sábado, 17 de marzo de 2012

EL TRISTE CUENTO DE LA LECHERA


EL TRISTE CUENTO DE LA LECHERA QUE VIVIMOS O NO NOS DEJA VIVIR
Más, más más, más trabajo, más dinero, más nivel de vida, más lujo, más estrés, más deseo incontenible de más, más rapidez, más impaciencia, más insatisfacción........
Pero
Menos, menos, menos tiempo, menos disfrute de los pequeños o grandes momentos de la vida, menos dedicación a lo/los que nos rodean, menos compasión, menos comprensión, menos calidad de vida......MENOS VIDA, porque vivir arratrándose, sacrificando el presente a un incierto futuro que quizás no llegue jamás, es pseudovida, es vivir como un turista, viendo la vida a través de una cámara, captando los momentos que viven los demás, que disfrutan, y añorando experimentar algún día el sentimiento de paz y alegría , del que sabe que la muerte no le sorprenderá en estado anhelante.
  Quizás el turista que leereis a continuación terminó por arrojar la cámara al río y, sentado sobre una roca, contempló tranquilamente cómo la llevaba la corriente, se atascaba entre los juncos, íba perdiendo sus piezas , hasta desaparecer en la lejanía.
Quizás el turista entonces rió con todas sus entrañas, se rió de sí mismo, de su estupidez, de la nuestra.

ANÉCDOTA PARA HUNDIR LA MORAL DEL TRABAJO , Heinrich Böll


En un puerto de la costa oeste de Europa hay un hombre pobremente vestido que dormita tumbado en una barca. En ese momento, un turista ataviado con clase ajusta una película de color a su cámara para fotografiar la estampa idílica: cielo azul, mar verde de olas apacibles con crestas blancas como la nieve, barco negro, gorra roja de marinero. Clic. Otra vez: clic, y como a la tercera siempre siempre va la vencida, otra vez más: clic. El ruido áspero y casi hostil despierta al pescador, que se levanta somnoliento y busca a ciegas su cajetilla de tabaco sin sacudirse la modorra; pero, antes de encontrarla, el turista se la pone con diligencia delante de las narices y, aunque no se lo ha metido en la boca, le coloca un cigarrillo en la mano; con un cuarto clic, el del mechero, finaliza su rápido gesto de cortesía. Este exceso de amabilidad (difícil medirlo e imposible probarlo) propicia la situación embarazosa que el turista, conocedor de la lengua del país, intenta salvar iniciando una conversación.

- Hoy tendrá buena pesca.

El pescador niega con la cabeza.

- Pero si me han dicho que el tiempo es perfecto para eso.

El pescador niega con la cabeza.

- ¿No va a faenar?

El pescador niega con la cabeza. Crece el nerviosismo del turista, a quien sin duda le preocupa de corazón el bienestar del hombre pobremente vestido. Le hiere que pierda tan buena oportunidad.

- Vaya, ¿se encuentra mal?

Por fin el pescador pasa del lenguaje de signos al lenguaje hablado. “Estoy estupendamete”, dice. “Estoy mejor que nunca”. Se levanta, se despereza como si quisiera presumir de su consitución formidable y atlética. “Estoy la mar de bien”.

El rostro del turista se entristece, no puede reprimir más la pregunta que amenaza con hacerle explotar el corazón: “Entonces, ¿por qué no sale a faenar?”

La respuesta es inmediata y breve:

- Porque ya he faenado de madrugada.

- ¿Buena pesca?


- Tan buena que no necesito salir otra vez. Tengo cuatro cigalas en los cestos y he pescado casi dos docenas de jurelos.

El pescador, finalmente despierto, rompe el hielo palmeándole tranquilizadoramente la espalda al turista, cuyo rostro preocupado le parece algo improcedente, pero conmovedor.

- Tengo suficiente, incluso para mañana y pasado mañana - dice para consolar el alma del extranjero. - ¿Quiere un cigarrillo?

- Sí, gracias.

Cada uno se lleva su cigarrillo a la boca. Quinto clic. Ahora el extranjero, moviendo la cabeza de un lado a otro, se apoya a un lado de la barca y suelta la cámara. En este momento necesita ambas manos para enfatizar su discurso.

