jueves, 25 de octubre de 2012

LA INO VA A UN CHINO



LA INO VA A UN CHINO

Ya sé que estais imaginando  a nuestra Ino medio  encajada entre los estantes de uno de esos bazares de insufrible olor a plasticos, a papel, zapatos, horquillas, pinturas, materiales probablemente adulterados, poliamídicos, sintéticos, fétidos,..y unas cuantas esdrújulas más. Y no andais muy equivocados al pensar que le apasiona andar de medio lado por esos sitios de bajos precios y horario indefinido, donde incluso puede encontrar penes de sabor a fresa (¡Ave María Purísima!, se santigua la Ino, pero sigue escudriñando esos objetos tan curiosos, se ríe, porque después de  estar un rato examinando unas bolas chinas, piensa, ¿y para qué coño servirá esto?). Le gusta pasar por estos locales después del trabajo, que estén abiertos (aunque los entendidos digan que van a acabar con todos nuestros mercados),  ¡pues que hagan lo mismo los españoles¡, dice la Ino. A mí me divierte poder comprar tres o cuatro cosas por un euro.
Ino, le regaño, ¡que estamos en crisis!, ¡que hay que ayudar a España!. Su respuesta es contundente, aplastante, irrebatible, y yo procuro arrancarla de su sincera lengua: ¡joder, España, España!.¡España me sube los precios, me sube el IVA y me baja el sueldo!, ¡las teorías pa los ricos!, ¡yo me quedo con los chinos!. No puedo menos que reirme y confesarle que yo también compro allí productos de  ferretería, herramientas de cocina,...¡faltaría más!, pero, ¡hay que procurar.....!. No termino la frase,... ¡que se esfuerce el que pueda!(pienso). Pero, contesta de inmediato: “Procurar, procurar,...¡que el gobierno nos ayude y ayudaremos al gobierno!. Asfixian a los pobres y miman a los ricos. Y encima nos piden que compremos a precio de oro!. ¡A tomar por culo con su bla, bla, bla...”. Me encanta tirar de esa lengua sin pelos, que no calla lo que siente, que expresa su rabia con gestos exagerados, sobre todo cuando habla de política. Y es que la Ino no habrá estudiado, será una inculta en términos académicos, pero es lista, tiene algo de que carecen muchos letrados, quizás lo único que podría salvar el mundo: SENTIDO COMÚN.
-¿Tú sabes la alegría que le doy a mi nieto cuando le compro veinte coches por sesenta céntimos?. Sus ojos se abren de par en par, ¡ya tiene juego para toda la semana!, él no entiende de marcas ni de precios, sólo de ilusiones. Del beso tan fuerte que me dá, se me cae la baba, ¡eso sí que no tiene precio!.
   Estoy convencida de que gente como la Ino arreglaría nuestra economía en un abrir y cerrar de ojos. Pero además envidio a sus nietos. Envidio a los niños que siguen siéndolo, que no han perdido la capacidad de alegrarse y agradecer lo poco o lo mucho que les dén, porque hay muchas cosas que aún no tienen.  ¿Qué alegría o sorpresa se puede dar a un supuesto “niño” cuya primera reacción es preguntar por el precio, la marca y comercio donde ha sido adquirido?. Son los criterios que usan algunos para valorar, para saber si algo les gusta o no. Una escala de valores que sus padres, nuestra sociedad, les ha ido inculcando progresivamente, aunque luego tengan la desfachatez de hacerlos únicos culpables por actuar conforme a ella.
    Pero bajemos a tierra, dejemos de imaginar, pues no es a este chino al que se refiere nuestra entrada, sino a un chino de carne y hueso.
   Nuestra buena Ino sufre desde hace tiempo fuertes dolores en las rodillas. Pero no se queja, trabaja sin rechistar.  Cada vez que sube la escalera de mano para limpiar, el dolor se refleja en su rostro, habla por sí sólo mientras ella calla, es dolor para buenos entendedores, para interesados en ver y escuchar.
