viernes, 20 de septiembre de 2013

EL ÚLTIMO CONCIERTO. LA FUGA.

EL ÚLTIMO CONCIERTO. LA FUGA


TRAILERS Y VIDEOS
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BEETHOVEN, CUARTETO PARA CUERDA N.14, OPUS 131
https://www.youtube.com/watch?v=BmyoO3O8Wng

A VUELA PLUMA, CRÍTICA

Crítica: ‘El último concierto’, de Yaron Zilberman: drama humano sostenido por el trabajo de un gran cuarteto actoral Written by Carlos Campanario | 28 August 2013 | .

El último concierto de Yaron Zilberman drama humano sostenido por el trabajo de un gran cuarteto actoral Seth Grossman Yaron Zilberman Philip Seymour Hoffman Mark Ivanir Catherine Keener Christopher Walken Imogen Poots

“…esta cinta, que analiza las relaciones que se perfilan entre los componentes de un prestigioso cuarteto de cuerda neoyorquino, quienes tratan de separar lo personal de lo profesional durante años hasta que las tensiones latentes, los miedos y los rencores estallan cuando ven que el grupo que tanto han sacrificado por mantener íntegro se desmorona sin remedio al diagnosticársele al miembro más viejo y fundador del cuarteto (Christopher Walken) los primeros síntomas del parkinson. Éste decide comunicar al resto su decisión de retirarse tras un último concierto, si la medicación funciona, momento que aprovecha el segundo violín (el siempre estupendo Philip Seymour Hoffman) para proponer alternarse con el primer violín (Mark Ivanir), destapando así las inseguridades de su matrimonio con la violista del cuarteto (Catherine Keener) y su propio complejo de inferioridad. A partir de aquí, la película va en aumento hasta un espléndido último acto que eclosiona en una escena final a ritmo de cuerda y lágrimas, forjada con las excelentes interpretaciones contenidas de los cuatro actores, que sólo con la mirada y con la expresión del rostro son capaces de hacer buen cine.

Tras veinticinco años juntos, el cuarteto de cuerda La Fuga, cuyos miembros han asumido sus diferentes roles (tanto en el grupo como en su esfera personal) a costa de sus propias ambiciones individuales, comienza a desintegrarse. Este ejercicio de estilo se levanta sobre las interpretaciones de cada uno de los miembros del cuarteto, destacando especialmente las actuaciones de Philip Seymour Hoffman, excelente, y del más desconocido Mark Ivanir. El primero interpreta al segundo violinista, quien está casado con la violista del cuarteto (Keener) y carga con un gran sentimiento de frustración y complejo de inferioridad sabiendo que su propia mujer no le reconoce el talento suficiente para ser primer violinista (lo que se traduce en una compleja metáfora que se desarrolla a lo largo de toda la narración, conectando las relaciones puramente profesionales con las personales). Ivanir también está estupendo, construyendo un personaje contenido, introvertido, que a lo largo de su carrera profesional ha decidido sacrificar su propia vida sentimental para dedicarse en cuerpo y alma a la música, obligándose a tener cada instante calculado, medido y planeado. Catherine Keener está más que correcta, y también tenemos a Christopher Walken, quien cambia su habitual registro interpretativo para adoptar un personaje al que nos tiene tan poco acostumbrados como a sí mismo, y eso se le nota, se le ve que, pese a su gran capacidad como actor, no acaba de sentirse del todo cómodo, o suelto, pero eso no importa porque le viene de perlas al personaje, que se ve obligado a cambiar de rol tras veinticinco años acostumbrándose a un tipo de vida, y su rostro cetrino deja reflejar su propia incomodidad.

Esta película está trabajada de forma casi minimalista, cubriendo cada esquina, cada posible grieta, no dejando nada suelto y sin hilar, llena de metáforas y conexiones que envuelven a los personajes, cada uno con su propio universo personal, genialmente interpretados todos ellos, y todo al compás del Opus 131 en Do sostenido menor de Beethoven. Pero no todo son palabras amables: un guión quizás excesivamente serio ralentiza la narración, que insiste en el drama y en, quizás, exagerar algunos puntos, haciéndonos ver casi como tragedias lo que son meras vivencias personales. Demasiado sobria (como le insiste el segundo violinista al primero, carece de toda improvisación y pierde en sentimiento porque mide su trabajo al milímetro, en cada detalle), aunque lo cierto es que el resultado es una bellísima metáfora que, además, se ofrece a mostrarnos con mucho atino cómo es el trabajo diario de los profesionales de la música”.

