miércoles, 21 de diciembre de 2011

NAVIDADES BLANCAS, NAVIDADES NEGRAS

NAVIDADES BLANCAS, NAVIDADES NEGRAS
La navidad tiene muchas tonalidades, aunque predomina la escala de los grises, del negro más intenso, invernal y frío, de apabullante oscuridad, de veredas invisibles, hasta el blanco más brillante, de nieve de postal, nieve acumulada en los tejados de preciosas casitas de chimeneas humeantes.
   Las pasadas navidades de Mohamed, las últimas, fueron tan negras como el resto, tanto como su vida entera. Llegó a España con promesas de paraíso terrenal, arriesgando su vida junto a cuarenta compañeros en una pequeña patera.
     Cuando yo lo conocí, ya le habían diagnosticado cáncer de estómago, a pesar de que su rostro dulce y sonriente reflejara algo bien diferente: esperanza, confianza en el futuro, creencia ciega en el paraíso. ¡Maldito cancer afincado en pobres estómagos que no han probado más que miserias!.
    Sus inmensos y profundos ojos fueron avanzando en su rostro, cada vez más afilado y enjuto. Se hicieron enormes, como dos grandes y luminosas estrellas, pero incapaces de contemplar la inminencia de la propia muerte.
¡Vuelve a tu tierra, a morir en paz, con los tuyos!, le instaban imanes, médicos, amigos. Pero la dichosa esperanza le hacía entender que cualquier posibilidad de curación estaba aquí. ¿Qué podía esperar de un pueblo sin médicos ni hospitales, en mitad del desierto?. Además estaba su orgullo, su maltratado amor propio. ¡Qué vergüenza sentiría si volviese a casa con las manos vacías, teniendo que extenderlas de nuevo para mendigar a su familia un trocito del pedazo de pan que compartían entre siete!.
    Gran metástasis, invasión de células cancerígenas, fué el resultado de la operación.
   Al llegar a la habitación del hospital me encontré con un Mohamed flaco y demacrado, enchufado a diversas gomas y sueros, cuyos únicos rasgos aún reconocibles eran dos tremendos ojos y una imborrable sonrisa. Charlé con los amigos que lo acompañaban. Cada detalle sobre sus vidas, sobre la explotación a la que se veían sometidos, trabajando de sol a sol por un miserable jornal, horas de trabajo jamás reconocidas o registradas para evitar cualquier derecho a subsidio, me hacía sentir tremendamente sucia. Eran condiciones infrahumanas, aunque aceptables para seres procedentes del infierno, ¡seres malvados que roban el trabajo a los autóctonos y ensucian sus blancas navidades!.
     Al despedirme, Mohamed me susurró que volvía a su tierra. Un viento helado, de muerte, recorrió mis entrañas. No lo había convencido nadie, sólamente lo había abandonado la esperanza , y lo único que le quedaba por esperar era la muerte. ¡Haces bien!, murmuré. Sabía que no regresaría a su tierra a mendigar pan, sino un pedazo de calor, de cariño.
     Fué enviado a su país. Una semana más tarde falleció. Murió en una negra y oscura navidad, mientras nosotros preparábamos regalos y confeccionábamos muñecos de blanca e inmaculada nieve.
     ¿De qué color es tu navidad, mi navidad?. ¿Es la crisis la que la oscurece, o serán las sombras de esos pobres desgraciados las que manchan nuestra blanca navidad?

                                 Checha, 21 de diciembre de 2011