domingo, 8 de julio de 2012

TEORÍA DE LA VIEJECITA Y EL AUTOBÚS




TEORÍA DE LA VIEJECITA Y EL AUTOBÚS
   -¿Qué es la globalización?, preguntaba Guillermo acercándose a nuestra mesa sin preámbulos, sin cuentos, sin excusas.
Guillermo era un personaje que cuestionaba a “bocajarro” , intentando dilucidar las preocupaciones en las que aquella ingeniosa y aguda cabeza protegida con sombrero, quizás para que no escaparan los locuelos pájaros que muchos del pueblo le atribuían,  invertía su tiempo.
   Sin pretenderlo, conseguía acorralar al interlocutor, pillarlo, dejarlo perplejo, situándolo en franca desventaja, pues las palabras que articulaba su boca, habían sido previamente masticadas y regurgitadas por su mente, investigadas en su particular santuario, atestado de libros.
   Era su refugio un cortijo andaluz con balsa, en la que una vez al año se sumergía para lavarse, desde luego sin jabón, que le producía alergias, decía. Y curiosamente, su cuerpo no desprendía ningún olor desagradable.
   Caballero de fina estampa, cana y recortada barba, pantalones  sujetos con tirantes y camisa, ambos raidos y salpicados de abundantes manchas, inapreciables a primera vista.  Y es que, sus elegantes andares, su chaleco negro y fino bastón como fieles atuendos  y, sobre todo ,su intensa mirada, le daban aspecto de distinguido harapiento.
   Se dedicaba a la venta de telas, pero su verdadero acicate no era económico. No es que despreciara en absoluto los cuatro duros que ganaba, pero lo que le entusiasmaba de su tienda era la oportunidad que le brindaba para la conversación.

 
   Difícilmente podía uno imaginarse que, tras aquel diminuto escaparate, repleto de anticuadas y gruesas telas, pudiera esconderse un gran reino de sosiego y disquisición.  Dos antiguos sillones tapizados en terciopelo rojo jalonaban  el viejo mostrador de madera desgastada, donde cortaba y medía sus telas. ¡Sin prisas amigo!, entrar en la tienda de Guillermo significaba algo más que comprar, todos lo sabían, así que si uno andaba corto de tiempo, mejor dejarlo para otro día.  Pero si se decidía entrar, ya contaba con una invitación a ocupar uno de aquellos cómodos sillones, y disfrutar de una amena conversacion sin dolores lumbares.
   Pues bien, no húbo nadie, nadie que, sin titubear, sin dudar, contestase con decisión aquella “ingenua” pregunta, de la que tanto se hablaba en todos los medios. Unos arriesgaban una suerte de definición económica, a todas luces inexacta e incompleta,  obviando hablar de las desconocidas consecuencias del nuevo fenómeno; otros ponían el acento en la cultura,  en una unión cultural  de la que no se llegaba a atisbar el lado hacia el que se inclinaría la balanza, las pérdidas y ganancias que conllevaría.
   Siempre ha habido y habrá tópicos diferenciadores de pueblos y culturas, que , cargados de improcedentes generalizaciones, no dejan de poseer un sólido e indiscutible fundamento:  la historia, las condiciones climáticas, la evolución de las ideas... imprimen carácter, configuran la idiosincrasia de un país y sus habitantes.   Esta variedad de acervos culturales  ha sido fuente de enriquecimiento de curiosos estudiosos y viajeros, conscientes de la evolución personal que sobrevendría al conocimiento de realidades extrañas y su comparación con la propia, al estudio de los triunfos y errores ajenos, en definitiva, al traslado de perspectiva que supone salir de la propia identidad cultural para adentrarse en la del otro, y así llegar a un conocimiento más profundo, tanto de la una como de la otra.
   Harto nerviosa e inquieta me acerqué a la mesa donde un tribunal de cuatro miembros juzgaría mis destrezas orales en lengua alemana,  mi aptitud para superar el último nivel ofertado por el  Goethe-Institut y obtener el correspondiente diploma.
   El tema a desarrollar durante media hora, a la que se se añadirían quince minutos de discusión con el tribunal, versaba sobre las diferencias culturales entre nuestros pueblos, el español y el alemán, sobre los condicionantes que podrían influir decisivamente en el carácter y forma de vida de una determinada sociedad.
   Tras exponer los condicionantes físicos , como el clima, tomando como argumento de autoridad las teorías ilustradas de Montesquieu, concluí con un ejemplo improvisado, que resultó tener un sorprendente efecto positivo en mis examinadores.
   Tomando los términos meteorológicos “cálido” y “frío” en su más amplio sentido, establecí una analogía cotidiana que permitiría comprender mejor las diferencias entre el carácter español y el teutón.
   Así fué como elaboré mi “teoría del autobús”.
Partí del supuesto de un autobús  que había cerrado ya sus puertas para dirigirse a la siguiente parada. En ese momento, el conductor se percata de que una viejecita de cara descompuesta, anhelante, se apresura en vano, en tanto le permiten sus escasas fuerzas, a alcanzar el autobús.
No cabe duda de que sería el compasivo conductor español el que, mostrando calidez de espíritu, volvería a abrir sus puertas, sin importarle el consiguiente retraso.
Pero serían los valores despreciados por este conductor tan nuestro, los que sin duda moverían al conductor germánico a seguir impasible su ruta. El cumplimiento del deber, la puntualidad , la fría racionalidad germánica, permitirían a la viejecita no tener que esperar largo tiempo hasta la llegada del siguiente autobús, pues llegaría exactamente en el minuto establecido en la tabla horaria de la parada.  Hablamos del inexorable cumplimiento del deber de la moral kantiana, de su apuesta por el bien común en detrimento de los intereses particulares, por muy humanitarios que sean.
    Los españoles, por nuestra parte, aun  disconformes con la frialdad alemana, y convencidos de la primacía de los valores humanitarios, no dejaríamos de arrojar críticas sobre nuestra sociedad, en la que no funciona nada, en la que todo se resuelve en la incertidumbre o a lo sumo en la probabilidad.
   Ahora bien, ¿con qué valores nos quedamos?, ¿cuales son mejores?, ¿por qué pesan unos más que otros en un determinado país?.
   La cultura, las experiencias historico-políticas y personales, conforman un modo de ser peculiar, que se pretende aniquilar en aras de la buena globalización cultural, unificando reglas, estableciendo un mundo forzado para nuestras condiciones particulares. Nuestras ideas, buenas o malas, son nuestras, nos enriquecen y enriquecen a los que se acercan a ellas desde fuera.
¡Un uno!, exclamé entusiasmada al obtener la puntuación de la prueba oral.  Quizás el tribunal se sintiera sorprendido por las nuevas ideas y se viera conminado a premiarlas.
    Si tuviera que examinarme en la actualidad, probablemente pagaría en euros unas tasas de examen iguales en bastantes paises,  independientemente del sistema educativo o de los impuestos recaudados para tal fin. ¡Normativa europea!. AMEN.
Checha, 8 de julio de 2012