viernes, 3 de octubre de 2014

PANTERA NEGRA

PANTERA NEGRA



Os transcribo aquí un extracto del capítulo cuarto del inedito libro de un amigo aficionado a la escritura, que tuvo a bien solicitar mi opinión sobre su escrito. He de decir, que aún desconociendo la trama completa de su proyectado libro, me ha resultado interesante, y, no queriendo ser la única (no soy escritora y carezco de criterios que vayan más allá de mis escasos conocimientos lingüísticos y el placer obtenido en la lectura), y, por supuesto, con todos los permisos del autor, le ofrecí el mejor medio que poseo para obtener opiniones, si los lectores se ofrecen a darlas, ¡claro!. Sé de sobra que mi blog, que se concibió como interactivo, no cuenta con apenas comentarios, esto es, interacción. Tampoco es importante, pues escribir es más una necesidad personal de expresar sin más, o de compartir determinadas opiniones, que obtener el beneplácito o desaprobación de un conjunto de lectores.
No obstante, puedo comprender perfectamente la “necesidad” de mi amigo de saber si realmente es capaz de llegar a alguien, que pudiera hacerle una crítica constructiva de su escrito y, en su caso, darle ánimos para continuar con su esfuerzo de acabar una obra, que también supondrá un desembolso económico. Espero que no sea ese el detonante para seguir escribiendo o dejar de hacerlo, ya que si fuera el caso, carecería de “la otra sensibilidad”, la que impulsa a cualquiera a realizar el arduo e infructuoso intento de plasmar conceptos y sentimientos mediante un instrumento tan limitado como son las palabras. Aún siendo así, es nuestro medio, el que tenemos, y hemos de hacer uso de él, siempre que nuestro cerebro impulse a nuestras manos a coger pluma y papel.
Sin más preámbulos os dejo con su texto:





Bajo la única silla a la que el sol había concedido su calor con un tímido rayo en aquel inhóspito y gélido patio, único lugar de expansión y recreo de aquel insufrible cuartel para de-mentes (interprétese como se quiera), Sofía, recogidos sus lacios y largos cabellos trigueños en una suerte de moño irregular, sin otra sujeción que sus propios mechones (gomas, horquillas, hilos, cinturones,... estaban terminantemente prohibidos para algunos inquilinos, bien por miedo a la autolesión o a la ajena), la vi absorta en la escritura, una hoja de papel en mano y un bolígrafo bic (supuse que sería un amable préstamo de los veteranos, aquellos por cuyas prerrogativas nadie preguntaba, ya por miedo a una abrupta respuesta insultante, ya por conciencia, puro “sentido común” puesto en duda por sus carceleros, de que obtendría una preciosa patraña como respuesta). No obstante, lo del bolígrafo era bastante extraño. La potencial peligrosidad del instrumento para atacar, agredir a sus compañeros, hacía que muy pocos tuvieran derecho a su posesión y uso, pese a la abundancia de cámaras, controles y personal de vigilancia. Pensé en lo absurdo que era todo aquello. Nos obligaban a leer una lista de normas de obligado cumplimiento para todos, que muchos incumplían sistemáticamente sin ser castigados por ello. En ningún lugar de la hoja de instrucciones especificaba que hubiera jerarquía alguna entre los apresados: categoría a,b,c,d,.., y sin embargo, era un hecho que unos obtenían sin dificultades lo que otros jamás hubieran podido obtener. Cosas del régimen militar, supongo. Lo cierto es que me alegré por Sofía, en la que jamás había percibido atisbo alguno de agresividad, aunque bien es verdad que todos desconocíamos las “verdaderas”dolencias de nuestros compañeros, tan sólo la versión de las mismas que algunos nos confidenciaban.... En realidad daba igual. ¿No hubiera sido también una versión lo que hubiéramos obtenido de las doctas autoridades?. No sentí envidia por carecer del privilegio de “uso de bolígrafo”, es más, ni siquiera me había atrevido a solicitarlo, pues estaba convencido de que se hubiera convertido en un adorno más de mi mesilla, junto al par de libros y algún papel en blanco. Un bolígrafo en mis manos, en aquellas circunstancias, escudriñada cada palabra y letra, interpretada por mil ojos tras las cámaras, hubiera transformado las palabras en gusarapos, serpientes, culebras, bichos..Ante una cámara invasora de intimidad, no habría podido más que escribir un libro en blanco. Por otra parte, mi mente estaba tan ocupada en el dolor de lo inexplicable, que su única misión era grabar a hierro y fuego el absurdo de todo, todo lo que vivía, la injusticia sin par que era tormento segundo a segundo, segundo que se hacía hora, hora que se hacía eternidad. Incluso consolándose en consolar a los demás, su vivencia era un esperpento conceptual.
Envuelto en mi batín a cuadros, cerrado por nudos inadecuados (al cuello, a la cintura, donde podía), ¡un cinturón de tela podría degollar a cualquiera!, ese batín incapaz de aliviar un ápice el hielo que recorría mis huesos, no quise perturbar a Sofía, me quedé en la sombra, cerca de la puerta, observándola, evitando interrumpir esa ilusión de intimidad . Ilusión falsa, pero capaz de proporcionar alegría, expansión a ese rostro triste, cabizbajo y amargado.
Fue el grandazo y, tal como nos avisaron, peligrosísimo Andrés, quizás uno de los seres más espontáneos, graciosos y sensibles que jamás haya conocido, el que, sin pensarlo dos veces cruzó el gran patio y osó transgredir la gran norma: no tocar ni ser tocado por nadie, con su correspondiente subnorma verbal( ¡jamás tocar a Andrés ni dejar que os toque!), posando su enorme mano sobre el hombro de Sofía.
Esta curiosa e inhumana prohibición era naturalmente obviada por los privilegiados veteranos, aunque algunos de nosotros, por puro impulso, también nos la saltábamos a la torera, apretando el hombro, las manos e incluso abrazando a aquellos seres tristes, que muy a menudo precisaban sentir el calor que da el cariño, la complicidad. Nuestro riesgo era el castigo: comer en la habitación, no participar en la cena, ser encerrado, atado, aumento de la estancia en prisión,...., pero poco nos importaba lo que nos ocurriera, no sería más que un absurdo soldado al anterior.
Las manos de Andrés eran una especie de grandes palas, que podrían incluso deformar los hierros aprisionantes de aquel patio, a modo de King-Kong, o levantar en peso y lanzar a la otra esquina a cualquiera de nosotros. Muchos le huían. A mí me habían prevenido, la primera vez que lo saludé, sus manos me atizaron tal apretón que estuve condolida durante tres días. Sin embargo no me transmitieron miedo sino fuerza. Casi se lo agradecí.
Era como un gran niño, más listo de lo que aparentaba y menos loco de lo que decían . No se andó con chiquitas. Se acercó a la solitaria Sofía, siguiendo los impulsos de un corazón que sobrepasaba su complexión corporal,e intentó hacerla sonreir con las consabidas palabras que producían hilaridad general tal y como las pronunciaba, a gritos y con una potencia vocal que hubiera sido la ambición del propio Hitler: “Arbeit macht frei”- dijo, rió, intentó que Sofía alzara su cabeza para arrancarle una sonrisa. Pero Sofía no estaba, no oía, no veía, tan solo escribía como una autómata, sin saber que alguien la espiaba, sin saber que, además de las cámaras, alguien, de pie junto a ella, estaba grabando en su cabeza las palabras emergentes de su bolígrafo.
No sé cómo pudo hacerlo Andrés, no sé cómo pudo grabar expresiones que jamás podrían salir de su boca, pero lo hizo. Lo hizo y yo lo copié. No creo haberme equivocado en mucho:

