miércoles, 23 de mayo de 2012

EL ABUELO DE MARÍA


GRANDES ABUELOS
   Asistí anteayer a un duelo donde, curiosamente, en un momento dado, me quedé prácticamente sola. Víno una señora mayor, más de noventa, pero no viejecica: cara enjuta, cabeza bien erguida, aspecto altanero y bastón.
Se sentó a mi lado y mi primer pensamiento fue: ¡vaya!, ¡no tengo humor para desconocidos!, y menos tan tiesos.
Al fín me la presentaron. Se trataba de “la churrera”, como ella misma se denominó para facilitar mis recuerdos, la hermana de mi abuelo, “Angelín sin penas”. Resultó una verdadera delicia hablar con una mujer tan entera y espabilada, con tan buen sentido del humor. Me adentré en una conversación agradable, sin trabas, hasta tal punto, que le díje que era un orgullo para mí ser familia de los “sin penas”, porque los con-penas éramos bastante más tontos.  Al despedirme de ella, se acercó a mi oido y me confesó: “¿sabes una cosa?, ¡tú también eres de sangre sin penas!.
No os podeis ni imaginar lo que me enorgulleció aquel piropo, tanto como ese de “tener angel”, y es que quizás tengan algo que ver, quizás lo que me enorgullece realmente es haber tenido al Angelín sin penas como abuelo.
   Hombre generoso donde los hubiera, siempre dispuesto a ayudar, en cuya mesa, en tiempos de guerra, cabían, además de sus once hijos, otros cuarenta, si hubiera hecho falta, y de cualquier procedencia o condición.  Fueron su sentido del humor y generosidad los que le hicieron merecedor de ese indescriptiblemente hermoso apodo.
   Lloré mucho la muerte de mi abuelo, de ese Sancho Panza que no aleccionaba con palabras sino con obras.
En la sala contigua había una jovencita de 18 años llorando a su abuelo. ¡Qué sabios e importantes son los abuelos!, ¡cuánta vida para relatarnos!, ¡cuánta paciencia para tratarnos! Y ¡cuánto cariño acumulado con los años para nosotros, sus nietos!.
   María me ha enviado la carta que escribió a su abuelo, que ,en realidad, es el motivo principal de esta entrada. Sus bonitas palabras sabrán expresar con creces lo que yo no haya sabido, ¡saboreadlas!. Y muchas gracias María, en mi nombre, en el de tu abuelo y en el de todos los abuelos.


¿ Abuelito dónde estás?
Llévame de la mano hacia aquella orilla del mar,
en la que tantas y tantas historias susurrabas sin cesar.
Una vez más abuelito, cuéntala una vez mas.
Ya añoro cada detalle de ese lejano paisaje marroquí,
Que con tanta dulzura y melancolía recordabas para mi.
No olerá ya igual la brisa del mar de Tetuán,
No será ya igual el blanco de sus mezquitas
Ni el sonido del imán al cantar.

Dichosa tu vida, llena de felicidad,
Queriéndonos sin condición
En la bondad de tu corazón.

Y yo me pregunto por qué, por qué no estás junto a mi.
Quién ha sido el cobarde que se ha atrevido a alejarte de aquí.
Nadie querida niña. Era la hora de partir.
Abuelito no te vayas, no me dejes aquí.
Adiós morena, no  te olvides de mi,
Que aunque tus ojos no me vean,
Mi corazón estará  cerca de ti.
Y al oler el azahar del naranjo, abuelito,
Me acordaré de ti,
Que no hay sabor más dulce que te traiga hacia mi.
No llores niña, que no hay dolor aquí,
Que todo el amor que me disteis
Todavía lo guardo en mi.

Más de mil noches pasarán. Mis luceros blancos,
Que mi alma con vosotros siempre estará.
No quiero ni una gota de rocío ver asomar por vuestras mejillas,
Solo dile a la abuela que fue la más bella flor de mi jardín,
Regalándome cuatro rosas y tres capullitos de alhelí,
Me hizo el hombre más feliz.

Niña dame la mano una vez más,
Llévame hacia aquella orilla del mar.


María Montosa Ródenas

Checha, 23 de mayo de 2012