio, no podía ser suplantado por ningún otro porque ya poseía el mejor de los pedigrís: ser él, ser nuestro.
         Checha, 10 de enero de 2012