 Se lo  tengo absolutamente prohibido. Si la pillo le grito: ¡baja de ahí ahora mismo, eso lo hago yo!. No baja, es terca,¡ más que una mula!. Pone una cara de enfado que dá miedo, adusta, fea, horripilante, y responde con despecho: ¿Qué te crees, que soy una inútil?. Lo único realmente inútil es poder disuadirla. El genio que saca, es capaz incluso de apaciguar el dolor y transformarlo en satisfacción por hacer “lo que quiere, lo que le viene en gana”. Y a sus piernas, “les pueden ir dando”, repite sin cesar, “no van a poder conmigo”.
   En el fondo me apasiona esa actitud luchadora suya, querer vivir, .....
no es más que eso, domesticar nuestra voluntad para que calme nuestras lacras corporales.
   En el hospital ha estado un par de veces, las mismas que ha visitado al médico. Para parir. ¡Los médicos sólo le sacan a uno cosas malas”- dice, (y quizás tenga razón).
    Se ha vuelto experta en pócimas de mezcla de hierbas curativas que ella misma planta, o bien compra, a buen precio, en el herbolario de su prima, la Santi.
   Había ido un día a comprar un calmante compuesto de aceite de onagra, melisa, mejorana, y otras hierbas, cuando un chino de bata blanca, sentado en una esquina del herbolario se dirige a ella:
-         He visto caminal  a señola, ¡pielnas no andal bien, yo podel culal!.
-         ¿Queeee´?- contestó la Ino. No había entendido ni una palabra. No conoce ninguna lengua; el español lo habla a trompicones, y ya si se lo achinan,¡apaga y vámonos!. Su cara bastó para hacer comprender al chino que no se había enterado.
El chino repitió más alto, más despacio:
-         Que- yo- podel- culal- pielnas.
-         ¡Anda ya!, respondió la Ino, que si mucho desconfiaba de la medicina oficial, más rechazo le producían esos “curanderos naturistas”, como ella los llamaba. A veces en el herbolario, había escuchado hablar a algunos de “la unidad del cuerpo y la mente”, de “la relación de las partes de nuestro cuerpo con determinadas emociones o enfermedades”,.....para la Ino, todo esto no eran más que cuentos, cuentos chinos.
Pero nuestro amable doctol, no se dió por vencido. Cuando había terminado de pagar, la siguió hasta la puerta y volvió a hablarle:
-         Oye!, ¡tú no pagal nada!, ¡sólo plobal!.
-         Pero, ¿que quieres probar con mis piernas? (ya había acostumbrado su oído y comprendió a la primera).
-         ¡Acupuntula!, ¡plobal tles días!, ¡sólo tles!.
-         Acupun-qué?, preguntó la Ino. ¡No entender!, díjo alzando la voz. Para la Ino los extranjeros eran sordos o tontos. Les gritaba palabras en indio, sin conjugar ni conexionar, quizás pensaba que al penetrar más hondo en sus oidos aumentaría su capacidad de comprenderlas.
-         ¡Sólo plueba, sólo plueba!, ¡venil, venil!, repetía el chino, mientras arrastraba a duras penas a la Ino al interior de la tienda. ¡Casi cayó de espaldas cuando lo consiguió!.
-         ¡Suéltame!, espetó la Ino enfadada.
Fue entonces cuando intervíno la prima da la Ino, con la cara desencajada de risa, pero procurando contenerse.
-         Ino, es uno de los médicos que pasa aquí consulta ,dos veces a la semana. No cobra mucho dinero, pero a tí te quiere regalar unas sesiones. No pierdes nada.¡No seas tonta!. Estoy convencida de que puede ayudarte mucho.
-         ¿Pero qué me va a hacer el amarillo?- preguntó la Ino desconfiada.
-         No sé, déjate llevar. ¡Te vas a sentir muy bien, te lo aseguro!.
Acompañó a la Ino a una sala de la trastienda en la que había una camilla cubierta por una sábana blanca. La iluminación se limitaba a la luz que desprendía una lámpara de sal en la esquina,. El chino estaba sentado junto a la camilla, y, muy sonriente, invitó a la Ino a descubrir sus piernas y echarse.