- No es que quiera inmiscuirme en sus asuntos – dice -, pero imagínese que hoy sale por segunda, tercera, incluso quizás cuarta vez a faenar. Pescaría tres, cuatro, cinco, quizas diez docenas de jurelos. Imagíneselo.

El pescador asiente.

- En un año como mínimo podría comprarse un motor; en dos años, otra barca; en tres o cuatro, quizás un pequeño balandro. Lógicamente, con dos barcas o un balandro pescaría mucho más… En un futuro tendría dos balandros, podría…- el entusiasmo le ahoga la voz por un instante. -Se haría construir un pequeña cámara frigorífica, quizás una nave para ahumar pescado, después una fábrica de conservas, volaría con su propio helicóptero para descubrir bancos de peces e informar por radio a sus balandros. Podría adquirir licencias, abrir un restarurante de pescado, exportar los bogavantes directamente a París sin intermediarios…Y después…- de nuevo el entusiasmo le deja sin habla. Negando con la cabeza, con el corazón profundamente conmovido, con su alegría vacacional ya casi perdida, el turista contempla cómo fluye el auga en la que los peces brincan en libertad.

“Y después”, dice, pero otra vez la excitación le toma el habla. El pescador le palmea la espalda como a un niño que se ha atragantado.”¿Después qué?”, le pregunta en voz baja.

“Después”, dice el extranjero con relajado entusiasmo, "después podría sentarse aquí en el puerto tranquilamente, bostezar al sol… Y contemplar este magnífico mar”.

“Pero si eso ya lo hago ahora”, dice el pescador, “estoy sentado en el puerto, durmiendo. Su clic es lo único que me ha molestado”.

Aleccionado, el turista se va de allí pensativo, pues hace mucho tiempo él pensaba trabajar para no tener que hacerlo más algun día; y no le queda ni rastro de compasión por el pescador pobremente vestido, sino un poco de envidia.
. . . .................................Heinrich Böll






Heinrich Böll (1917-1985)   

