jueves, 27 de diciembre de 2012

SOMBRAS: LA POESÍA QUE NO ME ENVIASTE


LA POESÍA QUE NO ME ENVIASTE




¿Querer, amar...?, Inés buscaba con avidez en el diccionario. No concebía que ambas palabras, de etimología tan diferente, andaran confundidas por el mundo.  Ahí estaba (1). Amar a personas y a realidades abstractas: la vida, la naturaleza, la poesía...., significaba una unión tan íntima, que diluía el propio ser en el ser de lo otro, el ansia de bienestar y felicidad para esa unidad indistinta e inseparable.  Pero querer incluía posesión, un sentimiento egoísta de obtener algo para satisfacción personal, independientemente  del deseo ajeno, y por ello, a pesar de su dominante uso como sinónimo de amar, ¡qué erróneo era aplicarlo a personas!- pensaba Inés.
   En muchas ocasiones se embebía en estas disquisiciones lingüísticas, comparando unas lenguas con otras. Aquí, como infinidad de veces, demostraba la lengua alemana su  extraordinaria precisión, su capacidad para delimitar conceptos con mayor claridad. Nunca aplicaríamos “möchten” (querer, desear algo) a personas o abstracciones, sino a cosas concretas, tasables, tangibles , ponderables.  “Mögen”(gustar) tenía un sentido mucho más débil, y como en español, era aplicable a personas y a cosas, y en un estrato inferior, quedaban también expresiones como “lieb haben” o “gern haben” (tener cariño). Una sola palabra, “lieben”, designaba el amor en su sentido desinteresado, eterno, inapresable.

   Había llenado la mesa de diccionarios, de apuntes de definiciones, una maraña que rodeaba la taza de café,  con la que ayudaba a deleitar sus pensamientos. Algunas manchas de este amargo y delicioso líquido

 ya le servían de marcapáginas improvisado.
  Algo llamó su atención. Un trocito de papel de seda asomaba por una de las páginas de aquellos diccionarios.  Abrió el grueso tomo. S, era la letra en la que se encontraba aquel papelito arrugado. Leyó, se sentó en el sofá, asiendo su taza de café y releyó. Comprobó la página del diccionario , y efectivamente era la que contenía la palabra “sombra”. Sonrió al recordar a Peter Pan cosiendo su sombra a los zapatos, como el amor indisoluble que, momentos antes, ocupaba sus pensamientos.

VIDA DE SOMBRAS
Yo quiero el sol
Con su sombra,
No me des noches sin lunas,
Bajo la tierra
No hay claros
Los muertos
Están a oscuras.

Buenas sombras
Nos amparan
Malas sombras
Nos asustan,
Buenas o malas
Son sombras,
Nos hablan,
Nos delimitan.

Sombras por la vida pasan,
Anunciandomos el día,
Que luego viene la noche
Y las sombras se disipan.

Sombras de la vida son,
Las desdichas y alegrías,
Sin contrastes ni emoción
Por las sombras morirías.

Dame infiernos con sus sombras,
Solo así me darás vidas.


 Pero ¿por qué no me la enviaste?, se preguntó. Una sombra obtuvo por respuesta.
Recordó aquella otra poesía que  en una ocasión le leyó su abuelo:

 CON MI SOMBRA

No estoy sola, sombra mía,
Me acompañas por doquier,
Vas delante, vas detrás
O a mi lado por placer.

Y cuando el sol en su cenit,
Te escondes bajo mis pies,
Juegas a que me abandonas,
Sé que estás, mas no te ves.

Guías mi tiempo y camino,
Compañera silenciosa,
Precedes a mi destino,
O paseas azarosa.

Sombra buena,
Buena sombra
Mala sombra para aquel
Que maldice hasta a su sombra.

Nunca estaré sola, sombra,
Desaparecerás si muero,
¡en otra vida te espero!

¡Otro día se dedicaría a las sombras y a los sombreros!
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Checha, 26 de diciembre de 2012