viernes, 16 de diciembre de 2011

HÁBITOS PRE- Y POSTMOVIL

HÁBITOS PRE- Y POSTMOVIL


      He rescatado de mis ya precarios conocimientos del latín el término hábito, originariamente sinónimo de moral y costumbre, para referirme a los curiosos comportamientos y actitudes que ha generado el uso indiscriminado del móvil en los últimos años.

“Eres un cabrón”, le dicen por detrás. Ofendido se vuelve para comprobar quien lo ha insultado tan gratuitamente. La muchacha que hablaba por el móvil continúa: “No te bastó con llegar a las cuatro de la madrugada, sino que además me despiertas y descargas sobre mí la mierda de tu agresividad. Eres un impresentable!”. “ Tiene usted razón, señorita, no permita que ningún machito le toque ni un pelo”- respondió el hombre. Ella lo miró con cara de O y agregó con despecho: “Y a usted quién le ha llamado a meterse en conversaciones ajenas?”. “Usted misma señorita”, acertó a decir, “yo tan sólo estaba paseando”.

   Me pregunto si la voz “intimidad” habrá llegado a convertirse en una reliquia del pasado, gracias a ese maravilloso juguetito, que te localiza estés donde estés y hagas lo que hagas.
    La educación que nos dieron nuestras madres, que incluía no cortar a las personas cuando conversabas con ellas, y, por supuesto, no sustituirlas por otras, en caso de que algún conocido apareciese inesperadamente, parece haber quedado reemplazada por una imperiosa necesidad de no perderse nada y a nadie. Gracias al móvil no es necesario ni cambiar de sitio: puesto que no se trata de una persona física, no mostramos pudor alguno en mantener largas conversaciones, incluso íntimas, obviando descaradamente al amigo presente. En muchas ocasiones lo obligamos a declinar la cabeza, como si no quisiera escuchar,  mientras discutimos en su presencia con la vecina o la suegra. Gritamos, insultamos…. Sin percatarnos siquiera de si nuestro acompañante permanece con nosotros,  se ha visto obligado a meterse bajo la mesa de puro rubor, o simplemente ha decidido ir a dar un paseo.
     Pero en nuestro desprecio y falta de sensibilidad hacia los demás podemos llegar aún más lejos .Sería  a principios del 2000, cuando habiendo comenzado ya un examen, sonó el móvil de una alumna. Esta lo cogió y, en lugar de apagarlo de inmediato y disculparse por no haberlo hecho antes, se dirigió a mí preguntándome: “¿puedo hablar por el móvil?”. Lo insólito de la pregunta me dejó casi sin respuesta. Simplemente contesté : “Tú verás”.
¿Tenía yo que enseñarle a  una mujer de casi treinta años lo que es correcto o no?.  ¿Estaría esperando a que se legislara acerca del uso de móvil para saber cómo actuar?.  ¿No es el sentido común el que prevalece a cualquier normativa?.
     Seguramente estamos locos en el peor sentido de la expresión, pues nos declaramos incapaces de imponer límites a las nuevas realidades, esperando leer algún cartelito que expresamente nos prohíba  determinadas conductas.

Y desde luego, muy cuerdos no parecemos estar  cuando caminamos por la calle a toda prisa , hablando solos, con esa suerte de aparatitos “manos libres”. Es una imagen que nos robotiza, nos aísla del mundo circundante.
      No significa lo expuesto anteriormente que no disfrutemos y aprovechemos las ventajas que nos proporciona la rápida evolución tecnológica de la era en que vivimos. Ser anacrónico no es virtud, ser desmedido tampoco.
     
     Acertar a dar un uso comedido y adecuado a las cosas, sin excedernos, sin abusar, es, sin duda, “res nostra”,  de nuestro sentido común, de todos los sentidos comunes




                                                         Checha, 16 de diciembre de 2011