Lo mejor: Las excelentes interpretaciones (especialmente Philip Seymour Hoffman y Mark Ivanir) dan vida a personajes muy bien escritos y construyen una metáfora bellísima que da sentido a la película, que transcurre a ritmo de la mejor música clásica.

Lo peor: Narración lenta, pesada y entorpecida por la ausencia de acontecimientos o vuelcos de trama, aunque esto no tiene por qué ser algo malo según el momento. Algunas escenas se alargan demasiado, lo cual puede provocar la ilusión de una narración estática.


Veredicto: Muy buena película que se levanta sobre el trabajo de cuatro grandes actores que dan lo mejor de sí para construir una metáfora sobre las relaciones personales y profesionales. Una bocanada de buen cine para no ahogarnos entre tanto blockbuster veraniego.

Director: Yaron Zilberman
Guion: Seth Grossman, Yaron Zilberman
Reparto: Philip Seymour Hoffman, Mark Ivanir, Catherine Keener, Christopher Walken e Imogen Poots.

LA CRÍTICA DE SENSACINE
Disonancias del arte y la vida
Por Mario Santiago

La íntima compenetración entre el arte y la vida podría considerarse como el tema por antonomasia del cine. En el fondo, en su subtexto, todas las películas abordan los intricados nexos que se establecen entre el arte de la imagen y el arte de vivir. Sin embargo, hay films que juegan a poner dicha relación –eminentemente turbulenta– en primer plano. Para conseguirlo, el cine ha tendido a buscar un reflejo en el propio cine o también, de forma habitual, en el teatro. Pensemos en películas tan dispares como ‘Empieza el espectáculo’, ‘Vania en la calle 42’ o ‘Qué ruina de función’: todas analizan el devenir de sus personajes a partir del estudio de su arte. Y eso es justamente lo que se propone ‘El último concierto’ tomando como eje temático el ámbito de la música clásica; más concretamente, el singular universo de los cuartetos de cuerda; y afinando todavía más, la compleja interpretación del Opus 131 en Do sostenido menor de Ludwig van Beethoven.

La pieza en cuestión, conocida como el Cuarteto de cuerda nº14, obliga a sus intérpretes a mantenerse compenetrados durante más de 40 minutos sin pausa alguna. Un tema para virtuosos que se convierte en la perfecta metáfora de la tensa relación que se establece entre los cuatro músicos protagonistas de la película que nos ocupa. Y ahí encontramos el centro neurálgico de ‘El último cuarteto’: las disonancias que van surgiendo en el tema musical, y que deben ser reajustadas sobre la marcha por los intérpretes, hallan su reflejo en las disonancias vitales (relacionales) que emergen entre los protagonistas. Además, hay que tener en cuenta que en el caldero de egos susceptibles que es un cuarteto de cuerda las rencillas surgen por doquier. Unos conflictos que van de la tragedia personal (el luto, la enfermedad) al melodrama sentimental (infidelidades, amores ilícitos) y que conforman un guión al que no le hubiese venido mal alguna disonancia más, algún desequilibrio profundo. Pese a la pirotecnia dramática, en ‘El último cuarteto’ todo parece demasiado controlado, un academicismo o perfeccionismo que sirve al buen hacer de los músicos, pero que cuando hablamos de un relato fílmico suele desembocar en una narración demasiado acartonada y previsible.
Y, sin embargo, la película consigue cobrar vida. Un mérito que recae en unos intérpretes que aportan al conjunto todo tipo de inputs favorables. Está la melancolía interiorizada de Christopher Walken, que se olvida momentáneamente de la deriva autoirónica de su trayectoria y se centra en dar vida a un hombre comprometido con la vida de su arte y con el arte de la vida. Por su parte, Phillip Seymour Hoffman hace lo que mejor sabe hacer: deslumbrar en cada escena y en cada registro. ¿Que toca caminar por la cuerda floja de la emotividad? Ahí está Hoffman para pasearse por el borde del llanto. ¿Que toca mostrarse rencoroso y autoritario? Entonces surge la bestia interior de este actor pletórico. Aunque lo más destacable del film en materia actoral es seguramente la simple y llana presencia de Catherine Keener, una actriz que con el tiempo se ha ido liberando del histrionismo cool que la convirtió en un icono del cine indie. Observar su rostro sereno y lleno de arrugas nos sitúa ante un espejo en el que encontramos retratado el paso del tiempo: encomiable proceso de maduración.
Por último, vale la pena recordar una escena que reúne lo mejor y peor de esta película desigual. La escena en cuestión está protagonizada por Christopher Walken, que se sienta en el comedor de su apartamento a escuchar un vinilo en el que resuena la poderosa voz de su esposa muerta. La mirada perdida de Walken, dominada por la nostalgia, al borde de las lágrimas, se erige en un monumento a la emoción genuina, una puerta abierta a todo un universo de recuerdos invisibles. Pero entonces, Yaron Zilberman, que debuta como director de un film de ficción, decide mostrarnos un contraplano en el que aparece el espectro de la esposa. La magia intangible de una mirada destrozada por un truco narrativo (la aparición fantasmal) que aquí resulta chapucero, una agresiva concesión a la obviedad. Cara y cruz de un film estimable e irregular”.

