Cajita
Temblando en las escaleras,
subía al viejo desván,
solitario, inhabitado,
abandonado,
temiendo frío y desolación,
royendo recuerdos
o insignias agoreras….
Buscaba yo un sobre,
una ambarina carta,
tres años atrás recibida,
tres años olvidada y
desahuciada,
de mi abuela,
esa sabia misteriosa
de la que tanto aprendí,
que quiso decirme algo
en sus horas más postreras
y no pudo mi alma abrir,
impotencia desbordada,
dolor lancinante y quemante.
Sumida en aciagos sentimientos
desgarré espesas telarañas,
bien tejidas en un mapa
de mundos entrelazados,
o distantes
o superados
o quizás de hirientes marañas
transido,
que aún punzarían
sin recelo
mi pecho desbocado.
Topó mi pie
con una cajita ferrosa,
tan empolvada,
que arena del desierto
pareciera,
ennegrecida y oscura,
fusionada con el óxido rojizo
que la hermetizaba y obturaba.
Mis dedos querían escindir
aquel bloque resistente,
macizo y apretado,
mas no podían,
buscaban fuerza
donde no la había.
Con un crick estridente
fue cediendo,
muy lentamente
y al fin se fue abriendo…
sobresaltada vi
aquel sobre,
aquella carta,
mis manos temblorosas
desgarraron impacientes
ese envoltorio amarillento,
dentro, con letra clara y
vibrante
se leía solamente:
No olvides tu pasado,
es alimento,
mantenme en tu recuerdo,
yo te alentaré
en los momentos inciertos.
Una viva lágrima brotó.
Apreté la carta contra mi
pecho.
Checha, 19 de abril de 2020

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