martes, 22 de noviembre de 2011

LA VERRUGA SALTARINA

¿Será verdad?, os preguntareis cuando leáis esta historia. Y no intentaré convenceros de nada, pues de hecho, parece increíble.

    Os contaré la historia de una verruga que nació y engordó en la cabeza de mi hijo, saltó a su cuello, y allí murió.
      En un parquecito cercano a casa nos reuníamos varias madres a dejar que nuestros hijos tomaran tierra (y ello literalmente), permitíamos que se rebozaran por tierra y césped  hasta saciarse, y a la vuelta nos veíamos obligadas a meterlos sin dilación en la “lavadora”. Disfrutaban, como enanos que eran, mientras nosotras aprovechábamos para charlar y desahogarnos de sus trastadas a la vez que les dábamos la merienda.
     Un día de aquellos en los que lo único blanco que se podía percibir en todo el cuerpo del niño eran cuatro o cinco zonas grisáceas, lo llevé casi a rastras al cuarto de baño y lo introduje en la bañera.  Comencé a frotar su pelo con champú, cuando un ¡ay, me duele! , me obligó  a detenerme. Le enjuagué la cabeza y pude ver un pequeñísimo bulto  oscuro que sobresalía de su cuero cabelludo. ¡Qué raro!, pensé, ¡vaya un lugar para salir una verruga!, ¡y qué fea!, exclamé.
    A partir de entonces llevaba extremo cuidado al lavar su cabecita, la masajeaba con mimo, dedicado también a su verruguita. De vez en cuando mi hijo se quejaba, aunque sólo si se rozaba en aquel lugar. Normal, nada preocupante.
      Sin embargo la verruguita empezó a crecer y crecer, parecía estar bien alimentada. Pasó de granito de arroz a lenteja, hasta convertirse en un garbancito marroncillo y arrugado bastante desagradable. Había que pedir cita con el dermatólogo, sin tardanza.
    De todos es sabido que hay épocas en el año en las que no se nos permite enfermar. Mejor pedirle a la enfermedad que aguante un poco o morirse directamente. Son estas las fechas precedentes a las fiestas, o las fiestas mismas. Apenas si queda personal cualificado en los centros sanitarios, y el que queda esta más que saturado.
     Obtuvimos una cita para un mes más tarde, pero dado que el niño sentía un gran dolor y estábamos bastante alarmados, Jueves Santo como era, nos presentamos en la puerta de urgencias. Nos atendió una médico jovencita que nos proporcionó de inmediato una visita al dermatólogo.
Viernes Santo, cita con el dermatólogo, un señor bajito y con gafas, bastante entrado en carnes y unos salientes dientes superiores que agravaban su brutal aspecto. Coge al niño, lo sienta en una silla con elevador y se dirige a él con una enorme lupa. Mira, examina detenidamente, pone cara de circunstancias y asevera: ¡esto hay que quitarlo ya!. Seguidamente redacta un informe de esta guisa: “papiloma a extirpar próximo lunes……”.
    Se puede imaginar la preocupación, la noche en vela, las vueltas y revueltas de cabeza que nos proporcionó.
    Por fin llega el día siguiente. Miro la cabeza del niño, busco por todas partes….¡en vano!. La verruga había desaparecido.
    Me disponía a dar parte a los demás cuando observé un bulto en el cuello de mi hijo. Allí estaba ella, horrorosa, destacando  sobre la suave y delicada piel
     ¡Clarooo!, caímos de pronto en la cuenta, ¡esto es un bicho, una garrapata!.
    Evitaré contaros nuestro periplo por el hospital de urgencias, donde los médicos, que jamás habían visto algo así, tuvieron que sentarse al ordenador a consultar cómo conseguir eliminar al bichito.
    Fue finalmente un auxiliar de enfermería el que, gracias a su experiencia canina, supo ahogar al garbancito en aceite de oliva.


Y si no os creéis esta historia, pues ¡no será verdad!

                                         Checha, 22 de noviembre de 2011