Humilde pero estertórea súplica
¡Ayudadme, os lo ruego, ayudadme a no ayudarme cuando no os pida ayuda. Sé pedir, sé pedir exactamente lo que necesito. Las manos tendidas a las necesidades que se supone tienes, son manos que aprietan tu cuello, telemática o físicamente, son manos que ahogan tu existencia, manos de poder anónimo, manos conversoras de actos cotidianos en retos para cumplir expectativas ajenas, manos, cuya pretensión no es el consuelo, sino que encumbrados eruditos afiancen fantasmagóricas teorías por las que alcanzarán más gloria. Manos que infectan cada uno de mis actos de inseguridad e incertidumbre ante lo más simple, que me impulsan a cometer errores por husmeo ajeno. Manos que han etiquetado mi vida, basándose en falsas tesis, que pasarán a ser tesis doctorales, que ayudarán a subir escalafones sociales, que darán gran gloria académica a cambio de convertir a un humilde ser humano en cobaya de laboratorio, de hacer de su vida un circo, de investigar un alma que está más allá de toda investigación. Serán loadas local, internacionalmente. ¡Gloria a los trepas!.
El triste envés de la humillada hoja es la aniquilación de una vida, la muerte torturante de un ser que nació para vivir “libre”, como los demás.
Jamás leeré sus doctas teorías, ¡jamás!. Su fama, su gloria, será producto de roer los huesos de una vida moribunda.
Tampoco hablaré de intenciones buenas o malas, no juzgaré sus falsos juicios, no etiquetaré sus asquerosas etiquetas que ya no saben dónde colocar, pero han de hacerlo, por el sistema, por sí mismos.
Glorificará el mundo el más cruel de los asesinatos, la tortura implacable, el sadismo de convertir a un humano en objeto experimental.
¡Sed felices con vuestra pompa!, ¡que os de mucho dinero y reconocimiento!. Inútil apelar a vuestra inexistente conciencia. Inútil apelar a la justicia que os ampara.
Me ha tocado, me ha tocado ser rata de laboratorio, como a tantos animales indefensos, torturados para favorecer a engañosas empresas farmaceúticas.
Me ha tocado vivir las rejas de la libertad, minuto a minuto, segundo a segundo.
¡Seguid malditos, seguid!.No permitiré que transportéis mis cenizas . Os llamarán sagaces, inteligentes, astutos, listos, descubridores....cuando no habéis hecho más que destrozar a un ser que desea la paz.
No será mi dedo el que os acuse.
Quizás sea la piadosa e implacable naturaleza, la vida sabor agridulce, la que destruya vuestros aureos pedestales. Entretanto disfrutad, ganad. Yo ya he perdido demasiado, y sé, bien que sé, que a mayor subida, mayor caída, o mayor profundidad de mi amargura.
La justicia no ha de preocuparos. Estáis aforados”

Aquí termina el texto que me entregó mi amigo. Espero que tenga fuerzas y ánimo para continuar.


Checha, 2 de octubre de 2014