domingo, 20 de mayo de 2012

LA BODA DEL PRIMO DE LA INO


LA BODA DEL PRIMO DE LA INO
   No es que a la Ino no le gusten las bodas, bautizos, comuniones y demás eventos. Por el contrario, disfruta hablando con la gente, contando y escuchando historias que la evaden del cotidiano mutismo al que se vé condenada por el bueno de su marido. Ella trabaja, él trabaja y “alterna”; cuando se ven, ella sigue trabajando, y él ya ha alternado lo suficiente, así que se tumba y emboba ante el televisor. Nada que contar, ¡ahora hay que relajarse!, cuerpo sobre el sofá, lengua en la garganta.
   Cuando ella  está cansada, se va a dormir. Ha pasado un día. Como el de ayer, como los demás.
   Por eso, cuando llega a mi casa, la Ino trabaja media hora extraordinaria, un cafetito, un par de orejas y un achuchón cariñoso por sueldo. Ese ratito es nuestro, extraordinario.
   Hay algo , sin embargo, que pone a la Ino de los nervios, que trunca la alegría de encontrarse con su familia. ¿Qué hato le toca esta vez?. Tiene tres: el que le regaló su tía la gorda, que ahora está como un fideo, hace diez años. Es un traje-túnica rojo y a lunares, que le llega a media pierna, pues la Ino es más bajita. Los otros dos  los consiguió  de los desechos de dos orondas señoras para las que trabajaba, son negros, y aunque estaban un poco estropeados la Ino los apañó, los dejó “como un guante”, según sus propias palabras.  Lo malo es que no recuerda el que llevó la última vez, ¡ella también tiene su orgullo!.  En cualquier caso se ha decidido por el rojo, es más alegre, aunque entonces tendrá que llevar tacones: con su amplia figura y esas túnicas que pretenden disimular lo que sin duda es patente a todos, parecería una mesa de camilla sin patas, caso de no elevar un poco sus varicosas piernas. La ventaja es que en este punto no se vé obligada a elegir. Son los únicos tacones que tiene, los que lleva siempre, los del traje de tornaboda que le compró su madre. ¡Menuda suerte ha tenido con que no le hayan crecido los pies!.  Son bastante altos, con suela de goma y plataforma (que ahora se vuelve a llevar); ¡Qué carajo le importa eso a la Ino!. ¡ Ella lleva lo que lleva, sin saber si se lleva!.
   Llegaron tarde, como siempre. Su marido conduce, no lo hace mal, aunque nadie le quita las tres o cuatro vueltas a cada rotonda con la que se encuentra, hasta encontrar la salida. No permite a la Ino que pregunte, ¡faltaría más!. El otro problemilla es el de aparcar. La Ino está convencida de que su dolor de cervicales proviene de los golpecitos o golpetazos sin los que su marido no sabría que el hueco ha llegado a término, que detrás hay una pared o un coche, ¿qué más dá?.
   La pequeña ermita en un pueblecillo de Albacete ya está abarrotada, la misa a medio, los novios medio casados. Ni un huequecito para sentarse y evitar los dolores de piernas sobre los malditos tacones.
  Aguanta cinco, diez minutos, de pie. Se apalanca en una columna para reconfortar un poco su espalda, pero no los pies.
De pronto se le ilumina la cara. Ha encontrado un sitio que nadie le va a quitar.
Las cortinillas de terciopelo rojo del confesionario están abiertas, y hay dos curas oficiando la misa. Con todo disimulo y sin decir  nada, (de todas formas su marido se ha quedado en la puerta fumando y hablando con los paisanos),  se va acercando muy lentamente, y justo cuando todos comienzan a cantar, aprovecha para meterse en el confesionario, cerrando tras de sí las cortinillas. Desde allí escucha y otea a los novios por la pequeña ranura. ¡Quiere ver a la novia!. Le encantan las novias, con esos trajes blanco inmaculado, no como el que a ella le prestaron, lleno de manchas amarillentas que consiguió disimular pegándoles encima una florecita. Pero  tanta florecita se le íba enganchando por todas las puertas, o en los trajes de los invitados, de modo que, cuando comenzó el baile, la Ino íba bastante desflorada (por supuesto en el mejor sentido del término, pues ella llegó casta y pura a su matrimonio, ¡y que nadie lo ponga en duda!).
   Pues bien, ahí está en su confesionario, cortinilla cerrada, descansando, pero alerta al más mínimo movimiento a su alrededor. Y no tardó en producirse; oye como alguien se arrodilla a su derecha y susurra: “Ave María Purísima”. La Ino queda petrificada. Sus pulsaciones alcanzan un ritmo desorbitado, tan extremo que el corazón parece habérsele subido a la garganta. Deja de respirar. “Ave María Purísima”, insiste la vocecita.
   La Ino no pudo resistir más, abriendo la cortinilla respondió: “coño, que no soy el cura”, e intentó levantarse. La cara fea y asustada de la Ino prodújo tal impacto en la pobre señora, que alzando la voz comenzó a suspirar, “Ave María Purísima”, “Ave María Purísima”, pero esta vez de puro horror, saliendo despavorida hacia su asiento. La Ino quíso imitarla, correr, pero al primer paso se quedó parada, ¡imposible mover los pies!. La suela de sus viejos y bien cuidados zapatos de tacón había quedado totalmente adherida al suelo. La gente empezó a dirigir sus miradas al confesionario. Ahí estaba la Ino plantada. Ni hacia delante ni hacia detrás podía moverse. Daba en vano tirones hacia arriba, pero la goma de la suela no quería despegarse, parecía como si se hubiera derretido y fusionado con el suelo. Todos la miraban, el espectáculo había cambiado de escenario. Los novios habían pasado a segundo plano.
Su rostro se íba desencajando, haciendo gestos y muecas de esfuerzo, luchando contra sus pies. En un desmedido tirón de rabia logró despegarse. Sin mirar al curioso público, toda orgullosa y desafiante , consiguió salir del confesionario a trompicones. Cada uno de sus inestables pasos dejaban tras de sí un trozo de goma pegado al suelo. Y así, tirón a tirón, llegó a la puerta de la iglesia. Miró hacia atrás y púdo ver su completo recorrido, marcado por los trozos de goma que iban desprendiendo sus zapatos. Goma pegada al suelo y muy pegajosa. Tras aquel largo camino había llegado casi a su estatura normal, pero eso no era lo peor. Sus pensamientos la llevaron a algo mucho más grave. Imaginó a los novios saliendo de la iglesia, pegándose al suelo mientras eran bombardeados de arroz, los imaginó cayéndose, provocando la caída de los que venían tras ellos....... Y este fue su último pensamiento. Cuando despertó la habían transportado a duras penas al banco más cercano y la abanicaban.  Abrió los ojos y sus oídos oyeron lo inevitable, un gran griterío. Los novios habían caído, también sus seguidores.
Esta boda fué sonada.
  Al año siguiente la Ino recibió por su cumpleaños un paquetito de Albacete. ¡Un paquete!, gritó de alegría. Cuando lo abrió recordó la experiencia más abrumadora de toda su vida.
¡Eran unos preciosos tacones de charol negro, nuevos, con suela de cuero!.  Los que cubrirían sus pies el resto de su vida, en los eventos. La Ino sonrió, ya no quedaba rastro del pasado bochorno.

      Checha, 20  de mayo de 2012