domingo, 29 de diciembre de 2013

LA MUERTE DE INOCENCIA


LA MUERTE DE INOCENCIA



He despertado hoy, dia 29 de diciembre con único pensamiento afincado en mi mente, el de la Ino, la de mis historias, que murió precisamente el día de los santos inocentes, cuya onomástica celebramos ayer.
Según me contaron fue diagnosticada de ictus, aunque los que la conocíamos bien, sabíamos a ciencia cierta, que no fue esa, precisamente, la causa de su muerte. La Ino murió de un ataque de ira, de impotencia y aburrimiento.
Diréis que tales diagnósticos no están reflejados en el libro gordo de los grandes doctores, y no carecéis de razón. No obstante, he de deciros, que la mayoría de los causantes de muerte segura no se encuentran en tales libros, y se los considera materia de curanderos y otras raleas. Tan insensato sería quedarnos en la duda metódica cartesiana, desacreditando todo conocimiento procedente de los sentidos, como despreciar el hecho de que, al igual que toda enfermedad es psicosomática, la consecuencia que de ella puede derivar, la muerte, también lo es.
Doña Inocencia Listón Guerrero, así rezaba su nombre completo, murió de causas derivadas de los efectos antes mencionados, a saber, de presión, aislamiento e incomprensión.


Abanderada de la firme creencia en la fuerza de la verdad, que habría de triunfar frente a toda manipulación o farsa, procuró, bien lo sabemos todos, durante su corta vida, ser consecuente con este principio.


No diremos que la Ino no mentía, no existe nadie que no lo haga, pero sus mentiras las dedicaba con todos los honores a los deshonestos, a los fanáticos que pretendían hacer de ella algo que no era:
- “Ino, que no se puede ir siempre de frente!
- “Coño, respondía, ¿te digo yo a tí si tienes que caminar de lado o hacer el pino?.Déjate de pláticas, que con gente como tú  ¡este mundo va a dar una explosión!”.
Eso nos respondía a los que teníamos confianza con ella, porque a los demás, “que les fueran dando”, decía, y no se dignaba a darles una sola explicación.
Yo creo que con toda razón.
Pero, suele ocurrir que a los que tienen razón, e intentan luchar por sus principios, les llueven listillos, de los que tienen que soportar denostados sermones, y eso cansa, cansa, aburre, aburre, va matando lentamente, fuerzas y ganas, ...y así fue como ella explotó. Se desintegró en mil pedazos que saltaron por tierra y por mar. Nadie ha conseguido ninguna reliquia, ni se ha molestado, pues, a mis cortas luces, y creo no equivocarme, la Ino fue asesinada por el mundo, un diagnóstico no legalizado, no penalizado, por no constar en los libros gordos de los guardianes de la ley.


  Cuando cierro los ojos y pienso en ella, en su fuerte carácter, su confianza en los dictámenes de su corazón, siempre la imagino rodeada de chirriantes borregos: “veeeeeeeeé”, y ella callada, callada, más callada, paciente, paciente, más paciente..”ya se cansarán, ¡no voy!”, pensaba. Pero un borrego es un borrego, y no se le puede pedir más que  seguir siéndolo, ¡peores son las hienas!.
Hasta que llegó el día. Sus ojos se encendieron, su mirada se volvió más agria que el vinagre, al tiempo que soltaba un grito iracundo y estertóreo: “dejadme en paaaz, ¡que no voy coño!”. Tras la gran exhalación vino la explosión, y tras ella la muerte, y lo que es aún peor, las dulces e hipócritas lágrimas de esos mansos corderos.
¡Si la Ino hubiera levantado la cabeza!. Seguro que habría cogido un látigo y se habría liado a golpear por activa y por pasiva a esos santos inocentes hasta matarlos, para luego morir del susto.


