jueves, 8 de mayo de 2014

MUSAS EN LAS LETRINAS

MUSAS EN LAS LETRINAS


Olvidó Epicuro reseñar entre los grandes placeres, quizás por su obviedad, el gran placer de evacuar, de vaciar nuestro cuerpo de “menores” y “mayores”. Esfínteres apenas controlables, vejiga a punto de estallar, intestino rellenito y conducto anal retorcido a conciencia para mitigar los intensos empujones de las tripas y su contenido. Ambos síntomas inequívocos de que se ha de visitar la letrina con premura.
Vengo a traer este “soez” y “cuasi escatológico” tema tabú, sin intención alguna de recrearme en causas y efectos (cada cual imagine a placer lo que más le convenga y ría un rato de sus obras artísticas, siempre contempladas por el autor, y en ocasiones, desgraciadamente, por algún visitante posterior y quién sabe si póstumo, víctima del despiste o mala intención de su predecesor, obligado a contemplar “arte ajeno” y respirar las pestilencias que le son propias, sin preparación previa, sin haber leído el catálogo o conocido la trayectoria del autor, ayudas bastante eficaces en cualquier caso. Haré excepción, por supuesto, de aquellas obras que se empeñan en perseverar, a rebelarse a su efímera existencia, embarazosas para el afrentado autor que, tras varios fallidos intentos, se niega a introducir la mano y hacer desaparecer al indestructible “Titanic”).
Mi gran interrogante, no es el de este último caso, ni el de los honorables placeres de la intimidad de la letrina, en caso de poca concurrencia y ausencia de pestillos (¡únicos garantes de intimidad en el seno del hogar!).
La cuestión no es el antes y el después, sino el interín. ¿Qué ocurre en la letrina?.
Siempre me acechó la curiosidad de saber qué haría un animal humano, como yo, encerrado en el baño, sin más tarea que hacer “menores” (unos cinco minutos con lavado de manos incluido) o “mayores”(de no haber estreñimiento unos diez es suficiente para llevar a cabo la tarea con el merecido escrúpulo).
Sin embargo, lo que en teoría parece obvio y normal, en la práctica implica una disfunción que afecta al orden público y privado. Todos hemos desesperado frente a la puerta de un aseo público (“cagándonos” en el retrasado  que no abre una maldita puerta), viendo salir a un individuo enrojecido (¡ya le vale!), al que miramos con iracundos ojos con la esperanza de verlo enrojecer con más intensidad, esta vez de vergüenza. En el ámbito privado, ¿quién no se ha visto en la necesidad de aporrear la puerta del baño, exhalando un grito desesperado de ¡saaaal!, mano en tripa, retorcido de estertóreo dolor, doblado, y , finalmente, ya sin fuerzas, suplicando que se tenga la amabilidad de abrir la dichosa puerta (la puerta de un aseo siempre es dichosa, y dichoso el que la encuentra abierta en una vivienda que cuenta habitualmente con uno o dos cuartos de baño. ¡Solo en estos casos desearía uno pertenecer a la realeza!).
Estos hechos ocurren ¡hasta en las mejores familias!, pero mi duda, mi terrible e insoluble duda es: ¿qué atracción puede tener ese agujero de incómoda taza, esa habitación sin vistas, esos azulejos blancos o ennegrecidos, ese olor a tuberías y humedad malsana?.
Tras bastantes años de experiencia en estos lares y sus correspondientes constataciones empíricas, he inducido una hipótesis que podría tener ciertos visos de verdad.
Las musas, no encontrando posibilidad de acercamiento en esta ajetreada sociedad, se acercan a estos  tardones de vida estresante , y, aprovechando la intimidad del momento, les hablan, siempre y cuando no hayan sido ellos mismos los que hayan vedado tal encuentro, pertrechándose de libros, periódicos, revistas,..
Sin más preámbulos, lo que aquí nos interesa son los resultados de esa inspiración, que atentando cualquier orden, da sus jocosos frutos desde tiempos inmemoriales.


Ya en época de los romanos se hicieron famosos los epigramas resultantes de la estancia en los baños públicos, entre los que han destacado los famosos  y obscenos versos dedicados a Príapo, denominados “priapeos”, de los que os dejo una pequeña muestra significativa (1).
Y puesto que nuestra civilización sigue mamando de la loba capitolina, y, por más que nos pese, somos herederos de los violentos juegos circenses y seguimos disfrutando con el dedo descendente del augusto César, no nos ha de extrañar que hayan quedado “residuos” de ese gran imperio en nuestra cultura, que también deseamos inmortalizar para generaciones venideras.
Cierto es que no andarán las musas tras los groseros graffitis como “fóllame” o “aquí estuvo Juanita cagando largo y ex-tendido”. No obstante son dignos de atención otros graciosos “poemillas” que, dado su derroche de ingenio, son capaces de atenuar, incluso perdonar a esos culpables tardones-cagones. Valgan como ejemplo los que os muestro a continuación:


