domingo, 16 de febrero de 2014

EL CASTILLO


EL CASTILLO

Franz Kafka

(1883-1924). Escritor judío checo, cuya desasosegadora y simbólica narrativa, escrita en alemán, anticipó la opresión y la angustia del siglo XX. Está considerado como una de las figuras más significativas de la literatura moderna.
Los temas de la obra de Kafka son la soledad, la frustración y la angustiosa sensación de unas culpabilidad que experimenta el individuo al verse amenazado por  fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control.
En cuanto a técnica literaria, su obra participa de las características del expresionismo y del surrealismo. El estilo lúcido e irónico de Kafka, en el que se mezclan con naturalidad fantasía y realidad, da a su obra un aire claustrofóbico y fantasmal.
Contraviniendo el deseo de Kafka de que sus manuscritos inéditos fuesen destruidos a su muerte, el escritor austriaco Max Brod, su gran amigo y biógrafo, los publicó póstumamente. Entre esas obras se encuentran las tres novelas por las que Kafka es más conocido: El proceso (1925), El castillo (1926), y América (1927).


ARGUMENTO
El protagonista, conocido solamente como K., lucha para poder acceder a las misteriosas autoridades de un castillo que gobierna el pueblo al cual K. ha llegado a trabajar como agrimensor. Oscura y a ratos surrealista, El castillo trata sobre la alienación, la burocracia, y la frustración, aparentemente interminable, de los intentos de un hombre de oponerse al sistema.
Narra la historia del agrimensor K. en su intento imposible de acceder a un castillo cuyos propietarios le han contratado para realizar un trabajo del que ni siquiera sabe su naturaleza. K. se aloja en el pueblo vecino, a la espera de poder contactar con sus patrones, encontrándose en un microcosmos del que no entiende las normas legales ni de comportamiento. A lo largo de la obra uno puede percibir la irracionalidad que reina dentro de este microcosmos, una psicología desesperante, que trata de acercarnos a la realidad de la época en que fue escrita; donde un individuo, menos aún uno desconocido y odiado, nada puede hacer frente a un sistema que, habiendo sido creado por hombres, no tiene nada de humano.
(Wikipedia)

ALGUNOS FRAGMENTOS
—¿Quiénes sois? —preguntó, y miró de uno al otro. 
—Sus ayudantes —respondieron.  
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—Son los ayudantes —confirmó en voz baja el posadero. 
—¿Cómo? —preguntó K—. ¿Sois mis antiguos ayudantes a los que dije 
que viniesen después de mí y a los que he estado esperando? 
Ellos asintieron. 
—Está bien —dijo K después de un rato—, está bien que hayáis venido. 
—Por lo demás —dijo K después de otro rato—, os habéis retrasado 
mucho, sois negligentes. 
—Era un largo camino —dijo uno de ellos. 
—Un largo camino —repitió K—, pero me he encontrado con vosotros 
cuando regresabais del castillo. 
—Sí —dijeron sin más aclaraciones. 
—¿Dónde tenéis los aparatos? —preguntó K. 
—No tenemos ninguno —dijeron. 
—Los aparatos que os había confiado —dijo K. 
—No tenemos ninguno —repitieron. 
—Pero, ¿qué clase de gente sois? —dijo K—. ¿Entendéis algo de 
agrimensura? 
—No —respondieron. 
—Si sois mis antiguos ayudantes, tenéis que entender algo —dijo K. 
Ellos callaron. 
—Así que esas tenemos —dijo K, y los empujó delante de él hacia el 
interior de la casa. 
no podía decir nada, había creído que en aquel pueblo todos 
tenían importancia para él y así era, sólo esa gente no le importaba en lo 
más mínimo7
. Si hubiese sido capaz de regresar solo a la posada, se 
habría ido en seguida. La posibilidad de ir con Barnabás por la mañana 
temprano al castillo no le tentaba. Ahora, en la noche, inadvertido, habría 
querido penetrar en el castillo, conducido por Barnabás, pero con el 
Barnabás que se le había aparecido al principio, un hombre que le estaba 
más próximo que cualquier otro de los que había visto allí hasta entonces, 
y del que había creído al mismo tiempo que poseía estrechas conexiones 
con el castillo que iban más allá de su rango visible. Sin embargo, con el 
hijo de esa familia, a la que pertenecía por completo y con la que ya 
estaba sentado a la mesa, con un hombre que significativamente ni 
siquiera podía dormir en el castillo, era imposible ir al castillo en pleno día 
y cogido de su brazo, era un intento ridículo y desesperado. 
……………………………….