 Mis ojos han ido abriéndose paulatinamente, acuosos y desolados del horrible pensamiento.
Mientras saboreaba una amarga taza de café, he retrocedido en el tiempo, pensando en aquel maldito rey Herodes, que asesinó a tantos inocentes por culpa de Jesucristo. Malignos culpables los hay, y los hubo: esa venenosa y bífida serpiente que incitó a Eva a morder la manzana del árbol de la ciencia, condenándola a salir de aquel hermoso paraíso.
Pero hay también culpables benignos, como en este caso Jesucristo, que, sin duda, también habría matado a Herodes con espada firme, por no abdicar de sus principios.
Y es que Herodes, el asesino de niños, tenía que morir para que vivieran muchos, muchos sabios inocentes.
Si llegados a este punto, no habéis comprendido bien mi relato, procuraré explicarme mejor.


Esta imagen podría valer por sí sola, pero, la voy a intentar completar.


Enlazando con mi entrada anterior, en la que reflexionaba sobre la infancia y sus malinterpretaciones, hoy me asalta el concepto de inocencia, se impone a mi pensamiento.
A esa inocencia, atribuida, sin excepción al niño , hasta sus dieciseis años, momento en que la ley decide que se le puede aplicar el concepto de culpa (¡habrá que adaptarse a los  horarios, en aras de la buena convivencia!), entre otras acepciones que desconozco, se le aplican dos sentidos fundamentales.
Por una parte, se considera al ser humano inocente, en dos etapas de la vida:
En la infancia, se llama inocente al niño por su falta de “cencia”, perdón, de ciencia (se me ha escapado en panocho), con lo que sus acciones carecen de “dolo”, es inocente per se, ¡tan justo, y tan formal!.
En la edad adulta, los dieciseis añitos (ni antes, ni después), el niño se convierte en culpable, de la noche a la mañana. Ya no le es permitido asesinar física o psicológicamente, porque ha adquirido esa cosa llamada “cencia” (y dale con el panocho!). Será inocente, siempre y cuando se abstenga de realizar las acciones penalizadas por los sabios libros gordos.


Un segundo sentido de inocente es aplicado al ser humano en cualquiera de las etapas de su vida. Me refiero, como imaginaréis a la idiotez, la simpleza,....de ahí las “inocentes bromas” que proliferan en la señalada fecha, que enmarañan todas las acepciones en una única,confundiendo a los inocentes “per natura”, aquellos, cuya genética y experiencias vitales, no han dotado de suficientes tablas como para alzarse al pedestal de los sabios, con los inocentes niños, que son los realmente homenajeados en ese día.


  Y como el mundo, por más que se diga, es cuadrado, aunque la tierra sea redonda, en esa cuadrada prisión encerraron a la Ino, por la sencilla razón de resultar incómoda a los que deseaban vivir falseando.

Yo diría que la Ino tuvo mucha, muchísima paciencia, soportando carros y carretas con ojos espantados.
¿Cómo eran capaces de achacarle la natural desconfianza provocada por la hostilidad?, se preguntaba sin cesar. ¿No sabrán que es lógico que un cornudo, al que le han matado la fe en la vida y en las personas, desconfíe de todos?, ¿no se darán cuenta de que si te quitan el suelo bajo tus pies, no te queda más remedio que saltar de piedra en piedra, cuidando  de no pisar nunca en falso?.


Paradogicamente eran los más desconfiados (esos que andan siempre al acecho, con todo y con todos), los que le impedían caminar por su tierra redonda.


No entendían que su objetivo en la vida no era otro que vivir, que su respeto hacia las vidas ajenas merecía reciprocidad.
¡Esto es lo que la indignaba, lo que la sacaba de sus “casillas”, impulsándola a echar, aunque fuera a patadas, a los mercaderes del templo!.
Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
Murió sola, como moriremos todos, en la más absoluta de las soledades.
Con su muerte, ha muerto también algo dentro de mí. Un gran pedazo de esperanza se ha marchado.


El mundo seguirá cuadrado, mientras yo lloro a la buena de la Ino.

Checha, 29 de diciembre de 2013