Anekdote zur Senkung der Arbeitsmoral

In einem Hafen an einer westlichen Küste Europas liegt ein ärmlich gekleideter Mann in seinem Fischerboot und döst. Ein schick angezogener Tourist legt eben einen neuen Farbfilm in seinen Fotoapparat, um das idyllische Bild zu fotografieren: blauer Himmel, grüne See mit friedlichen schneeweißen Wellenkämmen, schwarzes Boot, rote Fischermütze. Klick. Noch einmal: klick. Und da aller guten Dinge drei sind und sicher ist, ein drittes Mal: klick.
Das spröde, fast feindselige Geräusch weckt den dösenden Fischer, der sich schläfrig aufrichtet, schläfrig nach einer Zigarettenschachtel angelt; aber bevor er das Gesuchte gefunden, hat ihm der eifrige Tourist schon eine Schachtel vor die Nase gehalten, ihm die Zigarette nicht gerade in den Mund gesteckt, aber in die Hand gelegt, und ein viertes Klick, das des Feuerzeuges, schließt die eilfertige Höflichkeit ab. Durch jenes kaum messbare, nie nachweisbare Zuviel an flinker Höflichkeit ist eine gereizte Verlegenheit entstanden, die der Tourist - der Landessprache mächtig - durch ein Gespräch zu überbrücken versucht.
"Sie werden heute einen guten Fang machen."
Kopfschütteln des Fischers.
"Aber man hat mir gesagt, dass das Wetter günstig ist."
Kopfnicken des Fischers.
"Sie werden also nicht ausfahren?"
Kopfschütteln des Fischers, steigende Nervosität des Touristen. Gewiss liegt ihm das Wohl des ärmlich gekleideten Menschen am Herzen, nagt an ihm die Trauer über die verpasste Gelegenheit.
"Oh, Sie fühlen sich nicht wohl?"    Endlich geht der Fischer von der Zeichensprache zum wahrhaft gesprochenen Wort über. "Ich fühle mich großartig", sagt er. "Ich habe mich nie besser gefühlt." Er steht auf, reckt sich, als wolle er demonstrieren, wie athletisch er gebaut ist. "Ich fühle mich phantastisch." Der Gesichtsausdruck des Touristen wird immer unglücklicher, er kann die Frage nicht mehr unterdrücken, die ihm sozusagen das Herz zu sprengen droht: "Aber warum fahren Sie dann nicht aus?" Die Antwort kommt prompt und knapp. "Weil ich heute morgen schon ausgefahren bin."
"War der Fang gut?"  "Er war so gut, dass ich nicht noch einmal auszufahren brauche, ich habe vier Hummer in meinen Körben gehabt, fast zwei Dutzend Makrelen gefangen..." Der Fischer, endlich erwacht, taut jetzt auf und klopft dem Touristen beruhigend auf die Schultern. Dessen besorgter Gesichtsausdruck erscheint ihm als ein Ausdruck zwar unangebrachter, doch rührender Kümmernis.
"Ich habe sogar für morgen und übermorgen genug", sagt er, um des Fremden Seele zu erleichtern. "Rauchen Sie eine von meinen?"  "Ja, danke."   Zigaretten werden in die Münder gesteckt, ein fünftes Klick, der Fremde setzt sich kopfschüttelnd auf den Bootsrand, legt die Kamera aus der Hand, denn er braucht jetzt beide Hände, um seiner Rede Nachdruck zu verleihen. "Ich will mich ja nicht in Ihre persönlichen Angelegenheiten mischen", sagt er, "aber stellen Sie sich mal vor, Sie führen heute ein zweites, ein drittes, vielleicht sogar ein viertes Mal aus, und Sie würden drei, vier, fünf, vielleicht gar zehn Dutzend Makrelen fangen - stellen Sie sich das mal vor."  Der Fischer nickt.
"Sie würden", fährt der Tourist fort, "nicht nur heute, sondern morgen, übermorgen, ja, an jedem günstigen Tag zwei-, dreimal, vielleicht viermal ausfahren - wissen Sie, was geschehen würde?"
Der Fischer schüttelt den Kopf.  "Sie würden sich spätestens in einem Jahr einen Motor kaufen können, in zwei Jahren ein zweites Boot, in drei oder vier Jahren vielleicht einen kleinen Kutter haben, mit zwei Booten und dem Kutter würden Sie natürlich viel mehr fangen - eines Tages würden Sie zwei Kutter haben, Sie würden...", die Begeisterung verschlägt ihm für ein paar Augenblicke die Stimme, "Sie würden ein kleines Kühlhaus bauen, vielleicht eine Räucherei, später eine Marinadenfabrik, mit einem eigenen Hubschrauber rundfliegen, die Fischschwärme ausmachen und Ihren Kuttern per Funk Anweisungen geben. Sie könnten die Lachsrechte erwerben, ein Fischrestaurant eröffnen, den Hummer ohne Zwischenhändler direkt nach Paris exportieren - und dann...", wieder verschlägt die Begeisterung dem Fremden die Sprache.  Kopfschüttelnd, im tiefsten Herzen betrübt, seiner Urlaubsfreude schon fast verlustig, blickt er auf die friedlich hereinrollende Flut, in der die ungefangenen Fische munter springen. "Und dann", sagt er, aber wieder verschlägt ihm die Erregung die Sprache.
Der Fischer klopft ihm auf den Rücken, wie einem Kind, das sich verschluckt hat.
"Was dann?" fragt er leise.
"Dann", sagt der Fremde mit stiller Begeisterung, "dann könnten Sie beruhigt hier im Hafen sitzen, in der Sonne dösen - und auf das herrliche Meer blicken."
"Aber das tu' ich ja schon jetzt", sagt der Fischer, "ich sitze beruhigt am Hafen und döse, nur Ihr Klicken hat mich dabei gestört."
Tatsächlich zog der solcherlei belehrte Tourist nachdenklich von dannen, denn früher hatte er auch einmal geglaubt, er arbeite, um eines Tages einmal nicht mehr arbeiten zu müssen, und es blieb keine Spur von Mitleid mit dem ärmlich gekleideten Fischer in ihm zurück, nur ein wenig Neid.

Heinrich Böll, 1963
 
Escrito en 1963, el texto goza de absoluta vigencia, individual, social y políticamente.

Checha, 17 de marzo de 2012