miércoles, 16 de diciembre de 2015

LOS CALCETINES VIEJOS

LOS CALCETINES VIEJOS


Hacía un frío de mil demonios en aquella nave helada donde podíamos expansionarnos y fumar.
Me había arrinconado bajo el único ventanal por donde asomaba un tímido rayo de sol. Todo mi cuerpo tiritaba, mis labios, ¡hasta mis huesos!. Los calcetines finos, de señorita, que cubrían mis pies, no lograban entibiar las gélidas plantas, que en vano frotaba y presionaba, intentando licuar el hilillo de sangre que las mantenía vivas.
Cabizbaja, aterida, no acertaba a pensar en otra cosa que en el frío. ¡Maldito lugar inhóspito!.
- Tienes frío, ¿verdad?.
- ¡Uau, Paco, qué susto!. ¡Estoy helada!.
- Espera, ahora vuelvo.
Paco “el quinquillero”,que así se hacía llamar por su procedencia medio paya medio gitana, se alejó con ese aire enérgico y gracioso que lo caracterizaba.
No tardó en llegar. Llevaba en las manos unos de esos calcetines a cuadros azul marino y rojo que llevan los guiris.
- Están limpios, ¿sabes?, ¡me los acaban de lavar!.
-Seguro, Paco,- contesté- pero no puedo aceptarlos. Y tú, ¿qué?.
-Yo tengo muchos- saltó-, ¡ya verás cómo abrigan!.
Sin pensarlo dos veces cogí los calcetines, le dí mil veces la gracias y me los puse.
- ¿Ves?. Ya está – me díjo.
Me quedé mirando aquellos ojos oscuros y bailarines, que vibraban a la par que su cuerpo, de puro nervio.
- Es de las pocas cosas que tienes, ¿no es cierto?
- Sí, pero ¡para lo que se necesita aquí!- respondió.
Paco “el quinquillero”vivía, vive en la calle, entre cartones. Vive de lo que saca como gorrilla de aquí y de allá.
Yo guardo su regalo. Son los calcetines que más me calientan y el mejor regalo que me han hecho jamás.
Siempre que los uso me asalta el mismo pensamiento: alguien que no tenía nada me los dio. Y ese nada fue todo, todo lo que necesitaba.


                           Checha, 16 de diciembre de 2015