Los epigramas

Los epigramas están dentro de la literatura desde casi su origen. Algunos dicen que comenzaron en la Grecia clásica y en griego quiere decir: sobreescribir. Son frases breves, poéticas, que expresan algo ingenioso, profundo, humorístico. No hay demasiada diferencia con los epitafios que son epigramas escritos sobre la tumbas y se confunden mucho con los aforismos, los proverbios, las greguerías, las sentencias. Todas estas expresiones se dan dentro de la escritura.
También están los grafitti, frases ingeniosas escritas en las paredes, en los baños públicos, etc. preferentemente de autor anónimo.
Escritores como Calícamo, Catulo, Marcial, Goethe, Baroja, Cela, Gil de Biedma, Swift, Oscar Wilde, escribieron estos epigramas. Los de Goethe, llamado "Epigramas venecianos" son célebres. Wilde utilizó mucho de este género, incluso dentro de sus obras de teatro. A Voltaire le encantaban. Ramón Gómez de la Serna, un escritor español exiliado entre nosotros, los llamaba "Greguerías" y escribió infinidad de ellos.
Veamos algunos de estos exponentes del ingenio humano.
Epitafios: "espero que Cristo cumpla su palabra" (Miguel Delibes). "Si quieres los mayores elogios, moríos" (Enrique Jardiel Poncela). "Si no viví más, es porque no me dio tiempo" (Marqués de Sade). "Aquí yace Moliere, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad lo hace bien" (Moliere).
Un epigrama de Juan de Iriarte: "el señor don Juan de Robres, con caridad sin igual, hizo hacer este hospital y también hizo los pobres".
"La televisión no idiotiza a la gente, sólo la confirma". "Todos morimos, ricos y pobres: pero los pobres ensayamos más". "Cuando hay elecciones, los militares sudamericanos guardan un minuto de silencio". (Eduardo Mazo).
Hay refranes como "Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente" o "La abundancia da arrogancia". Oscar Wilde fue un portento en frases ingeniosas: "el hombre quiere ser el primer amor de la mujer; la mujer el último amor del hombre". O este diálogo en "La importancia de llamarse Ernesto" entre dos damas de la alta sociedad: una le dice a la otra: "tu hijo es un canalla" y la otra responde: "!Imposible! Estudió en Oxford".
Dijo Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías: "Intenté suicidarme y casi me mato".
Epitafio que le atribuyen a Groucho Marx: "Perdonen que no me levante".
Y por último, un grafitti escrito sobre una pared en la calle Salta: "dicen que llueve pero yo creo que nos están meando".


(ROBERTO DIAZ
(Escritor, poeta, periodista, traductor de habla inglesa, autor de canciones, con premios nacionales e internacionales. En el 2007, fue reconocido como "PERSONALIDAD DESTACADA DE LA CULTURA DE LA CIUDAD AUTONOMA DE BUENOS AIRES" por la Legislatura porteña).




Os ruego que disculpéis a mi musa, que hoy ha tenido a bien adentrarme en temáticas poco divinas y demasiado humanas.


(1)
PRIAPEOS


SELECCIÓN DE EPIGRAMAS PRIAPEOS




Te lamentas, Cornelio, de que escribo unos versos poco serios y que no puede comentar el maestro en la escuela. Pero estos libritos, como los maridos a sus mujeres, no pueden deleitar si están capados. ¿Qué, si me mandas que entone un epitalamio sin las palabras del epitalamio? ¿Quién pone vestidos a los juegos Florales o permite a las meretrices el pudor de la estola? Tal es la norma que se les ha dado a los versos jocosos: que no pueden agradar si no son picantes. Por ello, abandonada tu severidad, te ruego que tengas consideración con mis retozos y juegos y no te empeñes en castrar mis libritos. No hay cosa más torpe que un Príapo capón.




Versus scribere me parum seueros
Nec quos praelegat in schola magister,
Corneli, quereris: sed hi libelli,
Tamquam coniugibus suis mariti,
Non possunt sine mentula placere.
Quid si me iubeas talassionem
Verbis dicere non talassionis?
Quis Floralia uestit et stolatum
Permittit meretricibus pudorem?
Lex haec carminibus data est iocosis,
Ne possint, nisi pruriant, iuuare.
Quare deposita seueritate
Parcas lusibus et iocis rogamus,
Nec castrare uelis meos libellos.
Gallo turpius est nihil Priapo.




Duermes con jóvenes que la tienen como Príapo, y a ti no se te empina, Febo, lo que se les empina a ellos. Por favor, Febo, ¿qué quieres que yo me imagine? Me inclinaría a pensar que eres un afeminado; pero los rumores dicen que no eres maricón.




