jueves, 17 de noviembre de 2011

Como veo que no os atrevéis con las mentiras, seré yo la que rompa el hielo.


AL QUE QUIERA SABER, MENTIRAS CON ÉL

Éste refrán podría equivaler a ese otro :EL QUE QUIERA SABER, QUE SE COMPRE UN LIBRO, y  guarda también cierta relación con ese otro que dice mi madre: HAY VERDADES QUE PECADO FUERA DECIRLAS ( aunque éste se dirige más a la delicadeza, educación y buenas formas).

     Creo que el séptimo  Mandamiento  es el que nos insta a no mentir: “No dirás falsos testimonios ni mentirás”, y ciertamente suena impío, pero yo reivindico la mentira como una parte más de la convivencia humana, que todos, sin excepción, utilizamos para alcanzar determinados fines, aunque a su vez detestemos el engaño, engañar y, sobre todo, sentirnos engañados.
   Odiamos, y yo sería la primera en abanderar a este grupo, a aquellos que hacen de la mentira el baluarte de su vida, en los que jamás apreciamos actitudes sinceras, de corazón. Podríamos quizás llamarlos “araneros en esencia”. Su vida es puro acto de cobardía, y jamás podrán mantener la cabeza erguida sobre los hombros.
   Sin pretender identificarme en todos los casos con la idea maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, no obstante estoy convencida de que hay verdades que nunca podrán ser comprendidas más que por aquel que las vive, y en parte por el que las convive. Intentar explicarlas sería también atentar a la verdad, pues provocaría un insalvable malentendido. Sería tan vano como querer meter todo el agua del mar en un hoyo.
    La única opción que nos queda es callarlas en la medida de lo posible, o mentir al ingenuo o imprudente.

   Preservar la propia intimidad es la mentira que todos llevamos callada.

                                    Checha, 17 de noviembre de 2011