jueves, 8 de diciembre de 2011

LAS TRIPAS DE LA INO

A la Ino no le permitieron estudiar. Como muchas mujeres de su época fue discriminada con respecto a sus hermanos, a los que sí se dio la oportunidad de “hacerse hombres de provecho”. También ella luchó para que sus hijos lo fueran, y si hubiera tenido hijas, ¡las habría desagraviado!. Trabajar fuera de casa limpiando porquerías ajenas, le permitió conseguirlo.
    Cuando su hijo menor, Rafa, aún no había terminado económicas, le salió un trabajo en una empresa vinícola del sur de Francia, en la Alsacia. Le ofrecían un buen sueldo, mucho mejor que el que pudiera soñar en cualquier empresa española, y además tenía asegurado alojamiento gratuito durante dos años en uno de los apartamentos de  “Le vin”, destinados a los trabajadores de la empresa. La oferta era golosa y Rafa estaba demasiado harto de soportar estrecheces económicas, así que decidió abandonar la carrera y aceptar la oportunidad de su vida, que a su vez le posibilitaría aportar algo de dinero a su familia, compensarla de algún modo.
    El chico tan sólo contaba con veintiún años. Su primera experiencia laboral seria, por no hablar de la recogida de ajos y lechugas en verano de sol a sol, que aunque tomada muy en serio, no le daba ni para pagarse los libros.
   Jamás había cruzado la frontera, su viaje más largo había sido una visita a sus tíos tinerfeños, por supuesto costeado por ellos.
    Fueron angustiosos los días antes de su partida, aunque al fín, todo resultó estupendamente. Con gran habilidad se adaptó sin dificultades a la nueva situación y no dudó en dedicar todo su tiempo libre al aprendizaje del idioma, que sólo chapurreaba. Pasados tres meses, ya había conseguido ahorrar cierta cantidad de dinero para enviar a sus padres.
      La Ino, emocionada, decidió emplear una parte de lo recibido en ir a visitar a su hijo, al que tanto echaba de menos. No aguantaría hasta el verano, hasta las primeras vacaciones de Rafa.
      Preparó un gran maletón con unas cuantas prendas de abrigo para ella y su marido, el resto lo completó con alimentos que de seguro su hijo no comía en Francia: frutas españolas, y sobre todo, gran variedad de embutidos (jamón serrano, salchichón, chorizo, butifarra, longaniza….). Pues, ya estaba lista para ese gran viaje de veintiséis horas en autobús. El avión le daba vértigo incluso mirarlo.
      Había habido en aquellos tiempos muchos casos de fiebre porcina en España, por lo que estaba absolutamente prohibido exportar cerdos y sus productos a Europa.
     La Ino, confiando en que en la frontera no se dedicarían a revisar maleta por maleta, se encargó de esconder muy escrupulosamente todas la tripas entre las ropas. Si le abrían el maletón, pues, ¡mala suerte!. Segura de que viajando en autobús no la cachearían, decidió confeccionarse una faltriquera para las dos tripitas de sobrasada que no había conseguido meter en el equipaje. Se la colgó al cuello y verdaderamente se disimulaba muy bien entre sus abultadas carnes, pues más parecían dos antiestéticos michelines que algo sospechoso.
    Llegados a la frontera paró el autobús. Media hora, tres cuartos, una hora. Ya estaban todos desesperados cuando subió al autobús un policía acompañado de un enorme pastor alemán. Guiado por el perro, que husmeaba a derecha  e izquierda, el policía fue avanzando lentamente por el pasillo. La Ino, al verlos se cuadró. Su cara se tornó rígida y afilada, boca seria y dientes apretados. El perro se iba acercando, y entre los nervios y el hambre de no haber comido nada desde las seis de la madrugada, se le desató en el estómago un murmullo de tripas, que en el silencio imperante, parecía atronador.
“Ino, las tripas”, soltó el marido, y su voz resonó por todo el autobús como un gran grito. La Ino palideció y, entre dientes, murmuró un ahogado ¡cállate!, al tiempo que su rígido cuerpo iba arreciando contra el respaldo del asiento como queriendo que éste se la tragara.
    A la altura de la Ino el perro se detuvo y comenzó a husmearle los pies. Los dedos se le entumecieron. Lo que fluía por las venas de la Ino, ya no era sangre, sino una suerte de gelatina helada.  Pero el perro seguía hurgando, husmeando y ladrando. Nuestra pobre Ino, a punto de sufrir un ataque cardíaco, ya estaba dispuesta a confesar, a sacar su faltriquera y ofrecer las dos tripitas al inmenso perraco, cuando el policía gritó: ¡levántese!. La Ino, apoyando las manos en el asiento comenzó a duras penas a elevar su atorada espalda. La jovencita del asiento de atrás se levantó con rapidez  bajando la cabeza. El policía la agarró con fuerza mientras el perro enganchó con los dientes  la parte superior de sus calcetines y tiró hacia abajo. Cayeron al suelo. Parecían dos tripas, pero no de sobrasada, pues eran blancas, blanquísimas. Cogiendo la cocaína el policía desapareció del autobús llevándose a la joven.
No sé bien si la Ino entonces se desmayó.

                         Checha, 8 de diciembre de 2011