domingo, 29 de septiembre de 2013

SUEÑOS NO SOÑADOS

EL CABALLO DE CARTÓN
Antonio Machado

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!
Sábado, 25 de Noviembre de 2006 23:58. tishrei #. poesias y frases



SUEÑO EN TRES PESADILLAS
No estaba Inés aún despierta cuando despertó. En su garganta quemaba aún amargo sabor…
Seguía atormentada al ver a su hijo tragado por el inmenso mar, asfixiado  por los venenosos tentáculos de gigantes medusas. Recibe una llamada al móvil; cuatro de la madrugada. ¡Ábreme!. Sus ojos se agrandan a la vez que sus pupilas.
 Quizás las medusas permanecieran aún en su almohada.


Ahora, sin embargo, no son bichos. Tiene que correr, la persigue y acosa un hombre, harto conocido. No consigue desatarse del hilo que ha enlazado a su tobillo, pero se percata de que su camino está varado. Un grito de dolor la ahoga al verse frente a frente con otro conocido. Esta vez una mujer. Le sonríe picaramente enroscando una blanca soga  entre sus dedos. Dos salidas igualmente repugnantes, hombre o mujer, asco o más asco. Podría correr en círculo, como un compás, dar vueltas y vueltas hasta vomitar. Una inusitada decisión le lleva a dejarse arrastrar por el camino de la humillación, permitir a esa gruesa mano recoger hilo, intentando  justificarse en vano, recordando felices momentos que quizás no fueran más que espejismos de deseo. Lapsos de tiempo compartidos sin compartir, observando aquella noche estrellada, cuando caían estrellas fugaces. Quizás también la suya cayera, sin tanta precipitación, lentamente, desangrándose.  La descarnada visión de la sangre la desmayó, justo a un metro de aquel hombre al que volvía, justo a un paso de la gran sacudida de su cuerpo, exhausto, que la hizo despertar.


No habrían pasado ni diez minutos. Volvió a ese estado de catarsis semidormida, pero relajante. Estaba en su cama, lejos del mar, lejos de aquel hombre, lejos de aquella mujer.
Las cinco y cuarto. No quiere más sueños, acaricia suavemente las sábanas para constatar que no son un nuevo fantasma, o una nueva realidad, ¿quién sabe?.
Apenas sin fuerzas, busca una de sus zapatillas, una de las que había dejado frente a su cama. No importa. ¡Todo desaparece!. Ahí están todavía sus pies. Se abalanza torpemente al cuarto de baño. Apoyándose en las paredes, baja las escaleras, desea tocar sillas, sillones, libros,… pero la mira aquel espejo.
Aquél espejo esperpéntico en el que ve a su madre convexa, preguntándole si ha descansado. ¿Descansar?.¿Habría sido esa continua angustia descansar?. Le responde, aún con lengua viscosa, que ha vivido otras cosas, cosas terribles. La respuesta carece de importancia, pues la pregunta  es sólo excusa para hablar de sus propios sufrimientos, de su insoportable dolor.
No es momento para escuchar dolores, propios o ajenos. Necesita un café. Mientras busca, la siguen acosando, escucha conversaciones elevadas de tono, escucha cómo su madre le reprocha no haberse compadecido de su soledad. Su rostro se humedece en lágrimas no deseadas.
Un café, sólo un café y en soledad.
Resulta ésta ser la única realidad. Ese café en la taza del retrete, inagotable, que  va rellenándose con el agua derramada por sus ojos.

Checha, 29 de septiembre de 2013