jueves, 1 de diciembre de 2011

CERO LUNAS

Lo que voy a relataros es una fantasía mental. Llamo así a un estado de plena relajación en que uno consiente a sus neuronas divertirse a lo grande, deslizarse, patinar de una idea a otra sin trabas, sin pretensiones lógicas, estéticas o científicas, y, desde luego sin rumbo previsto.  Lo que deriva de un proceso así, jamás debería ser relatado, y mucho menos ser tomado muy en serio, pues no es más que  un dislate, un juego, un sueño.

      Aprendí los números de cría, como todos, contando cosas, un perro, dos flores, siete farolas,….. ¡Al cuchillo paletero, cuántos dedos hay en medio?. Dos. ¡Bien!, me aplaudían.  No pudieron utilizar los pulsadores del ascensor, algo muy práctico, porque en casa no había, pero sí conté borreguitos cuando no conseguía dormir. Alguna vez ¡llegué hasta veinte!.
        Tenía dos años cuando aprendí la tabla del dos, curiosamente antes que la del uno, y desde luego, sin saber sumar los números correspondientes. A los adultos les hacía gracia, y yo me sentía importante.
       Nunca olvidaré el dichoso libro de la ranita, con agujeritos para que cupiesen  los pequeños dedos de mis hijos, que tuve que leer hasta la saciedad, hasta incluso memorizarlo: “una ranita muy habladora quiere ser tu profesora”, “dos tucanes muy picudos, desde la selva te mandan saludos”, y así hasta los diez agujeritos.  El libro concluía con actividades de repaso en las que los niños contaban las pelotas, ranitas o barquitos. Contaban cosas, igual que yo contaba perritos o borreguitos. Era fácil: la cantidad de veces que se repetía una realidad correspondía a un número.

     Sin embargo, ¿por qué ni en mi aprendizaje ni en el suyo comenzábamos por el cero?. Nadie ha aprendido ni aprende los números comenzando por el cero, porque el cero corresponde a lo que no existe (demasiado abstracto para un niño), y  para una  mente infantil lo que existe se ve, se toca, es contable.   Y no sólo esto, el cero tampoco es un incontable normal como lo son la mantequilla, el azúcar, el agua o la miel. Basta con empaquetar o envasar a éstos para que accedan al mundo de lo que podemos contar. Pero, ¿cómo empaquetar al cero?.
    A primera vista parece que el cero es incontable, pero no precisamente por referirse a una realidad demasiado extensa e inabarcable, sino justamente por lo contrario, por hacer referencia a la nada, a lo no existente.
     Estaba mi mente recreándose en estas cavilaciones acerca del cero, cuando, al mirar por la ventana, busqué la luna y no estaba. Entonces comencé a contar, pero esta vez , partiendo del cero: cero lunas, una luna, dos lunas, tres lunas….., y quedé realmente sorprendida. ¿Por qué decíamos cero lunas, cero soles, cero pájaros?, ¿por qué el cero sería plural si en realidad correspondía a un concepto singular, la nada, o al menos a la negación del todo, un concepto colectivo?. Comencé a analizar el resto de partículas negativas, que curiosamente parecían mantener la singularidad de la realidad a la que negaban: ninguna luna, negaba a una luna, y ningún sol a un sol.
     ¿A qué realidad plural negaría entonces cero lunas?
     No era fácil encontrar una respuesta, pero hallé una que acepté simplemente por parecerme bella, sugerente. Decidí pues que cero lunas negaba una realidad plural, porque negaba la existencia de la luna en todos los mundos posibles. El cero, sería por tanto un número que nos abría mundos, que extendía las realidades a las que se aplicaba a una posibilidad infinita de existencia, en otro espacio, en otro tiempo. Culminé esta idea imaginando que la forma circular del cero reflejaba el infinito, con todas sus constelaciones y variedades. Era el número de la tolerancia.

Aquí desperté. No he indagado acerca del origen del cero. Tampoco me importa demasiado. Sé que se introdujo en el sistema numérico después que el resto de números y nada más.
            También sé que estas divagaciones me resultaron bastante más divertidas que antaño contar borreguitos. 

                          Checha, 1 de diciembre de 2011