lunes, 7 de noviembre de 2011

CRASH,  Paul Haggis, 2004.    3 oscar  a la mejor película, mejor guión original y mejor montaje.

   Si hubiera de resumir brevemente la temática de esta genial película, me limitaría a expresar lo que me dejó realmente impactada, a saber, su desmitificación del concepto cotidiano de racismo. Auténtico logro.

    Un sinfín de películas han abordado con más o menos acierto el problema de la intolerancia, la xenofobia o el racismo (tengo en mente  la famosa película “Mississippi burning”), consiguiendo inevitablemente ponernos del lado de los buenos, de los desvalidos, despertando en nosotros verdadero odio e indignación hacia los que, abusando de la ventajosa posición que confiere la pertenencia e integración en el grupo, son capaces de poner barreras, discriminar, anular, torturar e incluso causar la muerte de “los extraños”, los de fuera de la estructura.
     En Crash, sin embargo, no hay buenos ni malos. Todos y cada uno de los personajes están escindidos, viven en sus carnes la real y humana contradicción de verse condicionados por su propia historia  status a compartir la ideología de su grupo, pero a su vez, son personajes tan humanos, tan libres, que reconsiderarán sus prejuicios y creencias en base a sus experiencias vitales. ¡Qué gran lección de humanidad y de realidad!.
No  hay seres autómatas, no existe absoluta ceguera ideológica. La razón se impondrá al fin y despertará en el espectador  sentimientos de  ternura y comprensión hacia cada uno de estos seres tan vulnerables, ¡tan condicionados y a la vez tan libres!.
    Crash significa colisión, enfrentamiento; pero no se habla fundamentalmente de confrontación con el otro, sino de seres que se enfrentan a sus propias tendencias naturales y/o sociales.
    Es conmovedor el caso del negrito de las trenzas, cuyos actos criminales son producto de un terrible odio al supuesto racismo ajeno: está convencido de que los ventanales de los autobuses son tan grandes para permitir vigilar a los negros, de que los otros, los blancos, lo miran y tratan con desprecio. Así pues, asalta y maltrata a los blancos, ¡jamás a los negros!. Un incidente en el que él y otro compañero de raza negra se ven apoyados por un policía blanco, será el detonante para un cambio de actitud que le llevará a liberar a un grupo de esclavos tahitianos; y ¿quién sabe?, quizás también a reconocer que, desde la moral del esclavo es uno el que se esclaviza,  así como desde la moral del que se siente discriminado por racismo,  puede que también sea uno el que se autodiscrimine y se sienta autorizado a ejercer a su vez racismo sobre los demás.

     Replanteamiento, reflexión sobre el racismo.
Todos los grupos, todos los seres humanos tenemos una tendencia común a preferir lo conocido a lo desconocido, lo semejante a lo diferente. Si ello fuera un comportamiento racista, todos lo compartiríamos. Pero es únicamente cuando esa humana tendencia degenera en odio hacia lo extraño, en ceguera, en absurda ideología, cuando se hace realmente peligrosa.
  De la mano de Haggis asistimos a la transformación de este odio en ternura, a un maravilloso proceso de humanización

                                                         Checha,  lunes 7 de noviembre de 2011