sábado, 19 de noviembre de 2011

LA INO NO ATRANCA






LA INO NO ATRANCA

Llegó una mañana la Ino a casa con el rostro trasmudado. Híce como si no lo hubiera percibido, pues sabía que la Ino, si lo necesitaba, explotaría en un desahogo ininterrumpido  e ininterrumpible, acompañado de gestos, tacos e imprecaciones, hasta que su estómago quedase tan vacío como un odre de vino. Confía en mí, y es de las que no rumian sus penas.
   Inusualmente callada y cabizbaja comenzó a trabajar. No habrían transcurrido ni cinco minutos cuando me rogó que la invitara a un café. Imaginé que tras la purga vomitaría, y así fue.
   Bajo esa apariencia insensible y embrutecida la Ino esconde un gran corazón, y claro, a mayor volumen mayor vulnerabilidad, aunque sólo sea por la ley de probabilidades.
   Su gran debilidad son sus dos nietos, los dos machos y hermosísimos, como ella dice. Ejerce de abuela-madre porque su hija, a veces, no llega de la sastrería hasta pasadas las diez de la noche, dependiendo del trabajo acumulado, y el marido, ya se sabe, ¡un inútil que fríe los huevos en el “taper”.
   Pero sus sesenta y siete años no le pesan  para cuidar a los niños de cinco y siete años, e incluso  a veces se los queda a dormir.
    La Ino es de esas que cree que los periódicos regalan cosas, así que se gasta el dinero que no tiene en  comprar todos los sábados un periódico que ni le interesa ni lee (¡al menos lo utiliza para limpiar cristales!), para coleccionar unas estupendas sartenes o unos “taper” fuera de serie.
    Por fin llegaron los taper, preciosos, en cuatro tamaños y de color rosa, el preferido de la Ino. Acompañaba a los “taper” un aparatejo con un émbolo que subía y bajaba. La Ino lo vio, pero como no sabía para qué podría servir eso, lo abandonó encima de la mesa y se dispuso diligentemente a almacenar sus nuevos recipientes.
     A Mario, su nieto mayor, que estaba sentado en el sofá, le hizo gracia el juguetito, y comenzó a buscarle utilidades sin parar de sacar y meter el émbolo. En esto, se lo aplicó a la mejilla izquierda y tiró con fuerza del émbolo hacia fuera. El aparato quedó pegado a su mejilla como una sanguijuela y el muchacho sentía como si le estuvieran extrayendo toda la mandíbula superior. Intentó inútilmente despegarse aquello, pero como no podía, salió corriendo hacia el cuarto de baño. Al mirarse en el espejo se le ocurrió volver a presionar el émbolo hacia adentro. Efectivamente, el generador de vacío fue desasiéndose de su rostro, dejando tras de sí un enorme círculo de color rojo intenso, muy intenso.
   Gritando, llorando, llamó a su abuela. ¡Dios bendito, hijo!, pero ¿qué te has hecho?, exclamó la Ino, ¡si pareces caperucita roja!.
Intentó calmar al niño contándole un cuento (no sé si el de caperucita roja); le preparó el baño, le puso la cena.
   Ya habían transcurrido tres horas, y aquellos círculos no desaparecían ni disminuían su intensidad. Mario seguía llorando y diciendo que así no iba a ir al cole al día siguiente.
   Era superior a sus fuerzas ver llorar a su nieto, así que la Ino tuvo una fantástica idea. Cogió al niño, le aplicó el aparatito en la mejilla derecha y tiró del émbolo.
  ¿Ves?, ¡así estas emparejado!, le dijo a modo de consuelo. Y así era. Ahora surgían del rostro de su nieto dos preciosos coloretes circulares, perfectos, tipo Heidi. Ella suponía que a la mañana siguiente habrían desaparecido los dos.
       Cuando despertaron, el niño lloraba desconsolado delante del espejo, negándose a salir de casa. ¡Tienes que ir al cole!, aseveró la Ino. Sacó su viejo bote de maquillaje, y embadurnando la cara de su nieto le dijo : ¡Así se disimula, ¡anda, vete!.
     Mientras me lo contaba se le saltaban las lágrimas, y como yo no paraba de reir, se ponía furiosa y lloraba, y reía.
    ¡Que no atrancas, Ino!, le díje.

                        Checha, 19 de noviembre de 2011