Dormis cum pueris mutuniatis,
Et non stat tibi, Galle, quod stat illis.
Quid uis me, rogo, Phoebe, suspicari?
Mollem credere te uirum uolebam,
Sed rumor negat esse te cinaedum.




No he sido labrado a golpes de doladera de un frágil olmo ni la columna que está empinada con su vena rígida es de una madera cualquiera, sino que ha sido hecha de incorruptible ciprés, que no teme ni los siglos cumplidos a cientos ni la quera de una prolongada ancianidad. A ésta tú, quienquiera que seas, malvado, témela, porque si, con mano rapaz, dañas aún el más mínimo racimo de estas cepas, te nacerá, por más que pretendas negarlo, una higuera del ciprés que se te injerte.




Non sum de fragili dolatus ulmo,
Nec quae stat rigida supina uena,
De ligno mihi quolibet columna est,
Sed uiua generata de cupressu:
Quae nec saecula centiens peracta
Nec longae cariem timet senectae.
Hanc tu, quisquis es, o malus, timeto.
Nam si uel minimos manu rapaci
Hoc de palmite laeseris racemos,
Nascetur, licet hoc uelis negare,
Inserta tibi ficus a cupressu.




Ladrón de rapacidad muy conocida, un Cilicio quería saquear un huerto; pero en el huerto inmenso no había, Fabulo, nada más que un Príapo de mármol. Al no querer volverse con las manos vacías, el Cilicio se llevó al mismísimo Príapo.




Fur notae nimium rapacitatis
Conpilare Cilix uolebat hortum,
Ingenti sed erat, Fabulle, in horto
Praeter marmoreum nihil Priapum.
Dum non uult uacua manu redire,
Ipsum subripuit Cilix Priapum.




No me fabricó un rudo colono con su rústica hoz; estás viendo la obra acabada de un intendente. Pues, siendo el agricultor más rico del campo Ceretano, Hílaro es dueño de estos collados y de estas fértiles sierras. Mira cómo con mis rasgos bien definidos no parezco de madera y cómo llevo unas armas inguinales no consagradas al fuego, sino que se me endereza un falo de ciprés imperecedero, que nunca morirá, digno de la mano de Fidias. Vecinos, os lo advierto, venerad al santo Príapo y respetad sus catorce yugadas.




Non rudis indocta fecit me falce colonus:
Dispensatoris nobile cernis opus.
Nam Caeretani cultor ditissimus agri
Hos Hilarus colles et iuga laeta tenet.
Aspice, quam certo uidear non ligneus ore
Nec deuota focis inguinis arma geram,
Sed mihi perpetua numquam moritura cupresso
Phidiaca rigeat mentula digna manu.
Vicini, moneo, sanctum celebrate Priapum
Et bis septenis parcite iugeribus.




Príapo, guardián no de un huerto ni de una viña lozana, sino de un bosque poco espeso, del que has nacido tú y puedes volver a nacer, las manos rapaces, te lo advierto, recházalas y reserva la leña para el hogar de su dueño; como ésta falte, hasta tú mismo eres leña.




Non horti neque palmitis beati,
Sed rari nemoris, Priape, custos,
Ex quo natus es et potes renasci,
Furaces, moneo, manus repellas
Et siluam domini focis reserues:
Si defecerit haec, et ipse lignum es.




Nos miras fijamente, Filomuso, cuando nos bañamos, y luego preguntas que por qué tengo unos esclavos imberbes que la tienen como Príapo. Contestaré sin rodeos a tu pregunta: Les dan por culo a los curiosos, Filomuso.




Spectas nos, Philomuse, cum lauamur,
Et quare mihi tam mutuniati
Sint leues pueri, subinde quaeris.
Dicam simpliciter tibi roganti:
Pedicant, Philomuse, curiosos




Nata llama minina a la de su amante; comparado con él, Príapo está capado.




Drauci Natta sui uocat pipinnam,
Collatus cuï Gallus est Priapus.




Si quieres quedar saciado, puedes comerte a mi Príapo; aunque rosigues sus mismos genitales (*), serás puro.






Si uis esse satur, nostrum potes esse Priapum:
Ipsa licet rodas inguina, purus eris.


(*) José Guillén, que es un exquisito traductor de Los Epigramas, cae, a mi entender, en un eufemismo innecesario al traducir ipsa … inguina por sus mismas partes [entiéndase, partes pudendae, partes pudendas], porque inguina en Latín significa las ingles, lo que hay entre las ingles. Es éste el motivo por el que me ha parecido mejor la traducción por sus mismos genitales, que tampoco suena tan mal en nuestra Lengua.


Checha, 8 de mayo de 2014