domingo, 11 de diciembre de 2011

CARTA A LORD CHANDOS II

CARTA A LORD CHANDOS (II)

Miserias y grandezas del lenguaje

Como os prometí, os comento brevemente mis impresiones sobre esta carta.


     Hoffmannstahl ha tocado fondo, ha descubierto, tras una larga dedicación a la poesía, la gran lacra del lenguaje, su radical miseria. Y es que, si bien el lenguaje crea realidades, existencias, dando el ser a nuestros conceptos, está al mismo tiempo cercenando y limitando esas existencias. De ahí su grandeza, de ahí su miseria.
    Es la gran paradoja a la que nos enfrentamos los hablantes: “el lenguaje es la casa del ser”(Heiddegger), y como tal, un espacio limitado por muros, techo y suelo infranqueables.
   En el subconsciente de todos radica el miedo a hablar (“no mientes a la bicha”, decimos coloquialmente), por evitar que nuestras palabras se hagan realidad, porque sabemos que al dotar de caracteres lingüísticos a nuestros sentimientos, conceptos y pensamientos, les estamos dando vida, una nueva vida de la que antes carecían: les conferimos rasgos, entre otros el acceso a lo público desde lo privado, que los categorizan. Esta nueva vida lingüística les permite ser comunicados y descodificados por el resto de hablante, pero también los encuadra y encasilla, aliena y limita, los obliga a adecuarse, no sólo al sentido general del término o significado establecido para un determinado significante, sino también al significado que ese vocablo tiene para cada individuo en particular. Así, vocablos como amor, amistad, empatía o simpatía, difieren tanto en su significado como hablantes los pronuncian.
   Esto es precisamente lo que nos está transmitiendo el autor al afirmar que las palabras se pudren, se convierten en gusarapos en su boca:
Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa.
  Al principio se me iba haciendo imposible comentar un tema profundo o general y emplear sin vacilar esas palabras de las que suelen servirse habitualmente todas las personas. Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas. Me ocurrió que por una mentira infantil, de la que se había hecho culpable mi hija de cuatro años Katharina Pompilia, quise reprenderla y guiarla hacia la necesidad de siempre sincera y, al hacerlo, los conceptos que afluyeron a mis labios adquirieron de pronto un color tan cambiante y se confundieron de tal modo que, balbuciendo, terminé la frase lo mejor que pude como si me sintiese indispuesto y, de hecho, con la cara pálida y una violenta presión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de golpe la puerta detrás de mí y no me repuse suficientemente hasta que di a caballo una buena galopada por el prado solitario.
   El poeta es testigo doliente de la degradación de esa bella e ilimitada existencia mental en el mismo acto de expresarla. Incapaz de soportarlo se autocondena al silencio. Callar es la única salvación posible.

         Checha, 11 de diciembre de 2011