—Desearía pernoctar aquí —dijo K. 
—Por desgracia, eso es imposible —dijo el posadero—. Parece 
desconocer que la casa está exclusivamente destinada a los señores del 
castillo. 
—Eso lo puede decir el reglamento —dijo—, pero tiene que ser posible 
dejarme dormir en algún rincón. 
—Me encantaría poder satisfacer su deseo —dijo el posadero—, pero 
aparte de la severidad del reglamento, del que usted habla como un 
forastero, su deseo resulta imposible de cumplir porque los señores son 
extremadamente sensibles; estoy convencido de que son incapaces, al 
menos tomándolos desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño; si 
yo le dejase dormir aquí y por una casualidad —y las casualidades 
siempre se producen del lado de los señores— le descubrieran, no sólo 
estaría yo perdido, también usted lo estaría. 
Sonaba ridículo, pero era cierto. Ese señorón, abotonado hasta el 
cuello, que, con una mano apoyada en la pared y la otra en la cadera, con 
las piernas cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en 
confianza, parecía no pertenecer al pueblo, por más que su oscuro traje 
tuviese un aspecto solemne y pueblerino. 
—Le creo perfectamente —dijo K— y tampoco menosprecio la 
importancia del reglamento: he debido de expresarme con imprecisión. 
Sólo quiero llamarle la atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas 
conexiones y las tendré aún más valiosas, las cuales le aseguran contra 
todo peligro que pudiese ocasionar mi estancia aquí y le garantizo que 
estoy en condiciones de agradecerle con creces un pequeño favor. 
—Lo sé —dijo el posadero, y repitió una vez más—: Eso lo sé. 
Ahora K tendría que haber expresado su deseo con más intensidad, 
pero precisamente esa respuesta del posadero le confundió, por eso se 
limitó a preguntar: 
—¿Pernoctan hoy aquí muchos señores del castillo? 
—En ese aspecto ésta es una noche ventajosa —dijo el posadero 
tentador en cierta manera—, sólo se queda un señor. 
………………………………………………..
No obstante, sabíamos que no estábamos en disposición de subsanar nada, también sabíamos que la única conexión esperanzada que teníamos con el castillo, la de Sortini, la del funcionario que sentía inclinación por nuestro padre, se había vuelto inaccesible debido a los acontecimientos; sin embargo, nos pusimos manos a la obra. Nuestro padre fue quien comenzó, comenzaron los absurdos peregrinajes hacia el director, los secretarios, los abogados, los escribientes, la mayoría de las veces no le recibieron y cuando él, por astucia o casualidad, logró que le recibieran —cómo nos llenábamos de júbilo con esa noticia y nos frotábamos las manos— fue rechazado lo más rápidamente posible y no fue recibido otra vez. También era demasiado fácil responderle, el castillo lo tiene siempre tan fácil. ¿Qué quería? ¿Qué le había ocurrido? ¿Para qué pedía una disculpa? ¿Cuándo y por quién se había movido un dedo contra él en el castillo? Cierto, se había empobrecido, había perdido su clientela, etc., pero ésos eran sucesos de la vida cotidiana, asuntos profesionales y de mercado, ¿tenía que ocuparse el castillo de todo? En realidad ya se ocupaba de todo, pero no podía intervenir groseramente en el desarrollo de los acontecimientos, simple y llanamente para servir los intereses de un particular. ¿Debía enviar a sus funcionarios para que corriesen detrás de los clientes e intentar traerlos por la fuerza? Pero, objetaba entonces nuestro padre —nosotros tratábamos estas cosas con toda exactitud en casa, tanto antes como después, en un rincón, como ocultándonos de Amalia, que si bien se daba cuenta de todo, no intervenía—, pero, como decía, entonces objetaba nuestro padre que él no se quejaba de su empobrecimiento, todo lo que había perdido lo recuperaría con facilidad, todo eso era accesorio si se le perdonaba. Pero ¿qué se le tenía que perdonar? Se le respondía, a ellos no les había llegado ninguna demanda, al menos aún no constaba en las actas, cuando menos no en las actas accesibles a los abogados, en consecuencia, en lo que podía confirmarse, ni se había emprendido algo contra él, ni había nada en curso. ¿Podía mencionar alguna disposición emitida contra él? Nuestro padre no podía. ¿O se había producido la intervención de un órgano oficial? De eso nuestro padre no sabía nada. Bueno, si no sabía nada y si no había ocurrido nada, ¿qué quería entonces? ¿Qué se le podía perdonar? Como mucho que molestara a la administración sin ningún motivo, pero precisamente eso era imperdonable. Nuestro padre no cejó, en aquel entonces aún era muy fuerte y el ocio obligado le proporcionaba todo el 
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tiempo que quería.




Sirvan estos fragmentos para mostrar a un tal K (curiosamente Kafka utiliza siempre al mismo personaje, que dentro de una sociedad incomprensible, masificada, el individuo queda desprovisto hasta de un nombre que lo individualice) sumido en el más absoluto absurdo, de llegar a un pueblo, dominado por un castillo, habitado a su vez por unos señores inaccesibles, desconocidos, sin rostro, cuyas órdenes han de ser acatadas, al tiempo que se desconoce con exactitud la tarea encomendada. No hay explicaciones, no hay razones, hay que estar, hacer, no preguntarse por nada, porque si de algo sirviera, sería para concienciarse de la ridiculez de la situación, lo que ahondaría en la “locura”, contraproducente e inútil, pues le llevaría a un absurdo mayor, la rebelión sin objeto. Aceptar sin aceptar, la única clave para sobrevivir.
  Antecedente a esta clamorosa crítica a la burocracia, a una sociedad regida por poderes que sobrepasan al individuo, lo desconciertan y anulan, es el magnífico relato de Mariano José de Larra “Vuelva usted mañana”, perteneciente a su obra “Artículos de costumbres”.

   En pleno siglo XXI ambas obras siguen teniendo vigencia, agravada por el fervor tecnológico que aún complica más la posibilidad de vivir en una sociedad humana y humanizante, comprensible en tanto en cuanto fuéramos capaces de hacerlo.



Checha, 16 de febrero de 2014