domingo, 27 de noviembre de 2011

¿quién es la Ino?, me preguntan algunos.¡Y yo qué sé! , esa pregunta no tiene respuesta, a no ser que alguien sea capaz de establecer las fronteras entre realidad y ficción.
   La Ino existe como personaje inventado, pero también como ser real, pues, Ino somos muchas y no es ninguna.  Eso hace que la Ino sea distinta.
    Os contaré otra de sus historias, porque es la única forma que tenemos de conocerla.

LA PAVA DE LA INO

La Ino nació en un pueblo, quizás por ello posea esa inteligencia natural, esa intuición que caracteriza a los “poblatos”.
     Pisó la escuela lo justo para aprender a garabatear y memorizar cinco o seis poesías que recitaba con fruición en las funciones teatrales del pueblo, a las que asistían sus cinco hemanos, todos “machos”, vestidos de punta en blanco, con pantalones de lana fina y rayas perfectas, ¡sí señor!, ¡bastante trabajo le costaba a la Ino no torcerse con la plancha!.
    Su casa era grande, grande para que cupiesen todos, los de la casa y los forasteros que su padre, el buen panadero del pueblo, refugiaba en  tiempos de guerra, siempre que la necesidad se cruzaba en su camino. ¡Qué grande era su padre!, la Ino lo admiraba.
     En el enorme patio trasero de la casa, el corralón, criaban animales, pollos, gallinas, pavos,…, que sacrificaban cuando ya tenían “buenas chichas”.
   No se puede decir que a la Ino no le gustasen los animales. Le gustaban mucho, pero con una acepción de gustar diferente a la habitual. Despreciaba a los animales de compañía, ¡demasiada compañía había tenido ella durante toda su vida!, pero los otros, ¡ay!, ¡los otros le hacían la boca agua!. Cualquier animal que la Ino viera, susceptible de ser cocido, frito o asado, era un deleite para sus sentidos: ¡qué buen caldico tiene que hacer!, suspiraba cuando  su inocente hijo le mostraba algún pichón en pleno vuelo.  Y el niño la miraba, no pudiendo ocultar su repugnancia y tristeza.
    De entre las especies no alimenticias que la Ino mejor soportaba eran las aves (quizás porque muchas de ellas sí lo eran).
    Durante todo un verano tuvo que hacerse cargo del loro de su hermano mayor, y lo cierto es que le proporcionó mucha diversión.
Le enseñó a piropear a las mujeres, a silbar e incluso a decir frases largas y complicadas como “dame la manita Pepe Luis”
     Aquel verano vinieron a visitarla unos parientes canarios que la obsequiaron con un exquisito presente: una pava negra, de las buenas.
    Decidieron dejarla en el cubículo que tenían por patio hasta el día siguiente, en que se la comerían, pues los sonidos que emitía continuamente el animal eran bastante incómodos: “glub, glub, glub…”, algo parecido a esto.
      Cuando se despertaron por la mañana, entre la Ino y su marido mataron al animal, ante las horrorizadas miradas de los niños, que prometieron ayunar aquel día.
       La pava fue matada, pelada, cocida, comida, digerida, e incluso reposada.
     A media tarde, cuando todos se habían despertado de la siesta, se sentaron a tomar un café en aquel saloncito-dormitorio-comedor , que constituía la mayor parte del minúsculo apartamento de la playa.
     Servía la Ino el café cuando, de pronto, comenzaron a oir un sonido procedente del patio. La Ino pidió silencio, y los presentes aguzaron también sus oídos. “Glub, glub, glub”, se oyó. Y de nuevo: “glub, glub, glub”. ¿Pero no os habéis comido ya la pava?, gritaron los niños.
   Sorprendidos se dirigieron todos a la cocina. El “glub, glub” se hacía cada vez más intenso. Llegados al patio, no encontraron que la pava hubiera procreado en una sola noche, ¡no!, se trataba del simpático lorito que, a todas vistas, había empatizado  prodigiosamente con ella.

                                                 Checha, 27 de noviembre de 2011