martes, 15 de noviembre de 2011

DE SALUD BIEN, GRACIAS


   Existe un sinnúmero de expresiones, cuya función meramente fática, activa en el oyente un resorte automático que le empuja a responder lo que diría en la gran mayoría de ocasiones. Es el caso de la usual pregunta que sucede siempre al saludo entre dos personas que se encuentran: ¿cómo estás?, ¿qué tal?.  Frecuentemente nos sorprendemos mintiendo, lanzando un “bien, gracias”,  del que ni siquiera somos conscientes, pero que, mirándolo bien, podría significar dos cosas:  que le decimos a nuestro interlocutor con mucha educación “oye, no te importa”, o que nos decimos a nosotros mismos “¡vaya, se me ha escapado!”. En cualquier caso, salvo que exista un problema abrumador que pese sobremanera en nuestra vida y se imponga sobre todo lo demás, nuestra respuesta siempre tenderá a referirse a nuestra salud física, a la salud de nuestro cuerpo; probablemente porque sea lo más objetivable y confesable, algo que podríamos compartir hasta con un desconocido.


      Aquella mañana se levantó inusualmente tarde, acostumbrada a vagar noche tras noche del sofá a la cama y viceversa. Pero había dormido ocho horas seguidas, ¡una verdadera proeza!. Sin embargo estaba más cansada que nunca, sentía que le pesaba la vida, la vida de su cabeza que no se rendía ni de día ni de noche. A fuerza de despertarse continuamente durante la noche , en el último año era capaz de recordar múltiples pasajes de sus sueños. ¡Eso es!, pensó,¡este dolor de cabeza se debe al peso de los sueños, de las pesa-dillas!, y amagó una leve sonrisa por el juego de palabras. No obstante había algo más. Le pesaba el alma, le pesaba eso que para los platónicos era etéreo, bello, inmortal, separado y separable del cuerpo al que accidentalmente estaba unido. Inés estaba completamente segura: percibía el peso del desánimo, del desamor, de la desilusión y la desesperanza. ¡Cuantos “des” y cuantas ausencias!. Si el cuerpo pesaba 50, ¿Cuánto pesaría el alma?, ¿lo mismo?, ¿más?.
   Seguía dormitando. Como una autómata se dirigió a la cafetera. ¡El buen café reparador de todos los días!. Uno, dos cafés. Nada. El mismo peso, el mismo cuerpo aplomado.
   Alguien entró de pronto en la cocina, y devolviéndola a la realidad preguntó: ¿qué tal?. Demasiado formal, desilusionante, corpóreo. Presionó el interruptor para que sus labios pronunciaran: “de salud bien, gracias”

                                            Checha, 15 de noviembre de 2011