Las críticas arriba expuestas nos muestran como trasfondo la disensión existente entre arte y vida, el supuesto “sacrificio” personal necesario para cohesionar esta escisión del sujeto entre su ámbito personal, sentimental, social, y el profesional.Si bien es cierto que en ocasiones, sin percibirlo ni desearlo, inhibimos lo mejor de nosotros mismos, nuestras más íntimas pasiones, en aras de la comunidad, de la cohesión social, que nos resulta tan necesaria para la supervivencia en este mundo (somos “zoon politicon”, como diría Aristóteles, y de ahí nuestras múltiples cesiones necesarias para mantener el respeto y equilibrio en el grupo o sociedad, elegida o no), no puede pasarnos desapercibido, que el individuo no puede ni debe reducirse a masa, que una sociedad ya está muerta, nació muerta, en tanto en cuanto se convierte en burbuja indisoluble de roles predeterminados y fijos.

La insatisfacción producida por lo anterior lleva a la “fuga”, al escape necesario del individuo para realizarse como tal.




Especialmente relevante resulta la figura del segundo violín, y no precisamente por el aparente “complejo” de inferioridad que apuntan las críticas que encabezan este escrito, sino antes bien, por tratarse un personaje, cuya insatisfacción radical reside en la prisión de su verdadero yo, profunda creencia en sus capacidades de ir más allá de los límites de la partitura para extenderla al mundo de la pasión, del sentir transmisor de otros mundos, de otras partituras impensables.No es precisamente complejo de inferioridad lo que apunta este personaje, sino rebelión contra la falta de estima impuesta por el grupo, que lo acoge al tiempo que lo aprisiona.
La escena final es, pues, magnífica. Su significado es el triunfo de las alas del individuo, de la creatividad, de la música como arte y no como interpretación. Es el gran baile sin pasos aprendidos, con los ojos cerrados, dejando a los huesos moverse desde la inspiración del sonido.Se impone el segundo violín sin querer imponer nada. Todos cierran las partituras y dejan deslizar sus violines al ritmo del corazón.


No hace mucho, por azar, tuve una breve pero instructiva conversación con un pariente mío. Hablamos de agricultura, de eso que aparenta ser naturaleza, en contraposición a las creaciones humanas, que se han venido a denominar cultura.
Pues bien, este lúcido anciano, me hizo comprender, en pocas palabras cómo naturaleza y cultura están intrínsecamente unidas, cómo hemos despedazado la naturaleza-humana, en dos palabras que deberían ser un concepto indisoluble.

Quizás sea el arte nuestra única vía de salvación para reunificar semejante destrozo.

Pero si os lo cuento todo, os aburriré, y mis relatos pretenden no aburrir a los aburridos.
Así pues, os convoco a continuar en la próxima entrada.


Checha, 20 de septiembre de 2013