La Ino dudó. Su instinto le decía que saliera por pies, pero no estaban sus piernas para trotes precisamente. Se sintió acorralada, pero no quería enfadar a su prima, así que se sentó, fue elevando las piernas poco a poco (no aceptó de ninguna forma la ayuda que le brindaban), hasta que consiguió posarlas sobre la camilla.  Comenzó a sonar una música relajante, que púso aún más en guardia a nuestra pobre Ino (¡Santa María!, pensaba, ¡sea  lo que Dios quiera!). 
  El chino le acercó una gran sonrisa, que borraba sus ínfimos ojos, a un palmo de su cara, poniéndole un antifaz negro: ¡pala lelajal!, le díjo.
   No húbo protesta, ya había asumido que no había marcha atrás.
¡Ay coño!, refunfuñó cuando el chino clavó la primera de sus largas agujas en sus tobillos. Un calambre recorrió su cuerpo. No sabía lo que era, pero molestaba. La segunda aguja fue más llevadera, víno una tercera, una cuarta, así hasta veinte , entre tobillos y piernas. Luego clavó una especie de granitos de pimienta en sus orejas. La Ino estaba tensa, le dolía, le hubiera gritado al amarillo hasta ponerlo rojo como un pimiento, pero calló, apretó los dientes y así se quedó, sola, durante una hora, después de que el chino insistiera varias veces: ¡lelajal, lelajal!.
    Cerró los ojos. Su cuerpo se acostumbró pronto al dolor. Y así, con esa música y el cansancio acumulado de tantas horas de trabajo, se quedó dormida.
     Cuando despertó (su prima confirmó su estado por los tremendos ronquidos que se oían hasta en la tienda), lo primero que vieron sus ojos fue esa gran sonrisa sin cara. No sabía dónde estaba, pero , estaba tan relajada, que no tenía fuerzas ni para arrancarle esa estúpida sonrisa al que la observaba.
   Al día siguiente se sintió como rejuvenecida. Se encontraba más activa y contenta. El color aceitunado de su cara había adquirido un leve tono rojizo.
   No dudó en “volvel”. Cuando llegó, el chino la saludó  muy amable. ¡Señola!, ¿encontral bien?. Si, si, bien, bien, ¡venga vamos!, contestó la Ino, que no tenía mucho tiempo para pláticas. La sesión se desarrolló prácticamente igual que la primera. Los ronquidos fueron esta vez tan impresionantes, que la prima túvo que cerrar todas las puertas. Cuando se despidió, el chino le díjo,” mañana última sesión, mañana solplesa”. No me gustan las sorpresas- contestó muerta de miedo. ¡Solplesa muy buena, señola, muy buena!.
    A pesar de sus temores, no quíso perderse la última sesión  que le ofrecían. Jamás se había sentido tan  relajada y a la vez rebosante de energía. Esta vez entró la prima para cubrir la parte inferior de su cuerpo con una sabanita. Todo comenzó como al principio, la música, la tenue luz que invitaba al descanso, pero esta vez, pasada media hora, entró el chino en la habitación. Un fuerte olor a incienso despertó a nuestra amiga. No díjo nada. Pero al poco, comenzó a sentir un inmenso calor en los tobillos que iba ascenciendo lentamente por las piernas y muslos. Apretó los dientes y no rechistó. Sólo cuando aquel intenso calor se acercó hasta su inmensa barriga, haciendole sentir el ombligo como una brasa ardiente, se quitó de un manotazo la mascarilla, y fue cuando vió la gran solplesa. El chino sostenía una especie de puro encendido, el causante de aquel penetrante olor, que acercaba a menos de un centímetro de la piel de la Ino.
   Fue tal el susto que se dió al ver aquello, que esta vez sí le funcionaron bien las piernas. Salió de la tienda despavorida, pantalones en la mano, y gritando : ¡que el chino me quería quemar el ombligo, y Dios sabe qué más!.La prima salió detrás, el chino, pasmado, también, pero no pudieron detenerla, ya estaba  casi en su portería , sin pantalones, gritando.......
   Las carcajadas de la prima deben sonar aún por aquella acera.

Checha, 25 de octubre de 2012